Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 11 - N. 01 - 2005 - Enero - I
Fuente: http://www.vatican.va
Madrid, 1 de enero de 2005
A todos los hermanos y hermanas de la
Orden Franciscana Seglar
A los Consejos nacionales OFS
A los Consejeros Internacionales OFS
Circ. 22/02-08
Queridos hermanos y hermanas:
¡El Señor, cuya Natividad celebramos, os de paz!
Al inicio de este nuevo año, me pongo en contacto con todos vosotros, para haceros llegar mi afecto fraterno y los mejores deseos para cada uno, para vuestras familias, para vuestra Fraternidad.
Especialmente quiero comunicarme con vosotros a raíz del maremoto en el Sudeste Asiático, con el fin de acompañaros y fortaleceros en este momento de profundo sufrimiento y desconcierto que estamos sufriendo como ciudadanos del mundo, como cristianos y franciscanos. Así como para sostener y reforzar los impulsos e iniciativas de generosa solidaridad que esta desdicha, estoy segura, ha suscitado en todos vosotros.
La tragedia del Sudeste asiático nos afecta a todos, vivamos donde vivamos, y no podemos permanecer pasivos o indiferentes ante el dolor de tantos hermanos y hermanas. Sé que no es así. Que todos estáis haciendo vuestro el padecimiento que afecta directamente a tantas y tantas personas, probablemente también a hermanos/as de nuestra Fraternidad OFS, con quienes no hemos tenido medio de ponernos en contacto, hasta ahora. Ante esta tragedia que afecta a la familia humana invito a toda la Orden, a todos mis hermanos y hermanas, a movilizarse con pasión -- allá donde vivan -- para colaborar activa y generosamente con los organismos eclesiales y civiles que están promoviendo ayuda humanitaria para los afectados. Si nos es posible, con iniciativas propias o de la Familia franciscana, si no uniéndonos como franciscanos -- enviados y sostenidos por nuestra Fraternidad -- en los proyectos iniciados por otras personas o entidades de “buena voluntad” (R.14).
Durante el último Capítulo general aseguramos al Santo Padre que: “nos comprometemos a continuar y desarrollar, con toda la fantasía de la caridad, nuestro servicio en favor de los más desfavorecidos ...
El Santo Padre en esa misma oportunidad nos pidió: “ ... profundizar los verdaderos fundamentos de la fraternidad universal y crear por doquier un espíritu de acogida y un clima de hermandad. Comprometeos con firmeza (..) a luchar contra toda actitud de indiferencia hacia los demás.”
Nuestro servicio fraterno, en este momento, sea acorde con el compromiso efectuado y por medio del sacrificio, la donación personal, el prescindir de cosas materiales, junto a jornadas intensas de oración para que no decaiga la tensión de solidaridad hacia las víctimas de esta tragedia y para que el Señor se apiade de esas preciosas regiones de nuestro mundo, sea nuestra aportación al deseo del Santo Padre, en este momento concreto. Sean también el “oro, incienso y mirra” que presentemos a Jesús en su Epifanía, consuelo para nuestros hermanos y hermanas del Sudeste asiático y que ellos a su vez sean un punto de luz y referencia de amor para los que más estén padeciendo en su entorno.
En esta confianza, os abrazo a todos y cada uno con cariño.
Vuestra hermana y ministra,
Encarnación Del Pozo
Ministra general de la O.F.S.
1 de enero de 2005
1. Al comienzo del nuevo año, dirijo una vez más la palabra a los responsables de las Naciones y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sabedores de lo necesario que es construir la paz en el mundo. He elegido como tema para la Jornada Mundial de la Paz 2005 la exhortación de san Pablo en la Carta a los Romanos: « No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien » (12,21). No se supera el mal con el mal. En efecto, quien obra así, en vez de vencer al mal, se deja vencer por el mal.
La perspectiva indicada por el gran Apóstol subraya una verdad de fondo: la paz es el resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando el bien derrota al mal. Ante el dramático panorama de los violentos enfrentamientos fratricidas que se dan en varias partes del mundo, ante los sufrimientos indecibles e injusticias que producen, la única opción realmente constructiva es detestar el mal con horror y adherirse al bien (cf. Rm 12,9), como sugiere también san Pablo.
La paz es un bien que se promueve con el bien: es un bien para las personas, las familias, las Naciones de la tierra y para toda la humanidad; pero es un bien que se ha de custodiar y fomentar mediante iniciativas y obras buenas. Se comprende así la gran verdad de otra máxima de Pablo: « Sin devolver a nadie mal por mal » (Rm 12,17). El único modo para salir del círculo vicioso del mal por el mal es seguir la exhortación del Apóstol: « No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien » (Rm 12,21).
2. La humanidad ha tenido desde sus orígenes la trágica experiencia del mal y ha tratado de descubrir sus raíces y explicar sus causas. El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por mecanismos deterministas e impersonales. El mal pasa por la libertad humana. Precisamente esta facultad, que distingue al hombre de los otros seres vivientes de la tierra, está siempre en el centro del drama del mal y lo acompaña. El mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen. La Sagrada Escritura enseña que en los comienzos de la historia, Adán y Eva se rebelaron contra Dios y Caín mató a su hermano Abel (cf. Gn 3-4). Fueron las primeras decisiones equivocadas, a las que siguieron otras innumerables a lo largo de los siglos. Cada una de ellas conlleva una connotación moral esencial, que implica responsabilidades concretas para el sujeto que las toma e incide en las relaciones fundamentales de la persona con Dios, con los demás y con la creación.
Al buscar los aspectos más profundos, se descubre que el mal, en definitiva, es un trágico huir de las exigencias del amor.[1] El bien moral, por el contrario, nace del amor, se manifiesta como amor y se orienta al amor. Esto es muy claro para el cristiano, consciente de que la participación en el único Cuerpo místico de Cristo instaura una relación particular no sólo con el Señor, sino también con los hermanos. La lógica del amor cristiano, que en el Evangelio es como el corazón palpitante del bien moral, llevado a sus últimas consecuencias, llega hasta el amor por los enemigos: « Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber » (Rm 12,20).
3. Al contemplar la situación actual del mundo no se puede ignorar la impresionante proliferación de múltiples manifestaciones sociales y políticas del mal: desde el desorden social a la anarquía y a la guerra, desde la injusticia a la violencia y a la supresión del otro. Para orientar el propio camino frente a la opuesta atracción del bien y del mal, la familia humana necesita urgentemente tener en cuenta el patrimonio común de valores morales recibidos como don de Dios. Por eso, a cuantos están decididos a vencer al mal con el bien san Pablo los invita a fomentar actitudes nobles y desinteresadas de generosidad y de paz (cf. Rm 12,17-21).
Hace ya diez años, hablando a la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la tarea común al servicio de la paz, hice referencia a la « gramática » de la ley moral universal,[2] recordada por la Iglesia en sus numerosos pronunciamientos sobre esta materia. Dicha ley une a los hombres entre sí inspirando valores y principios comunes, si bien en la diversidad de culturas, y es inmutable: « subsiste bajo el flujo de las ideas y costumbres y sostiene su progreso [...]. Incluso cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades ».[3]
4. Esta común gramática de la ley moral exige un compromiso constante y responsable para que se respete y promueva la vida de las personas y los pueblos. A su luz no se puede dejar de reprobar con vigor los males de carácter social y político que afligen al mundo, sobre todo los provocados por los brotes de violencia. En este contexto, ¿cómo no pensar en el querido Continente africano donde persisten conflictos que han provocado y siguen provocando millones de víctimas? ¿Cómo no recordar la peligrosa situación de Palestina, la tierra de Jesús, donde no se consigue asegurar, en la verdad y en la justicia, las vías de la mutua comprensión, truncadas a causa de un conflicto alimentado cada día de manera preocupante por atentados y venganzas? Y, ¿qué decir del trágico fenómeno de la violencia terrorista que parece conducir al mundo entero hacia un futuro de miedo y angustia? En fin, ¿cómo no constatar con amargura que el drama iraquí se extiende por desgracia a situaciones de incertidumbre e inseguridad para todos?
Para conseguir el bien de la paz es preciso afirmar con lúcida convicción que la violencia es un mal inaceptable y que nunca soluciona los problemas. « La violencia es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano ».[4] Por tanto, es indispensable promover una gran obra educativa de las conciencias, que forme a todos en el bien, especialmente a las nuevas generaciones, abriéndoles al horizonte del humanismo integral y solidario que la Iglesia indica y desea. Sobre esta base es posible dar vida a un orden social, económico y político que tenga en cuenta la dignidad, la libertad y los derechos fundamentales de cada persona.
5. Para promover la paz, venciendo al mal con el bien, hay que tener muy en cuenta el bien común[5] y sus consecuencias sociales y políticas. En efecto, cuando se promueve el bien común en todas sus dimensiones, se promueve la paz. ¿Acaso puede realizarse plenamente la persona prescindiendo de su naturaleza social, es decir, de su ser « con » y « para » los otros? El bien común le concierne muy directamente. Concierne a todas las formas en que se realiza su carácter social: la familia, los grupos, las asociaciones, las ciudades, las regiones, los Estados, las comunidades de pueblos y de Naciones. De alguna manera, todos están implicados en el trabajo por el bien común, en la búsqueda constante del bien ajeno como si fuera el propio. Dicha responsabilidad compete particularmente a la autoridad política, a cada una en su nivel, porque está llamada a crear el conjunto de condiciones sociales que consientan y favorezcan en los hombres y mujeres el desarrollo integral de sus personas.[6]
El bien común exige, por tanto, respeto y promoción de la persona y de sus derechos fundamentales, así como el respeto y promoción de los derechos de las Naciones en una perspectiva universal. Como dice el Concilio Vaticano II: « De la interdependencia cada vez más estrecha y extendida paulatinamente a todo el mundo se sigue que el bien común [...] se hace hoy cada vez más universal y por ello implica derechos y deberes que se refieren a todo el género humano. Por lo tanto, todo grupo debe tener en cuenta las necesidades y aspiraciones legítimas de los demás grupos; más aún, debe tener en cuenta el bien común de toda la familia humana ».[7] El bien de la humanidad entera, incluso el de las futuras generaciones, exige una verdadera cooperación internacional, con las aportaciones de cada Nación.[8]
Sin embargo, las concepciones claramente restrictivas de la realidad humana transforman el bien común en un simple bienestar socioeconómico, carente de toda referencia trascendente y vacío de su más profunda razón de ser. El bien común, en cambio, tiene también una dimensión trascendente, porque Dios es el fin último de sus criaturas.[9] Además, los cristianos saben que Jesús ha iluminado plenamente la realización del verdadero bien común de la humanidad. Ésta camina hacia Cristo y en Él culmina la historia: gracias a Él, a través de Él y por Él, toda realidad humana puede llegar a su perfeccionamiento pleno en Dios.
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[1] San Agustín afirma a este respecto: « Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial » (De Civitate Dei, XIV, 28).
[2] Cf. Discurso para el 50 [o] aniversario de fundación de la ONU (5 octubre 1995), 3: Insegnamenti, XVIII, 2 (1995), 732.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1958.
[4] Homilía en Drogheda, Irlanda (29 septiembre 1979), 9: AAS 71 (1979), 1081.
[5] Según una vasta acepción, por bien común se entiende « el conjunto de aquellas condiciones de vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección »: Conc. Ecum. Vat. II, Cons. past. Gaudium et spes, 26.
[6] Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et magistra: AAS 53 (1961), 417.
[7] Cons. past. Gaudium et spes, 26.
[8] Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et magistra: AAS 53 (1961), 421.
[9] Cf. Enc. Centesimus annus, 41: AAS 83 (1991), 844.