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Consilium Internationale
COMISIÓN FAMILIA
Silvia Diana OFS


VIDA EN FAMILIA, CASADA CON QUIEN NO PERTENECE A LA OFS.

Chelito Núñez, OFS
Hablando de mi experiencia personal….

 

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Profesé en la OFS cuando apenas tenía 15 años, buscando vivir una experiencia de fe que me permitiera vivir mi cristianismo cada vez más profundamente. Desde muy niña estaba cercana, al carisma franciscano, habiendo estudiado en colegios franciscanos y además porque mi madre era también de la OFS. Llegue a ser “cordígera” a la edad de 9 años.


Así que cuando conocí a Richard a mis 18 años, él mismo decía, que ya yo estaba enamorada de la Orden.
Esta narración de mi experiencia personal, está basada en el profundo misterio del amor que se teje entre un hombre y una mujer cuando se aman y deciden compartir su vida juntos, bendecidos con el sacramento del matrimonio. Es un camino no siempre fácil, porque hay que “luchar” porque ese amor no se convierta en una posesión o dominio del uno hacia el otro. Esa relación de amor debe estar basada en el respeto y la comprensión de lo que cada uno trae como equipaje y que deberá compartir con su pareja. No cabe la menor duda que mi experiencia personal, me confirma que cuando hay amor verdadero, el amor todo lo puede!!

Cuando hablamos de AMOR nos referimos al AMOR que Jesús mismo nos enseñó, considerando esta palabra que viene del griego: EROS y AGAPE, es decir, egoísmo y compartir, recibir y dar. Y así, a partir de este verdadero amor, hemos tratado de construir nuestra familia, confiando en que Dios nos llevaría a vivir de acuerdo con nuestros compromisos más sinceros: ser fieles a nuestro matrimonio sagrado, a través de la escucha, la comprensión y la disposición de aprender el uno del otro. Y es hermoso ver que si el centro de nuestra vida es Cristo mismo, El está allí para apoyarnos en momentos de alegría y tristeza, celebración y oscuridad. (Cuánto nos ha inspirado y nos hemos sentido fortalecidos, viviendo la Eucaristía con nuestros hijos).

Desde el principio de nuestro matrimonio, estaba claro que para mí era muy importante la pertenencia a mi fraternidad OFS… sin embargo, no era fácil cumplir con el compromiso de participar en la vida de la fraternidad (CCGG 53.3), porque eran tiempos donde la prioridad eran los “bebes” que iban llegando. Sin embargo, de alguna manera siempre yo estaba conectada con los hermanos de mi fraternidad y con cualquier apoyo que pudiera darle a la misma. Iba creciendo así la comprensión de mi esposo con mi sentido de pertenencia hacia mi OFS. De la misma manera que yo respetaba y apreciaba sus diferentes “pasiones” (radio aficionado, astrónomo aficionado…) el también fue respetando y comprendiendo mi
pasión por la Orden.

Es evidente que hoy en día, habiendo vivido cincuenta años de matrimonio y luego de la triste y muy reciente, partida al reino de los cielos de mi amado Richard, puedo ver con claridad los años transcurridos juntos, el crecimiento de nuestro hogar, y cómo nuestra relación matrimonial fue madurando con el tiempo.
El amor conyugal, no tiene que ver con puro “sentimientos” sino está basado en la voluntad y el empeño personal de atravesar todos los obstáculos con el firme propósito de permanecer juntos para siempre; teniendo presente que el amor del uno al otro, no es una atadura, porque goza de la libertad que el mismo amor provoca. “Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor” (Encíclica Dios es Amor, Benedicto XV, )

Mi esposo no siendo franciscano seglar, se sintió cada vez más unido a través de mi, hacia la OFS, llamándose así mismo “miembro de la cuarta Orden”… esa, a la que pertenecen con cariño los maridos no franciscanos!! Y así como nuestro amor iba madurando con el respeto y comprensión, se fue consolidando un hermoso apoyo mutuo, en nuestras muy distintas actividades. Pero, siempre atentos a la buena comunicación, a sabiendas que TODO estaba siempre en manos de Dios, ¡que es al final el que le toca resolver las disyuntivas! Esta es una preciosa conclusión cuando se constata que Dios es el inicio y el comienzo de los proyectos que ponemos en sus manos.

No hay duda que en nuestro caso pudiéramos haber sido considerados una pareja “dispareja” porque éramos de caracteres muy diferentes, pero “nos complementábamos”. Constatamos que no se trataba de tener o no, los mismos gustos, sino vivir bajo el mismo esquema de valores, que además, debíamos transmitir a nuestros hijos. Una enseñanza que debía ser no solo de palabras sino con el testimonio de nuestras vidas, teniendo como prioridad, el vivir con honestidad, sin mentiras ni fingimientos.
Como franciscanos, nos comprometemos a considerar a la familia como el primer lugar para vivir nuestro compromiso cristiano y nuestra vocación franciscana, (CCGG Art.24). Este artículo nos pide que hagamos espacio dentro de nuestras familias para la oración, para la Palabra de Dios y para la catequesis cristiana. Este mismo Artículo 24 recomienda que las parejas casadas encuentren en la Regla de la OFS una ayuda efectiva en su propio camino de la vida cristiana, conscientes de que, en el sacramento del matrimonio, su amor comparte el amor que Cristo tiene por su Iglesia.

Cabe resaltar que estas orientaciones de nuestra legislación, cabían perfectamente dentro del proyecto de vida familiar que nos propusimos construir desde el comienzo, ayudados con el diálogo y la comprensión mutua, que no siempre era fácil, pero que estábamos conscientes debíamos encontrar lo más conveniente para nuestra familia.
Debo subrayar que mi disposición a confiar y dejar todo a la voluntad de Dios, era parte de ese equipaje que traía conmigo al casarme. Estaba segura que El nos iría conduciendo de tal manera que pudiéramos armonizar con paciencia para ir madurando y fortaleciéndonos como pareja. Así que fue un hecho, que a través de los años, podíamos compartir y apoyarnos mutuamente, dentro del maravilloso equilibrio de la tolerancia y el respeto mutuo.

Y no hay duda, que la Eucaristía, fue para nosotros, centro y fuente de gracia! Reflexionando sobre nuestra Regla y Constitución, es claro que mi esposo Richard apreció que era una gracia de Dios lo que experimentábamos con mi pertenencia a la Orden, porque esto me ayudó siempre a ser mejor persona, mejor cristiana, mejor esposa y mejor madre…! y era por lo tanto sujeto de contagio!. Todo lo cual, lo pudimos constatar en el día a día de nuestra vida en familia. Y he ahí la razón, que no solo mi esposo, sino mis hijos todos, han apoyado y respetado mi pertenencia a la OFS. (De hecho, nuestra hija, también profesó en la OFS).

Pronto en nuestro matrimonio entraron los niños, así que les enseñábamos, al mismo tiempo que aprendíamos a ser padres. Los primeros 20 años de nuestro matrimonio fueron muy exigentes. Tuvimos que lidiar con los deberes familiares y nuestro trabajo profesional.
Pero siempre nos quedó claro que la familia era lo primero.
Hoy al transcurrir de los años, vemos como nuestros hijos nos han superado como personas llenas de virtudes, y que a pesar de los errores en la educación que como padres pudimos haber cometido, ellos, ¡nos han llenado de orgullo, en todo sentido! Hoy son ellos excelentes hijos, hermanos, padres y, se esfuerzan por ser buenos cristianos.


Ejercicio de la caridad – Servicio del amor


Es esencial para la vida del cristiano la vivencia de la caridad, entendida como el reflejo del amor al prójimo. De aquí la necesidad que como familia se practique la caridad en la búsqueda del bien común. No puede una familia encerrarse en si misma, porque dejaría de ser expresión social de la fe cristiana.
Unos más que otros, tenemos la predisposición de servir al necesitado encontrado “casualmente” como lo refiere la parábola del buen samaritano. (cf. Lc 10,31). No es fácil abrirse al otro, por el temor de enredarnos en compromisos que nos pueden superar en tiempo y capacidad. Así que también es una tarea aprendida en familia, que como cristianos debemos estar atentos al otro porque, siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo (Encíclica “Dios es Amor” no. 28.b)

Francisco de asís en su encuentro con el leproso se topó de frente con la miseria humana, que le llevó a un radical cambio interior que a su vez lo condujo a su propia inversión de valores. Su conversión comienza en este hermoso acto de caridad cuando reconoce como hermano a este ser, distinto, sucio y enfermo. Y es casi siempre un hecho que cada uno de nosotros, ha tenido su respectivo “encuentro casual” que lo ha hecho cambiar de rumbo. Para nuestra familia, una catástrofe natural vivida en nuestro país, nos motivó para asumir serias responsabilidades a favor de quienes habían padecido grandes pérdidas. De ahí, que en primera persona me involucré seriamente y junto conmigo, vino el apoyo de mi  esposo e hijos. Fue esta realidad que nos golpeó fuertemente, la que nos llevó a la verdadera CONVERSIÓN, que es la búsqueda de la comunión con los demás.

La caridad además se manifiesta cuando el individuo cumple fielmente su deber como ciudadano, cuando procura la justicia –con amor, hacia quienes nos rodean, cuando se involucra en la comunidad donde vive, cuando participa en la vida pública, cuando es capaz de compartir situaciones y dificultades.
Los obstáculos que ponemos nosotros mismos para ejercer la caridad, son siempre un reto, porque nos falta la confianza que debemos poner en Dios para que sea El, el que nos abra el camino, una vez que nos ponemos en Sus manos.


Conclusión

Es un gran desafío el que asumimos, una vez que estamos ante el altar jurando amor eterno. A partir de ahí, compartimos nuestro compromiso conscientes de que seremos ejemplo para nuestros hijos. Pero frente a todo, el Señor viene a lo largo de nuestro viaje, siempre dispuesto a abrir el camino a la felicidad plena. Esta felicidad se logra cuando el amor se convierte en COMUNIÓN, lo que significa llevar la Eucaristía a las cosas más pequeñas de nuestra vida diaria, conscientes de que, como padres, debemos formar hombres y mujeres de corazones puros.


Preguntas para responder en grupos

1. Evaluar que tan consciente estamos del compromiso que tenemos como padres de formar hombres y mujeres “cristianos”, o sea, seguidores de Cristo.

2. Si somos profesos en la OFS, debemos dar testimonio de nuestra vida en Cristo. Reflexionar que tanto nos dejamos moldear por el Evangelio, y por ende, por nuestra Regla de la OFS, siendo coherentes en nuestra vida familiar.

3. Comparte algo de tu experiencia de vida familiar, donde se desarrolla tu vida de fe y tu sentido de pertenencia a la OFS.
Agosto 2019.-