
|
Homilía del Obispo de Asís, Mons. Domenico
Sorrentino
Santa Maria de los Ángeles La palabra de Dios ha propuesto a nuestra consideración la belleza de una mujer virtuosa, el carisma de una viuda consagrada, el encuentro con el Señor presente en el pobre. Tres mensajes que esculpen la figura de Santa Isabel. Tres partes que ella misma ayuda a comprender con la fuerza de su existencia. Una existencia que está de un modo especial en vuestros orígenes y sella profundamente vuestra tradición espiritual, queridos hermanos y hermanas de la Tercera Orden Regular y Seglar. Una existencia que se desprende del carisma y de la santidad de Francisco. Es bello este encuentro para juntos celebrar el VII centenario del nacimiento de Santa Isabel y que coincida también con el VIII centenario de la conversión de Francisco, que nuestra Iglesia de Asís, está viviendo con particular intensidad. Fue a raíz del movimiento de Francisco, encaminado desde el inicio sobre el camino de la misión, que parte el impulso de gracia que acoge, en la distante Turingia, la joven Isabel. En el 1221, en un capítulo general que se llevó a cabo en Santa Maria de los Ángeles, con la presencia de San Francisco, algunos frailes se dispusieron a partir para Alemania para implantar allí la orden. Algunos de estos se quedaron en Eisenach, donde vivían el príncipe Ludovico e Isabel. Entre los primeros frailes alemanes, estaba el hermano Ruggiero, con la presencia de San Francisco, que fue el primer guía espiritual de Santa Isabel. ¿Que cosa en particular pudo impresionar a la joven princesa, rica de bienes, de poder y de prospectivas terrenas, para que ella llegara a una escogencia radical de vida, hasta encarnar la figura ascética de la penitente y comenzar una espiritualidad particularmente signada de la dimensión penitente? Como se aprecia, esta prospectiva se retrae a Francisco mismo, que en su Testamento conjuga toda su aventura espiritual en este concepto: “el Señor me conduce a comenzar a hacer penitencia de este modo…”. Dentro del concepto de penitencia, no era solamente ni siquiera primariamente, el sentido de la renuncia, y de la ascesis, sino la “metanoia”, la conversión del corazón, la transformación de la vida hasta la plena conformación a Cristo. La joven princesa que comenzó a escuchar a los hijos de Francisco tuvo la posibilidad de conocer un cristianismo que, justo mientras se tomaba en serio la exigencia más radical del evangelio, a partir de la pobreza, no era sin embargo, un cristianismo de tono triste, de la separación maniquea. Era por lo tanto el cristianismo de la alegría y del canto, del descubrimiento del rostro paterno de Dios en la humanidad dulce y misericordiosa del hijo hecho carne, un cristianismo que cantaba el esplendor de Dios presente en el mundo. La palabra de Dios que hemos escuchado (Eclo.26, 1-4. 13-21) nos invita justamente a ver a Isabel a la luz de la belleza. Que es la belleza, no es fácil decirlo. Siendo mas una experiencia que una idea, la belleza también es interpretada diversamente. El pasaje tomado del libro del Eclesiástico tiene una indicación que une íntimamente la belleza a la virtud. Bondad y belleza se atraen. En un último análisis lo referimos a Dios mismo, sumo bien y suma bellezaza. La belleza de Dios refulge en el creador, y en el hombre se refleja, en la misma medida en la cual se vive en Dios. Tiene sabor poético la palabra que hemos escuchado: “Como el sol matinal sobre los cerros del Señor; así es el encanto de una mujer buena en una casa bien ordenada”. Isabel fue primero que todo esta mujer virtuosa. Si hoy a ella podemos verla como a una inspiradora de tantos de vosotros que viven el carisma franciscano en la vida ordinaria de una familia, de una profesión, de una existencia entre las cosas del mundo, es justamente porque entra plenamente en el diseño de Dio esta vocación seglar, que hace vivir el valor del mundo, teniendo la mirada fija en Dios. La segunda lectura (1 Tim 5, 3-10) nos da otra indicación, que se relaciona más específicamente a la viuda consagrada. Mas allá de la específica categoría de personas interesadas, con este tema estamos en otra gracia de la vía espiritual, que pone en evidencia el valor y la belleza de la vida contemplativa. Sin embargo, no hubiera tenido dificultad Isabel, luego de la muerte del marido, de encontrar uno nuevo. Pero el Señor había preparado para ella una gracia ulterior, de belleza en belleza. “Ad summam tendens perfectionem”, comenta el biógrafo. Isabel se siente llamada al vértice de la perfección. Y así, en una iglesia franciscana de Eisenach, donde ella misma había llamado a los frailes menores, posa las manos sobre el altar desnudo del viernes santo. Es el 24 de marzo de 1227. Renuncia a las cosas del mundo, para dedicarse a Dios solamente. Cualquier mes después, por las manos del hermano Burcardo, celebrante Maestro Corrado, recibe el hábito de la penitencia. Se trata de una profesión religiosa de vivir no dentro de los muros de un convento, pero en el ritmo ordinario de la vida, conjugando acción y contemplación, la dimensión de “María” y aquella de “Marta”, para evocar la palabra de Jesús a Marta de Betania sobre contemplación como “unum necessarium”. La Iglesia de nuestro tiempo ha redescubierto los valores de la alegría y la de secularizad, como valores que vienen de Dios. Pero la contemplación es la que da a todo sentido y plenitud. La historia se realiza necesariamente de cosas penúltimas que encuentran su plenitud en aquello último. Dios es el primero y el último. La escogencia de Santa Isabel recuerda que solo él puede llenar el corazón. La última lectura (Mt 25, 31-40) propone la gran página de la caridad, en la cual Cristo se identifica con cada hermano y hermana que tiene necesidad de nuestra ayuda. Juan Pablo II escribe que esta página no tiene tan solo un gran valor ético, pero también un sentido cristológico. Es como decir que se nos presenta el misterio de Jesús, nos ayuda a comprender la profundidad de la encarnación. Bien lo comprende Francisco, cuando abrazó al leproso. En aquél hermano él abrazó a Cristo, y se si interesó por él, compartiendo su sufrimiento, la contemplación que él amaba hacer delante del crucifijo de San Damian y sobretodo frente a la presencia eucarística de Cristo. También en esto, Isabel de Hungría es “imitadora de San Francisco”, como dice Juan Pablo II ( carta al Obispo de Fulda, Observatore Romano, 18.09,1981). Es notorio cuanto brilla en ella la caridad, que la lleva, incluso en vida del marido, a construir diversos hospitales, y finalmente a dedicarse en el hospital de Marburg a cuidar a los enfermos como a Cristo mismo. Queridos hermanos y hermanas, cómo no ver la belleza y la urgencia de este mensaje para nuestro tempo. Francisco de un lado, con su conversión, e Isabel por el otro, en este centenario, que nos recuerda su figura, nos invita a tomar en serio el mensaje evangélico y a traducirlo en compromiso de vida. El mundo de hoy tiene mas que deseos de este testimonio. Nos lo ha recordado el 17 de junio pasado Benedicto XVI, como peregrino aquí sobre la tumba de Francisco. Hoy lo recordamos también en el contexto del compromiso espiritual de nuestra Iglesia de Asís, que este año vive el compromiso de conversión sobretodo en conexión al valor de la comunión. Debemos convertirnos al amor de Dios, debemos convertirnos al amor fraterno. Estoy feliz de poder celebrar con ustedes la alegría de este centenario, compartiendo felicitaciones de santidad, y metiendo sobre el altar del Señor el común compromiso a seguir fielmente el ejemplo de Francisco y de Isabel de Hungría.
|
|
|