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PROYECTO DE FORMACION PERMANENTE FICHA MENSUAL DICIEMBRE 2011 – AÑO 2 – No. 24 |
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SECCION I: TEMA MENSUAL |
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Tema 12: Evangelización es la
acción del Espíritu Santo (EN n. 75-81)
Comentarios, extractos y preguntas por Ewald
Kreuzer, OFS “El
Espíritu Santo es el alma de la Iglesia”, escribe el Papa Pablo VI en su
Exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” (n.75) lo cual es aún muy relevante en la actual
situación de la misión evangelizadora de la Iglesia. Él expresa su deseo que
“Pastores y teólogos —y añadiríamos también los fieles marcados con el sello
del Espíritu en el bautismo— estudien profundamente la naturaleza y la forma
de la acción del Espíritu Santo en la evangelización de hoy día” y exhorta “a
todos y cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y
fervor al Espíritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por El como
inspirador decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad
evangelizadora”. Nosotros, franciscanos seglares, también recordamos que San
Francisco decía que el mismo Espíritu Santo es el verdadero “Ministro
General” de nuestra Orden. Con esto en
mente, confiemos en la guía del Espíritu Santo para seguir nuestra vocación y
misión específicas “de vivir el Evangelio de acuerdo a la espiritualidad
franciscana en nuestra condición seglar”
(Constituciones Generales Art. 8, 1). 75. EVANGELIZACION ES LA ACCION DEL ESPIRITU
SANTO. La
Evangelización nunca será posible sin la acción del Espíritu Santo. (…) De hecho, sólo es luego de la venida del
Espíritu Santo en Pentecostés que los apóstoles salieron a todos los confines
de la tierra para comenzar el gran trabajo de la evangelización de la Iglesia
(…).
Puede decirse que el
Espíritu Santo es el agente principal
de la evangelización: El es quien impulsa a cada uno a anunciar el
Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la
Palabra de salvación [Cf. Concilio Vaticano
Segundo, Decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia Ad Gentes, 4] Pero se puede decir igualmente que El es el término de la
evangelización: solamente El suscita la nueva creación, la humanidad nueva a
la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que
la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través
de Él, la evangelización penetra en los corazones, ya que Él es quien hace
discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización
descubre y valoriza en el interior de la historia (...). 76. EL TESTIMONIO DE VIDA
ES ESENCIAL. (…) Sobre
todo con relación a los jóvenes, se afirma que éstos sufren horrores ante lo
ficticio, ante la falsedad, y que además son decididamente partidarios de la
verdad y la transparencia. A estos "signos de los tiempos" debería
corresponder en nosotros una actitud vigilante. Tácitamente o a grandes
gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis
verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se
ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la
predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos
hacemos responsables del Evangelio que proclamamos. (…) Exhortamos, pues, a
nuestros hermanos en el Episcopado, puestos por el Espíritu Santo para
gobernar la Iglesia de Dios (Cf. Hch 20-28).
Exhortamos a los sacerdotes y a los diáconos, colaboradores de los obispos
para congregar el pueblo de Dios y animar espiritualmente las comunidades
locales. Exhortamos también a los religiosos y religiosas, testigos de una
Iglesia llamada a la santidad y, por tanto, invitados de manera especial a
una vida que dé testimonio de las bienaventuranzas evangélicas. Exhortamos
asimismo a los seglares: familias cristianas, jóvenes y adultos, a todos los
que tienen un cargo, a los dirigentes, sin olvidar a los pobres tantas veces
ricos de fe y de esperanza, a todos los seglares conscientes de su papel
evangelizador al servicio de la Iglesia o en el corazón de la sociedad y del
mundo. Les decimos a todos: es necesario que nuestro celo evangelizador brote
de una verdadera santidad de vida y que, como nos lo sugiere el Concilio
Vaticano II, la predicación alimentada con la oración y sobre todo con el
amor a la Eucaristía, redunde en mayor santidad del predicador [Cf. Decreto sobre el Ministerio y la Vida
de los Sacerdote Presbyterorum Ordinis, 13] (…). 77. UNIDAD
COMO FORMA E INSTRUMENTO DE EVANGELIZACION. La
fuerza de la evangelización quedará muy debilitada si los que anuncian el
Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de rupturas. (…) La división de los cristianos constituye una
situación de hecho grave, que viene a cercenar la obra misma de Cristo. El
Concilio Vaticano II dice clara y firmemente que esta división
"perjudica la causa santísima de la predicación del Evangelio a toda
criatura y cierra a muchos las puertas de la fe" [Decreto sobre la Actividad
Misionera de la Iglesia Ad Gentes, 6; cf. Decreto sobre Ecumenismo Unitatis Redintegratio,
1]. Por esta razón (…) creímos necesario
recordar a todos los fieles del mundo católico que "la reconciliación de
todos los hombres con Dios, nuestro Padre, depende del restablecimiento de la
comunión de aquellos que ya han reconocido y aceptado en la fe a Jesucristo como
Señor de la misericordia, que libera a los hombres y los une en el espíritu
de amor y de verdad" [Bula Apostolorum
Limina, VII] En este punto deseamos hacer
énfasis en el signo de la unidad entre todos los cristianos como una forma y
un instrumento de evangelización (…). 78. HERALDOS
Y SIERVOS DE LA VERDAD. (…) El Evangelio que
nos ha sido encomendado es también palabra de verdad. Una verdad que hace
libres [Cf. Jn. 8, 32] y que es la única que procura la paz del corazón; esto es lo que la
gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la
verdad acerca del mundo. Verdad
difícil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo
repetimos una vez más, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios,
los herederos, los servidores. (…) Doctores,
ya seáis teólogos o exégetas, o historiadores: la obra de la evangelización
tiene necesidad de vuestra infatigable labor de investigación y también de
vuestra atención y delicadeza en la transmisión de la verdad, a la que
vuestros estudios os acercan, pero que siempre desborda el corazón del hombre
porque es la verdad misma de Dios. Padres y maestros: vuestra tarea, que los
múltiples conflictos actuales hacen difícil, es la de ayudar a vuestros hijos
y alumnos a descubrir la verdad, comprendida la verdad religiosa y
espiritual. 79. SIGNOS
DE AMOR. La obra de la evangelización supone,
en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los
que evangeliza. Un modelo de evangelizador como el Apóstol San Pablo escribía
a los tesalonicenses estas palabras que son todo un programa para nosotros:
"Así, llevados de nuestro amor por vosotros, queremos no sólo daros el
Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a
sernos"." [1 Ts 2:8; cf. Flp 1:8] ¿De qué amor se
trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre
[Cf. 1 Tes. 2, 7. 11; 1 Cor. 4, 15; Gál.
4, 19]. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio,
de cada constructor de la Iglesia. Un signo de amor
será el deseo de ofrecer la verdad
y conducir a la unidad. Un signo de amor será igualmente dedicarse sin reservas y sin mirar atrás al
anuncio de Jesucristo. Añadamos ahora otros
signos de este amor. El primero es el respeto
a la situación religiosa y espiritual de la persona que se evangeliza.
Respeto a su ritmo que no se puede forzar demasiado. Respecto a su conciencia
y a sus convicciones, que no hay que atropellar. Añadamos ahora otros signos
de este amor. Otra señal de este amor es el cuidado de no herir a los demás, sobre todo si son débiles en su fe con
afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser
causa de perturbación o escándalo en los fieles, provocando una herida en sus
almas. Será también una señal de amor el esfuerzo desplegado para transmitir
a los cristianos certezas sólidas basadas en la palabra de Dios, y no dudas o
incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada. Los fieles tienen
necesidad de esas certezas en su vida cristiana; tienen derecho a ellas en
cuanto hijos de Dios que, poniéndose en sus brazos, se abandonan totalmente a
las exigencias del amor. Será también una señal de amor el esfuerzo desplegado
para transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la palabra de
Dios, y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada. Los
fieles tienen necesidad de esas certezas en su vida cristiana; tienen derecho
a ellas en cuanto hijos de Dios que, poniéndose en sus brazos, se abandonan
totalmente a las exigencias del amor. Preguntas para la reflexión y el diálogo en
fraternidad. 1. ¿Cómo podemos “cooperar” con el Espíritu Santo
en nuestra misión específica de evangelizar? 2. ¿La unidad entre los cristianos significa
“uniformidad” o puede ser también la diversidad un signo de vitalidad y
enriquecimiento? 3. El Papa Pablo VI habla acerca de “signos de
amor” que siempre hemos de mostrar en nuestra misión de evangelizar. ¿Podrías
compartir tus experiencias sobre la puesta en práctica de estos signos de
amor con tus hermanos y hermanas en fraternidad? |
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SECCION II: ESPIRITUALIDAD Y
DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. |
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Tema 9 de 9: Santa María de Guadalupe Reflexión de Fr. Amando Trujillo Cano, TOR En la mañana del 9 de
diciembre de 1531, Cuauhtlatoatzin –un indígena azteca que al ser bautizado
había recibido el nombre de Juan Diego–, se encaminó desde su natal pueblo de
Cuautitlán hacia Tlatelolco, ciudad comercial cercana a la capital azteca de
Tenochtitlán (lugar de la actual Cd. de México), para participar en la Misa y
en la catequesis, como era su costumbre. El recorrido era de varios
kilómetros y pasaba por el cerro del Tepeyac, lugar en el que había existido
un templo a Tonantzin, la diosa madre azteca, y ubicado en la periferia de la
ciudad en aquél entonces. Al pasar por el Tepeyac, sus oídos escucharon “el
canto de muchos pájaros finos” que lo atrajeron hacia la cima del cerrito
haciéndolo sentirse en “la tierra celestial” de sus antepasados. Los cantos
cesaron y empezó a oír una voz que lo llamaba en náhuatl, su lengua natal,
hacia la cima: ¡“Juan Diego, Juan Diegito!” Finalmente vio a una “doncella”
cuyo vestido “relucía como el sol” que lo invitó a acercarse y le dijo: Escucha, hijo mío el menor, Juanito: ¿A dónde te diriges?"…
"Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta
siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, el
creador de las personas, … el dueño del cielo, el dueño de la tierra, mucho
deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. En donde lo mostraré, lo
ensalzaré al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor
personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: porque yo
en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en
esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis
amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí,
porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar para curar
todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores. Y para realizar lo que
pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de
México, y le dirás que cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo
que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le
contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído…” (Antonio Valeriano, Nican
Mopohua vv. 23, 26-33). Así inicia la
fascinante historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe (9, 10 y 12
de diciembre), el encuentro entre la “Madre del Verdadero Dios por quien se
vive” y los habitantes de “esta tierra”, en la que surgía una civilización
mestiza en medio de grandes dolores de parto, pero desde ese momento
iluminada con “la luz que viene de lo alto” (Lc 1, 78), el Hijo de María. La
historia del Nuevo Mundo había alcanzado un punto decisivo diez años antes,
el 13 de agosto de 1521 con la caída de la gran Tenochtitlán en manos de las
tropas de Hernán Cortés y sus aliados - pueblos indígenas que habían sido
subyugados por los aztecas y obligados a pagarles gravosos impuestos. A pesar
de que los aztecas eran el pueblo más desarrollado de Mesoamérica,
sacrificaban prisioneros de guerra debido a que creían que la sangre ofrecida
a los dioses permitía al sol continuar su camino y salir cada mañana. El
primer gobierno de la Nueva España –la Primera Audiencia-, nombrado por el
rey español Carlos V en 1528, estaba encabezado por Nuño de Guzmán, quien
actuó con crueldad y arbitrariedad hacia los nativos. El tratamiento recibido
por los indígenas complicó demasiado la labor evangelizadora de los
misioneros y propició un ambiente social volátil que amenazaba insurrección.
En el mismo año, el Rey nombró al franciscano Fray Juan de Zumárraga, como
primer Obispo de la Ciudad de México y defensor de los indígenas. Las apariciones de la
Virgen de Guadalupe a Juan Diego nos recuerda que Dios elige a los pequeños y
humildes para realizar su obra de salvación. Juan Diego no se sentía digno de
la misión que la Virgen le encomendó pero la aceptó y al encontrarse con
dificultades aprendió a confiar en el amor materno de María. Así cumplió con
su parte en la extensión del Reino de Dios. Como él, también nosotros hemos
de asumir nuestra responsabilidad en la evangelización y en la construcción
de una civilización del amor a pesar de las dificultades que encontremos.
Estamos llamados a confiar en Jesús, que nos ha enviado, y en María, que nos
acompaña. Lo que la Virgen de Guadalupe dijo a Juan Diego cuando estaba
preocupado por la enfermedad su tío Juan Bernardino lo repite también a
nosotros: Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que es nada lo que te
espanta, lo que te aflige, que no se turbe tu corazón. No temas esta
enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy yo aquí que
soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de
tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes
necesidad de alguna otra cosa? (Cf Antonio de Valeriano, Nican Mopohua vv. 118-119)
La Virgen trajo reconciliación y no división entre
indígenas y españoles. Les ayudó a comprender que la fe cristiana no es
propiedad de nadie, sino un don de amor para todos. Su presencia fue
definitiva en el proceso de evangelización del llamado “Nuevo Mundo” y ha
tenido un lugar importante en la historia de México, como lo fue en la lucha
por su independencia. Sin embargo, la devoción a N. Sra. de Guadalupe ha ido
más allá de esta nación. El Papa Benedicto XIV, con el breve Non est equidem, del 25
de mayo de 1754, declaró a la Virgen de Guadalupe patrona principal y
protectora de la Nueva España y concedió el Oficio y la Misa propios para la
fiesta del 12 diciembre. El 24 de agosto de 1910 el Papa San Pío X la declaró "Celestial Patrona de la América
Latina" y el 16 de julio de 1935 el Papa Pío XI extendió a las Islas Filipinas
el Patronato de la Virgen. El 12 de octubre de 1961, el Papa Juan XXIII
convocó un nuevo año Mariano y proclamó la Virgen de Guadalupe Madre del
Continente americano. El 31 de julio de 2002, el beato Papa Juan
Pablo II celebró en la Basílica de Guadalupe la canonización de Juan Diego.
El papa nos enseñó que, ante la actual cultura de la muerte, encontramos
esperanza en la Virgen de Guadalupe, la gran defensora y abogada de la vida
humana. Ella se apareció a Juan Diego embarazada. Los indígenas comprendieron
que les visitaba la Madre de Dios. Por ello la Iglesia pide hoy su
intercesión para defender la vida contra el genocidio del aborto y contra
todas las demás amenazas a la dignidad de la persona humana y de los pueblos
marginados. El mensaje de la Virgen de Guadalupe es un signo de esperanza
para la humanidad en este cambio de época y una llamada a la participación
activa y fiel en la evangelización de las nuevas culturas. Se nos recuerda
que no estamos solos pues ella sigue trayéndonos la Luz del mundo (Jn 8, 20). Servicio en la política
(II) (n. 569-574) Introducción y preguntas por Fr. Amando Trujillo Cano, TOR Este mes presentamos los últimos seis artículos de la sección Servicio en la política tomado del Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia. Estos artículos se
enfocan en diversos aspectos del discernimiento, un tema que fue presentado
el mes pasado, y pretender asistir a los fieles laicos que están involucrados
o quieren involucrarse en actividades políticas desde el punto de vista de
los valores cristianos. Esta sección recuerda a los fieles que, considerando
la forma en la cual el sistema democrático funciona, deben discernir cuidadosamente
el contenido de la información, las investigaciones científicas y las decisiones
económicas, así como los asuntos morales relacionados con el carácter sagrado
de la vida, del matrimonio y de la familia. Para facilitar este
discernimiento, el Compendio
ofrecer algunos criterios básicos y hace un llamado a la integración de los
valores naturales, morales y sobrenaturales.
Otro tema incluido en esta sección es la responsabilidad moral de los
legisladores en relación a ciertos programas políticos y leyes particulares
que contradicen “los contenidos fundamentales de la fe y la moral”. Este segmento también hace un llamado a una
apropiada “distinción entre las esferas políticas y religiosas” y explica el
papel del Magisterio de la Iglesia en la instrucción e iluminación de la
conciencia de los fieles. El Compendio
también hace énfasis en la responsabilidad del Estado en salvaguardar la
libertad religiosa y en el gran peligro de descalificar a los cristianos en el ámbito social. Esta sección también trata la importancia
del discernimiento cuando se trata de
escoger los instrumentos políticos, tales como partidos, plataformas,
etc. Al hacer esto, el Compendio enfatiza el valor de la
decisión personal y de la que tenemos que hacer como comunidad cristiana,
analizando cada situación política y respondiendo de acuerdo al Evangelio y guiados
por la Doctrina Social de la Iglesia.
570. […] «la conciencia cristiana bien
formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un
programa político o la aprobación de una ley particular que contengan
propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe
y la moral » [Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas preguntas
relacionadas con la participación de los católicos en la vida política (24
Noviembre, 2002). 4: Libreria Editrice
Vaticana, Ciudad del Vaticano 2002, p. 9]. En el caso que no haya sido posible evitar la puesta en práctica de
tales programas políticos, o impedir o abrogar tales leyes, el Magisterio
enseña que un parlamentario, cuya oposición personal a las mismas sea
absoluta, clara, y de todos conocida, podría lícitamente ofrecer su apoyo a
propuestas encaminadas a limitar los daños de dichas leyes y programas, y a
disminuir sus efectos negativos en el campo de la cultura y de la moralidad
pública. Es emblemático al respecto, el caso de una ley abortista [Cf. Juan
Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, 73: AAS 87 (1995), 486-487].
Su voto, en todo caso, no puede ser interpretado como adhesión a una ley
inicua, sino sólo como una contribución para reducir las consecuencias
negativas de una resolución legislativa, cuya total responsabilidad recae
sobre quien la ha procurado. […] el testimonio cristiano debe ser considerado
como un deber fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida,
al martirio, en nombre de la caridad y de la dignidad humana. [Cf. Juan Pablo
II, Exhortación Post Sinodal, Christifideles Laici, 39:
AAS 81 (1989), 466-468]. La historia de veinte siglos, incluida la del
último, está valiosamente poblada de mártires de la verdad cristiana,
testigos de fe, de esperanza y de caridad evangélicas [...]. 571. El compromiso político de los católicos
con frecuencia se pone en relación con la « laicidad », es decir, la
distinción entre la esfera política y la esfera religiosa [Cf. Concilio
Vaticano Segundo, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 76: AAS 58 (1966),
1099-1100]. Esta distinción « es un valor adquirido y reconocido por la
Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado ». [Congregación
para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrina para algunas preguntas relacionadas
con la Participación de los Católicos en la Vida Política (24 Noviembre
2002), 6: Librería Editrice Vaticana, Ciudad del
Vaticano 2002, p. 11]. La doctrina moral católica, sin embargo, excluye
netamente la perspectiva de una laicidad entendida como autonomía respecto a
la ley moral […] Buscar sinceramente la verdad usando medios legítimos para
promover y defender las verdades morales inherentes a la vida social - la
justicia, la libertad, el respeto de la vida y de los demás derechos de la persona—
es un derecho y un deber de todos los miembros de una comunidad social y
política…[E]l Magisterio de la Iglesia… no desea ejercer un poder político o
eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones
contingentes. Busca, en cambio —en cumplimiento de su deber— instruir e
iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están
comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al
servicio de la promoción integral de la persona y del bien común […]. 572. El principio de laicidad
conlleva el respeto de cualquier confesión religiosa por parte del Estado, « que asegura el libre ejercicio de las
actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las
comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar
de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la Nación [Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo
Diplomático (12 Enero 2004), 3: L'Osservatore Romano,
Edición en inglés, 21 enero 2004, p. 3]. Por desgracia todavía permanecen,
también en las sociedades democráticas, expresiones de un laicismo
intolerante, que obstaculizan todo tipo de relevancia política y cultural de
la fe buscando descalificar el compromiso social y político de los cristianos
sólo porque estos se reconocen en las verdades que la Iglesia enseña y
obedecen al deber moral de ser coherentes con la propia conciencia. Se llega
incluso a la negación más radical de la misma ética natural. Esta negación,
que deja prever una condición de anarquía moral, cuya consecuencia obvia es
la opresión del más fuerte sobre el débil, no puede ser acogida por ninguna
forma de pluralismo legítimo, porque mina las bases mismas de la convivencia
humana (…). 573. Un ámbito especial de discernimiento para
los fieles laicos concierne a la elección de los instrumentos políticos, o la
adhesión a un partido y a las demás expresiones de la participación política.
Es necesario efectuar una opción coherente con los valores, teniendo en
cuenta las circunstancias reales.
En cualquier caso, toda elección debe siempre enraizarse en la caridad
y tender a la búsqueda del bien común. [Cf. Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens,
46: AAS 63 (1971), 433-435] […] El cristiano no puede encontrar un partido
que corresponda plenamente a las exigencias éticas que nacen de la fe y de la
pertenencia a la Iglesia: su adhesión
a una formación política no será nunca ideológica, sino siempre
crítica, a fin de que el partido y su proyecto político resulten estimulados
a realizar formas cada vez más atentas a lograr el bien común, incluido el
fin espiritual del hombre. [Cf. Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens,
46: AAS 63 (1971), 433-435]. 574. […] la
membrecía en un partido o en una alianza política debe ser considerada
una decisión personal –legítima al menos dentro de los límites de esos
partidos y posiciones que no son incompatibles con la fe y con los valores
cristianos. [Cf. Pablo VI, Carta
Apostólica Octogesima Adveniens,
50: AAS 63 (1971), 439-440]. Sin embargo, la elección del partido, de la
formación política, de las personas a las cuales confiar la vida pública, aun
cuando compromete la conciencia de cada uno, no podrá ser una elección
exclusivamente individual: “Le « incumbe a las comunidades cristianas
analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla
mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios
de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas
sociales de la Iglesia ». [Pablo VI, Carta Apostólica, Octogesima Adveniens, 4: AAS 63 (1971), 403-404] […]. Preguntas para la
reflexión y el diálogo en fraternidad.
1.
¿Cómo has experimentado la llamada de Dios a participar
activamente en la construcción de la civilización del amor a pesar de las
dificultades? 2.
¿Cuáles son los asuntos políticos de mayor
relevancia que impactan a tu comunidad local? ¿Y a tu país? 3.
¿Te esfuerzas por estar informado acerca de los
asuntos políticos y reflexionas en ellos a la luz del Evangelio y de la
doctrina social de la Iglesia? 4. ¿Tu fraternidad discierne
posiciones apropiadas y acciones a tomar respecto a asuntos políticos? |