Orden Franciscana Seglar

Ordo Franciscanus Sæcularis

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Lucien Botovasoa nació en Vohipeno (Madagascar) en 1908, siendo el mayor de nueve hermanos. Empezó a estudiar en la escuela pública y luego pasó al colegio de los Padres (école des Pères) cuando lo abrieron. Fue entonces cuando le bautizaron y recibió la primera comunión a los 14 años. Terminó sus estudios en el instituto San José de Fianaratsoa y se convirtió en profesor en el colegio de los Padres.

 

Su actividad docente no estaba completa si no la acompañaba de educación cristiana. Cada día, después de la lección, les leía la vida de los santos a los alumnos que lo desearan. Lo acompañaba de pequeños comentarios y palabras de aliento. Pero fue la historia de los mártires lo que lo conmovió y emocionó a sus alumnos.

El 10 de octubre de 1930, se casó con Suzanna Soazana que por entonces tenía 16 años. Tuvieron seis hijos, el último de los cuales nació tres meses después del asesinato de Lucien a los 39 años. Una religiosa, pensando en las cualidades cristianas fuera de lo común del maestro le dijo una vez: “¡Oh! Maestro, usted que es tan pío, que ha estudiado en el colegio de los Padres, si hubiera ido al seminario, hubiera podido ser un cura: ¿no se arrepiente de haberse casado?” Lucien le respondió sin dudarlo un momento: “Oh no, no tengo el menor atisbo de arrepentimiento. Al contrario estoy muy contento de estar donde estoy, que es donde Dios me ha llamado a estar: ser laico, estar casado y ser profesor. Yo vivo con la gente del pueblo y para atraerles puedo hacer lo que vosotros, Padres y Hermanas, no podéis porque la mayoría son todavía paganos. Yo les puedo mostrar un carácter cristiano accesible, porque para ellos yo no soy un extraño.” Con la motivación del Concilio, Lucien Botovasoa comprendía perfectamente los derechos y deberes de los laicos dentro de la Iglesia y el carácter complementario de su papel con el de un cura.

Entonces, el deseo del maestro era ser un perfecto laico. Cuando en Vohipeno se constituyó el grupo de los Cruzados del Corazón de Jesús (Croisés du Coeur de Jésus), fue uno de los primeros en entrar. Le recibieron el 18 de agosto de 1935 y, en 1936, fue elegido secretario y tesorero, tarea ésta última a la que se dedicó hasta su muerte. Sin embargo, eso no sació su sed y continuó buscando la vía de la perfección superior: estaba casado y no podía convertirse en religioso, así que se dedicó a buscar la vía de la perfección en el matrimonio. Empezó buscando un libro de santos casados. Pero fue en vano. Sin embargo, él, que verdaderamente deseaba ser “un religioso laico”, encontró por fin lo que estaba buscando: llegó a sus manos el Manual de la Tercera Orden Franciscana”. Esta asociación pública de fieles era todavía desconocida en la región del sur. ¡Así que los casados podían estar consagrados al servicio del Reino como los religiosos! ¡Y existía, dentro de la Iglesia, una asociación que se dedicaba expresamente a ello!

Este descubrimiento fue de gran alegría para Lucien Botovasoa. Sin embargo, éste era sólo un pequeño paso: ¿Cómo ser un Franciscano seglar sin tener una fraternidad? Pero nada es imposible para un alma valerosa. El maestro se puso a hablar discretamente con los hombres y mujeres que, desde su punto de vista, podían comprender las ventajas de la Tercera Orden. Por desgracia, todos ya pertenecían a una u otra organización y justificaron su renuncia a formar la fraternidad diciendo que era una novedad en la diócesis, que muy pocas personas estarían interesadas, que las posibilidades de sacarla adelante eran mínimas pero, sobre todo, que ya había suficientes cosas que hacer en las asociaciones a las que pertenecían y ayudando a la parroquia.

Lucien Botovasoa no se descorazonó. No había podido convencer ni a una persona y entonces empezó a rezar. Finalmente, una madre de familia con mérito aceptó a convertirse en franciscana seglar. El maestro y ella encontraron a otros compañeros y crearon la fraternidad. ¡Qué fervor tenía Lucien, que descubrió qué es ser franciscano seglar mientras enseñaba a los demás! El ahínco de los primeros adscritos hervía de verdad. Cada miércoles, en la reunión, Lucien prodigaba sus apasionados ánimos. Sus compañeros no podían olvidar como su corazón latía cuando les hablaba de la felicidad del cristiano que vive abnegado, sobre todo si puede llegar a ser mártir.

La mujer de Botovasoa era cristiana y con su ayuda ella pudo entrar en las Hijas de María, pero no comprendía qué significaba vivir esforzándose a servir a Dios según los preceptos del Evangelio. No entendía por qué su marido rezaba incluso por la noche, ni por qué ayunaba y ni su manera de vestir. No soportaba ver la imagen de San Francisco con el lobo que Lucien había colocado en la pared de la casa. “Esto te está volviendo loco” dijo ella. Tenía miedo de que la abandonara a ella y a sus hijos para hacerse religioso. Cuando Lucien lo supo, se echó a reír y le explicó a su mujer que estaba lejos de hacer algo así. Porque para él, que estaba casado, era un gran pecado abandonarles y no haría eso nunca. Le explicó que sólo a él le correspondía hacer el ayuno y la animó a cocinar para ella y sus hijos.

En cuanto a su forma de vestir, el maestro sólo quería llevar un pantalón y una camisa caqui, “porque es el color del hábito terciario” como decía él; sin importar que fuera domingo o día laborable. Su mujer le regañaba diciéndole que debía llevar un pantalón negro como todos sus compañeros profesores, al menos el domingo. Lucien rehusó amablemente, pero animó a su mujer a llevar la ropa que ella quisiera. “Si hago horas extras en el colegio, es precisamente para que tú vivas más acomodada.” Le dijo él. Pero su mujer protestó todavía más: “Me haces la vida insoportable con tu trabajo que no acaba nunca, sin un momento de descanso. ¡Incluso te levantas por las noches! Con tus capacidades, podrías ser un contable, tener un buen salario y nosotros viviríamos más confortablemente, en vez de vivir siempre justos como ahora.” Lucien contestó con gran dulzura: “¡Vamos! Incluso si tuviéramos suficiente dinero como para llenar toda nuestra casa, no tendríamos la riqueza que tenemos ahora, ésa que nunca se estropeará.”

Su corazón sólo descansaba con una cosa: la fe. Rezaba sin parar. No se separaba nunca de su rosario, hasta el punto que lo llamó “grano de pikopiko” (los granos de pikopiko se parecen a las cuentas de un rosario, de hecho se utilizan para hacerlos). Cuando Lucien se iba lejos de la ciudad, al campo con su padre; invitaba a los que se encontraba por el camino a rezar el rosario con  él. Lo hacía con tanta alegría que incluso aquellos que no tenían ganas acababan aceptando. Mucho de eso era gracias a la manera que tenía de explicar los misterios del Rosario, siempre con el corazón lleno de alegría que hacía que amaran la oración.

Aunque no estaba inscrito en el PADESM (Partido de los desfavorecidos de Madagascar), el partido le quiso proponer como candidato a la elección a la asamblea provincial de enero de 1947, por su alto nivel cultural y porque tenía ganada la confianza del pueblo. Él declinó tenazmente y no hubo manera de cambiarle de opinión. “La política es totalmente extraña para mí. Sabéis que prefiero las cuestiones religiosas y que me ocupa todo el tiempo. Os presento mil excusas, os pido mil perdones, pero os lo ruego, encontrad a otro”. Dijo él. ¿Quién no estaba enfadado con la política de Madagascar, especialmente en los territorios de Mattanana y de Manakara los días previos a la rebelión?

Bastante antes de que llegará la revolución el maestro repetía a su mujer: “No duraré mucho, pero no me importa. Preferiría morir y ser feliz, la única pena es que te abandonaré.” Incluso a su padre le dijo: “Mi hora está cerca, a lo mejor sólo me queda un mes.” Su padre le contestó: “Tienes buena salud. No hay signo de que estés cerca de la muerte. ¿Por qué dices eso?” “La única cosa que me duele, padre, es que no le puedo legar nada.” Incluso a sus hermanos: “Habrá muertos en nuestra familia, pero no todos moriremos, a lo mejor sólo uno lo hará. Sed valientes y dirigíos a Dios en confianza.”

Cuando empezó el tumulto de 1947, le dijo a su mujer y a sus hijos: “Sea lo que sea lo que venga, sea lo que sea lo que llegue, no os alejéis jamás de Dios.” Lucien fue al encuentro de la muerte de manera positiva. “No le temo a la muerte. Encontraré la felicidad. Lo que me da pena es que os voy a abandonar, pero siempre estaré cerca de ti.” Todos lo atestiguaron. Él se ofreció a morir por los suyos para que nadie de entre ellos fuera asesinado. Ocho días antes del 29 de marzo de 1947 le dijo a la hermana Marie-Joseph “Si alguien tiene que morir, yo seré el primero.” ¿Por qué? “El maestro es muy cristiano, lo dicen muchos. Ha incomodado a aquellos que no tenían muy buenas intenciones, que se querían aprovechar de los problemas para provocar desórdenes y para cometer injusticias.” “Botovasoa era muy conocido por su imparcialidad y por hacer reinar la justicia. Para él, la justicia era la justicia, eso era todo.” Dijo un pagano, una alta personalidad de la ciudad.

Cuando empezó el tumulto, Botovasoa se podría haber salvado fácilmente ya fuera escondiéndose o huyendo a Manakara. Él hizo precisamente lo contrario: consideró un deber sagrado afrontar la muerte. Esperó el martirio y no habría querido perder la ocasión huyendo. Había aceptado una invitación de su padre para ir al campo, a cuatro quilómetros al norte de la ciudad, el día 30 de marzo, Domingo de Ramos. Pero cuando supo que había habido masacres en la ciudad, volvió. Era el miércoles de pascua. En la ciudad, no encontró ni curas ni monjas porque las autoridades los habían llevado a Manakara. El domingo siguiente, Botovasoa reunió a los cristianos que quedaban en la ciudad para rezar en el taller de las monjas ya que la iglesia había sido cerrada.

El jueves 17 de abril, Botovasoa y los suyos estaban en la casa cuando llegó una buena cristiana jadeante que venía de Ambohimnarivo, el barrio de donde era originario Lucien. “He oído que el maestro va a ser convocado esta noche en la casa del clan.” En esa época y a aquella hora significaba que había un proceso de condena de muerte contra él. La mujer de Lucien se echó a llorar y a uno de sus hermanos le dio un ataque de fiebre. Sólo el maestro se mantuvo impasible. “Sí, sé que el jefe del clan me necesita, no tengáis miedo.” Era la hora del desayuno y quería antes comer tranquilamente. Habiendo acabado de comer, él y su mujer se quedaron solos en la habitación. Lucien empezó a hablar a su mujer dulcemente: “Sí, bien, es verdad. He sido convocado para ser juzgado.” Lo que significaba en esos días que estaba condenado a muerte. Su mujer le dijo: “Por suerte, lo sabemos por adelantado. Escóndete, por ejemplo, debajo del tejado del campanario. Nadie te encontrará.” El maestro sonrió: “Si no me encuentran, os perseguirán. ¡Déjame que vaya!” Le dio a su mujer sus últimas recomendaciones sobre la educación de sus hijos. Después de esa conversación y hasta el atardecer, Lucien no paró de rezar, leyendo su Manual de la Tercera Orden Franciscana y recitando el rosario.

Sobre las nueve de la noche, los cuatro jóvenes que habían sido enviados por el jefe del clan llamaron a la puerta. “El jefe te llama”. “Estoy preparado.” Respondió Lucien mientras se levantaba. Entró en la casa del clan y el jefe le dijo: “Eres miembro del PADESM y debes ser juzgado.” Según los testigos, Botovasoa respondió con voz clara y sin dudar: “Sé que me vais a matar y no me puedo salvar. Si mi vida redime la de muchos otros, no dudéis en matarme. Lo que os pido es que no toquéis a mis hermanos.” Su petición fue aceptada. Aunque se ofreció a morir sin dudarlo, no fue conducido a ella enseguida. Fue invitado a sentarse cerca del jefe del clan con el que estuvo una media hora antes de que se lo llevaran. Es difícil saber qué pasó durante ese lapso de tiempo porque los testimonios de los testigos no concuerdan. Se dice que el jefe del clan quería que Botovasoa fuera el secretario general del MDRM (Movimiento Democrático de Renovación Malgache) del barrio de Ambohimnarivo, como ya había hecho con otros profesores de otros pueblos, pero él se negó diciendo: “Vosotros, en este partido perseguís a la religión, arrancáis las medallas del cuello de la gente, pisoteáis la cruz, cerráis las iglesias para convertirlas en salas de baile… Vosotros sabéis que la religión es preciosa para mí y que entonces me resulta imposible ayudar a un partido que se opone a ella.” A pesar de todos los discursos que intentaban convencerle, fue imposible que Botovasoa cambiara de opinión. Entonces, el jefe del clan pronunció la sentencia. Los jóvenes cogieron al maestro y se lo llevaron. Eran alrededor de las diez de la noche.

Fue en el matadero, a la orilla del río Mattanana donde se llevaron a cabo las ejecuciones. A lo largo de la ruta, Lucien pidió pararse para rezar. Se arrodilló y oró en voz alta. Un testigo ocular, que oyó perfectamente su rezo, dijo que lo hizo de la siguiente manera: “Dios mío, perdona a mis hermanos, porque para ellos es difícil de cumplir el deber que tienen ahora en contra mía. Pues mi sangre, esparcida por mi tierra puede ser la redención de mi patria” Y el testigo añadió: “Muy emocionado, me vuelvo a algunos de mis compañeros y les murmuro: “¿Vais a matar a un hombre como este? ¿No tenéis miedo?” “Estamos diseñados para este deber, cada uno teme por su vida.”

Cuando le quisieron atar las manos, el maestro dijo: “No me atéis para matarme, ya me ato yo mismo.” Y cruzó las manos delante de él. Llegó al borde del agua, se arrodilló y siguió rezando, repitiendo las palabras que ya había dicho. Ved que en ese momento, ese gran cristiano se ganó el respeto de aquellos que le iban a matar. Nadie osó parar su rezo. Volvió a arrodillarse, se inclinó para adelante y continuó rezando esperando a su muerte. Casi todos sus verdugos eran aquellos jóvenes a los que él había enseñado en el colegio. Tenían miedo y dudaban mientras balanceaban el machete sobre la cabeza del condenado. Finalmente, Lucien se volvió a ellos y les dijo: “Os lo pido, no mováis más el machete de aquí para allá, hacedlo de manera que me cortéis la cabeza de un solo golpe.”

El jefe le propinó un gran golpe y cortó la cabeza de Botovasoa limpiamente. Enseguida, cada uno de los ejecutores propinó un golpe o bañó su propio machete en su sangre, según la norma. Después, el cadáver fue tirado al río Mattanana. Llevaba puesto su hábito franciscano: su chaleco y su pantalón kaki y su cordón a la cintura. Las aguas se llevaron su cuerpo hacia el mar.

Nota explicativa: El PADESM (el más moderado y el más attentiste) y el MDRM (más intransigente) eran los dos partidos que en 1947, en la época de la revuelta/revolución contra la dominación colonial francesa, se disputaban el poder de Madagascar.