Programa de formación por el Octavo Centenario de

Santa Isabel de Hungría (1207-2007)

Año Uno: La vida de Santa Isabel

Mes 10: Su vida de oración y penitencia.

En vida de su esposo, Isabel hizo votos de preservar la continencia, en caso que ella le sobreviviera a él. Pero una vez viuda, ella deseaba una renuncia total. Un Viernes Santo, el 24 de marzo del año 1228, Isabel colocó sus manos en el altar de la capilla de los Frailes Menores de Eisenach, renunciando a "las pompas de este mundo, a su propia voluntad y a todo aquello que el Señor nos aconseja en el Evangelio que debemos abandonar" Algunos meses después de esto, ella vistió con un simple hábito gris muy pobre y profesó como penitente en Marburg. Una vez mas algunos frailes franciscanos estaban presentes. Sus damas de compañía, Guda y Iserude, profesaron con ella, así como dos mujeres pobres, Irmingard e Isabel. Ellas vivieron juntas su vida de penitencia

El Papa que canonizó a Isabel, Gregorio IX, escribió "Ella se vistió con un hábito religioso, el cual ella no abandonó hasta el final de su vida, celebrando así el misterio de la Pasión de Nuestro Señor".

Isabel ahora podía satisfacer su deseo de vivir en pobreza. Ella amaba la pobreza a tal modo, que le manifestó a su confesor franciscano, el Hermano Gerard, que ella quería vivir completamente dependiente de la limosna, como los leprosos.

Isabel era muy devota de la vida activa de caridad y compasión, pero también era devota de la vida de oración. Su confesor, Contrado de Marburgo, decía: "A pesar de estos trabajo de la vida activa, yo digo ante Dios que yo no he visto en mi vida una mujer mas contemplativa. Algunos hombres y mujeres religiosas la veían frecuentemente como que si ella viniera de hacer sus oraciones secretas, con su rostro radiante, como que si sus ojos estuvieran resplandecientes de luz.

Reflexión espiritual.:

El significado de la vida de penitencia es un mirar continuo hacia Dios. A través de esto, nosotros renunciamos a la vieja vida de egoísmo y llevamos a cabo la muerte a uno mismo para luego optar por una nueva vida con Dios. Isabel asumió esta vida de penitencia seriamente y buscó morir completamente a si misma para vivir para Dios.

Ella realizó esto mientras vivía en el mundo en lugar de vivir en un convento. La vida en el mundo, sin embargo, no debe matar la vida de oración. De hecho, la oración constante es necesaria para mantener nuestra relación con Dios cuando nos enfrentamos con las distracciones del mundo. Isabel nos enseña que la oración y la contemplación son posibles aun estando comprometidos en la vida activa.

 

Evangelio "Si alguien quiere seguir en pos de mi, que se abandone a si mismo, tome su cruz y me siga". (Lc, 9:23).