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Tópico II: La Presentación
del Señor.
Jesús, luz del
mundo y la gracia de la profesión de la OFS.
Fr. Amando Trujillo Cano,
TOR
“…mis ojos han visto tu salvación, la que has
preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a las gentes, y gloria de tu
pueblo Israel” (Lc 2,30-32).
La fiesta de la Presentación del Señor se
celebra 40 días después de Navidad y conmemora la presentación del niño Jesús
en el Templo para cumplir el ritual prescrito por la Ley: la purificación de la madre (cf. Lev 12,1-8)
y la redención del recién nacido (cf. Ex 13,2.12). El pasaje del Evangelio (Lc
2,22-40) y la fiesta enfatizan mas lo segundo que lo primero. De acuerdo al
pensamiento judío, ya que Jesús era un primogénito varón, él pertenecía a
Dios por derecho. A través de la ofrenda de dos tórtolas, el niño fue “recuperado”
y devuelto a sus padres. Paradójicamente, fue él quien luego “pagó el precio”
por la salvación del mundo, a través de su muerte y resurrección, y nos
devolvió a Dios.
La intervención llena de fe del profeta Simeón y
la de la profetisa Ana nos ayuda a comprender el significado real del
evento. El Niño Jesús era muy especial;
en él Dios estaba cumpliendo en verdad la promesa de salvación para Israel y
para todos los pueblos; él era verdaderamente el rey de la Gloria. En su
primera presentación en el Templo –a través de las palabras inspiradas de los
dos ancianos israelitas, Jesús fue “revelado por el Espíritu como la Gloria
de Israel y la luz de todos los pueblos” (Prefacio de la fiesta). En la primera
parte del siglo octavo, el Papa Sergio I introdujo en esta celebración una procesión
con velas. La distribución y bendición de las velas fue incorporada
plenamente en la celebración a finales del mismo siglo, dándole a la fiesta
su nombre popular: “Candelaria”. Esta
tradición continua hasta el día de hoy.
La luz de las velas que sostenemos durante la alegre
liturgia de la Candelaria, representa a Cristo, luz del mundo, pero también
nuestra fe en él, que recibimos en el bautismo. El mes pasado recordábamos
que la Profesión en la OFS profundiza nuestra identidad como cristianos
bautizados y miembros de la Iglesia, y nos impulsa a vivir el evangelio en
fraternidad, siguiendo el ejemplo de Francisco de Asís. Este mes, recordamos que los franciscanos
seglares han recibido la gracia especial de la Profesión, un don del Espíritu
que los habilita para ser testigos con la luz del Evangelio en su estado
seglar.
La fe en Cristo nos permite ver su presencia y
alegrarnos por ella, como sucedió con Simeón y Ana. Esta fe debe iluminar nuestra vida de cada
día en nuestro hogar, en el trabajo, en la escuela y en la sociedad. También
nos debe guiar en nuestra participación en la vida de fraternidad y en
nuestro servicio en la comunidad de fe. Concluyamos con algunas palabras del
Evangelio:
“Vosotros sois la luz del
mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la
ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos
los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para
que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos”. (Mt 5:14-16).
Preguntas para la reflexión y discusión
1.
¿Qué es lo que más me
impresiona de la Presentación del Señor y por qué?
2.
¿Por qué fue San Francisco
una luz que brilló para la sociedad de su tiempo?
3.
¿Considero mi profesión en
la OFS como un don de luz para mí y para el mundo? ¿Cómo comparto esa luz con
los otros?
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