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Boletin Informativo Vol. 1 - N. 2 - 2006 – Octubre |
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2. Compromiso y responsabilidad Di Emanuela De Nunzio
El compromiso y la responsabilidad del laicado católico en sus diversas expresiones debe tender, hoy mas que nunca, a estar presente principalmente, en las dimensiones concretas de la vida cuotidiana (familia, afectos, trabajo y tiempo libre) el rostro de una Iglesia amiga y misionera, que se vuelva tangible de cualquier manera del amor de Dios por los hombres y le ayuda a tener esperanza y fe en la vida. Se trata, en otros términos, de convertirse mas profundamente en participantes de la vida y de la misión de la Iglesia y por esta razón, capaces de amar y orientar en sentido cristiano el tejido social al cual pertenecemos. Creo que para nosotros franciscanos seglares este camino está trazado en la Regla No.6 de nuestra Regla, donde dice "Sepultados y resucitados con Cristo en el Bautismo, que les hace miembros vivos de la Iglesia, y a ella mas estrechamente vinculados por la Profesión, háganse testigos e instrumentos de su misión entre los hombres, anunciando a Cristo con la vida y con la palabra." De este precepto de la Regla se derivan tres compromisos, con la responsabilidad que nos es propia: la contemplación, el testimonio y la misión. ¿No es de hecho, contemplación ver la vida con los ojos de Cristo, transformando la persona, las cosas, los hechos de cada día en relación crucial con un excitante "camino de santidad"? ¿No es acaso testimonio la contribución en la construcción de un "mundo mas justo y fraterno" con el amor contagioso de la palabra de Cristo, comunicadas a los hombres a través de la paciencia, del diálogo, de la escucha y de la comprensión? Y ¿no es acaso misión el hacerse en lo cotidiano operadores de Cristo para llevar el "fermento evangélico" en el inmenso patio de la historia? Primer compromiso: incesante dialogo con Dios. "Como Jesucristo fue el verdadero adorador del Padre, del mismo modo los franciscanos seglares hagan de la oración y de la contemplación el alma del propio ser y del propio obrar". Este artículo de la Regla (No.8, primer párrafo), es el punto de partida para cada reflexión sobre nuestra identidad. Es el punto de partida porque, si no existe una oración animada, la Fraternidad OFS no tiene razón de existir: podría ser mas bien cualquier grupo de socialización entre personas que tienen intereses comunes, o un grupo filantrópico que intenta dedicarse a trabajos de solidaridad en cualquier categoría de necesitados. Es la oración que nos permite advertir la riqueza de Su presencia. En un diálogo incesante con Dios le llevamos en nuestra historia, en nuestra realidad, en el sufrimiento, en la alegría, en la esperanza del mundo. Esta es nuestra característica: sentirse inmersos en este incesante diálogo, que se reinserta en Dios, que nos mantiene ligados constantemente a El. Pero no por gusto de manera egoísta, porque estamos seguros que nosotros seremos recompensados por El, sino porque cuando el Señor se nos dona, lo compartimos, lo manifestamos, lo llevamos a los otros. De la oración al testimonio de la caridad De la oración adorante profesada a Dios, florece la exigencia de la caridad fraterna, que nos urge a abrirnos a los otros y a encontrar todos los instrumentos y los modos adecuados para hacerles bien. Admitidos, a través de la oración, en la contemplación del rostro de Dios, no podemos dejar de sentir la necesidad y la urgencia de descubrir su rostro en los rostros sufrientes y arruinados y desfigurados de tantos hermanos nuestros. Y así el gesto del servicio, del amor, de la caridad, del compartir, del hacerse cargo, de la transformación, según la palabra evangélica, en buen samaritano de tantos hermanos que están postrados al margen de nuestras calles, al margen de nuestra historia, porque no hay ninguno que le dé a ellos el derecho de ciudadanía que, como hijos de Dios, les corresponde también a ellos. Leemos el Evangelio (Jn 6, 9-18) que Jesús no solo se ha preocupado del hambre de los hombres pero también ha pedido la colaboración de un muchacho con cinco panes y dos peces. Y en esta colaboración es que se manifiesta el compromiso cristiano en la construcción concreta del Reino de Dios, que no es solo en el más allá. Vale aún mas, si es posible, para los franciscanos seglares, llamados a "reducir las exigencias personales para poder compartir mejor los bienes espirituales y materiales con los hermanos, particularmente con los últimos" (CCGG 15, 3). Anunciar la gracia de Dios Luego de la oración que contempla, que adora, que agradece, que invoca, que intercede; después la caridad que se transforma en servicio, en atención, en compromiso atento a apoyar a quien está lejos, quien está solo, quien está apartado; la tercera línea de compromiso del franciscano seglar es la misión: ir a llevar la gloria del Señor resucitado y la riqueza de la palabra que El le entrega a la Iglesia. Muchos de nosotros recordamos el famoso discurso que el apóstol Pablo hace en el areópago de Atenas. Pablo, que es un enamorado de Cristo, debe llevar a Cristo a todas partes y ahora va a la cueva del lobo. Escoge propiamente el areópago de Atenas, el lugar donde los filósofos debaten los grandes temas de la existencia, y los reta en su terreno. Inicia su discurso recurriendo a la cita de un filósofo griego de nombre Creante: "En Dios nos movemos, actuamos y somos" y prosigue: "A mi me reveló Dios, este Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús que ha resucitado; nosotros resucitaremos". Al oír esto, al escuchar hablar de resurrección de los muertos, los filósofos, que inicialmente se habían dejado cautivar del discurso de Pablo, le tiraron la puerta en la cara: "Te escucharemos en otra oportunidad". Nosotros también tenemos que tener el coraje de arriesgarnos. Como Pablo podremos ser escuchados o refutados, pero sabemos que esta es la posición de los discípulos de Cristo. No podemos ya permanecer solo entre nosotros, no podemos garantizarnos una experiencia que pueda dar alegría espiritual a nuestra vida, si no hacemos posible la transmisión de la gracia y de la riqueza que, en el diálogo con Dios, nos es comunicada. Aquello que hemos recibido no es solo para nosotros, es para donarlo también a los otros y para transmitirlo de una generación a la otra. A estos tres puntos debo solo agregar una breve reflexión sobre responsabilidad. Nosotros los laicos, llamados a vivir el cristianismo en este mundo, somos invitados a intensificar nuestro compromiso de construir comunión, de separarse de quienes proponen un cristianismo individualista e incluso también con celebraciones hechas a la medida, en lugar de promover la participación activa en un espíritu de compartir y de ministerio, aprendiendo a abrirse a los otros en un intercambio de recíproca fe. Solo esta actitud consentirá el encuentro con los hombres, sobre todo con los "diferentes", lejos por razones de cultura, de fe religiosa, de experiencia de vida. En el No. 93 de la Gaudium et spes, se lee "Los cristianos… tienen un deber inmenso de llevar a cabo en esta tierra: de eso deberán rendir cuenta a El quien a todos juzgará en el último día" También para nosotros franciscanos seglares, el gran deber confrontados en el mundo es aquél de servirlo con un ministerio humilde y leal a pesar de nuestros límites, fruto de la vocación recibida, de la cual no podemos alejarnos sin perder nuestra identidad.
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