Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 10 - N. 4 - 2004 - Enero - IV
Fuente: Koinonia, 2003, n. 3
Fra Irudaya Samy - OFM Cap
(Parte II)
Carisma es una palabra que ha sido usada por la Iglesia en muchísimas ocasiones en los últimos años. Es muy importante entender lo que significa realmente esta palabra. Carisma es un término general que indica un don particular del Espíritu Santo utilizado para el bien de la Iglesia. Cuando el Santo Padre lo aprueba, se dice que el carisma se hace partícipe de la misión oficial de la Iglesia para hacer presente a Cristo en el mundo. San Francisco, en cuanto le fue posible, buscó la aprobación de su carisma.
La primera reacción de la Santa Sede fue de gran agitación. El Papa y los Cardenales pensaban que buscase hacer demasiado. Lo que deseaba, sin embrago, era vivir el Evangelio de Jesucristo. Todos finalmente reconocieron que si hubiesen rechazado la petición, significaba que la verdadera vida de Cristo, tal como la presenta el Evangelio, es imposible imitar.
También ahora todos los carismas auténticos encuentran, de una manera o de otra, el mismo tipo de oposición. El Espíritu Santo da un carisma a una persona de fe cuando ésta se abre a la gracia.
Un carisma es dado para que se pueda realizar un gran trabajo para el bien de toda la Iglesia. Es opinión común que esta oportunidad se da a través de una conversión radical y un cambio doloroso en la vida. Todos los Santos han pasado por este cambio. El Espíritu normalmente coloca a cada fundador ante la difícil prueba del anticonformismo y la mayoría de ellos han aparecido ante sus contemporáneos como extraños y anormales.
Contemporáneamente hay una profunda y evangélica experiencia llena de luz y confianza, y la llamada a dejar todo para colocar la propia vida en la iluminación recibida. El carisma impulsa al elegido a llevar a los otros los beneficios de su descubrimiento. Percibe una necesidad vital de comunicar el don que ha recibido gratuitamente (cfr. 1Cor 9.16). El tipo de vida comenzada por el convertido, su ejemplo y su acción y, sobre todo, la inspiración que vibra en sus palabras son, para los hombres y las mujeres de corazón puro, una especie de nuevo anuncio del Evangelio, una nueva visión del Evangelio y, quizás, un aspecto particularmente necesario para el momento histórico en que acontece.
El modo particular cómo la persona responde a la llamada del Señor define su "Carisma". Es una cualidad que inspira fidelidad y devoción. Gente, personalidad o visiones que se adpatan a sus personas atraen al pueblo. Educadores de profesión pueden haber sido inspirados por el carisma intelectual de Santo Tomás de Aquino y por la búsqueda de la verdad. Los que buscan la estabilidad y la oración litúrgica son atraidos por el carisma de la vida monástica de San Benito. Quienes buscan el servicio a los pobres siguen el carisma de San Vicente de Paul. Una Madre Teresa puede atraer a quienes buscan servir a los enfermos y abandonados. Cada uno de estos fundadores ha seguido el Evangelio en profundidad. Cada uno de ellos ha manifestado el propio compromiso de manera diversa y singular. Este fuego individual es lo que llamamos Carisma. Cuanto más claramente el pueblo identifica este Carisma, más precisa será su identidad en el seguimiento del Evangelio. En síntesis, la multiplicidad de carismas refleja la universalidad del Evangelio. Cada carisma propone una porción de dones del Reino a la humanidad. El Cuerpo de Cristo halla su expresión en la multiplicidad de grupos. Juntos constituyen el Reino y hacen presente en el mundo el Cuerpo de Cristo.
Los franciscanos contribuyen con su carisma particular al Cuerpo de Cristo. Es una gran responsabilidad la que tenemos para hacer visible nuestro carisma. Deberíamos determinar qué es lo que llevamos al Reino de Dios. Nadie puede decirnos qué es si no lo descubrimos por nosotros mismos. San Francisco de Asís nos lo indicó cuando dijo: "La regla y la vida de los Hermanos Menores es ésta: observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo" [1] . La Orden Franciscana Seglar sigue la misma exhortación, pues su Regla dice: "La Regla y la vida de los Franciscanos seglares es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo siguiendo el ejemplo de San Francisco de Asís" [2] .
San Francisco estuvo atento a mantener intacto su carisma. El carisma de San Francisco era simplemente vivir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Todos los llamados por la gracia a obrar así y son admitidos por la autoridad competente en una de las tres Órdenes de San Francisco, pertenecen a nuestra Familia Franciscana.
Los Franciscanos Seglares son llamados por la gracia a abrazar el carisma de San Francisco. Son admitidos y emiten la profesión según la Regla de San Francisco, aprobada por el Papa. De este modo, los Franciscanos Seglares comparten plenamente la vida de la Familia Franciscana.
San Francisco ciertamente se interesaba de todas las personas y de todas las criaturas. Su deseo era llevar el Espíritu de Cristo al mundo seglar. Cuando la genete fue atraida por esta vida, le pedían entrar en su Orden y entre los pasos que dio para realizar esta solicitud fue el de fundar su Tercera Orden, la Orden Franciscana Seglar. Sabía que hombres y mujeres que mejoran el mundo y continúan el trabajo de la creación santificarían el universo como parte de su servicio al Señor. Deseaba que los que viven en el mundo fuesen fuertes en la fe, en la esperanza y en el amor, de manera que fuesen instrumentos eficaces de Cristo y su obra.
Los Franciscanos Seglares comprenden este carisma y participan plenamente en la Familia Franciscana. Muchos lo han vivido plenamente y la Iglesia los reconoce como Santos y Beatos. Éstos provienen de todas las clases sociales: ricos y pobres, nobles y plebeyos, mártires y penitentes, abogados y hombres negocios, ancianos y jóvenes, médicos y artesanos. Han rozado la vida de muchos y han dejado una señal. Muchos fundadores y fundadoras de otras Órdenes comenzaron como Franciscanos y, luego, enriquecieron la Iglesia con sus grandes ideales.
Por lo tanto, además de ser partícipes del carisma de San Francisco, los Franciscanos Seglares son partícipes del espíritu de la Familia Franciscana. Esto comprende su espiritualidad, comunidad, ministerio apostólico y sencillez de vida. Aunque no sean religiosos, comparten la vida franciscana como seglares, viviendo en el mundo, aunque no son del mundo. Completan el carisma franciscano. Por lo tanto, son miembros auténticos de la Familia Franciscana.
Los Franciscanos de las tres Órdenes de San Francisco están comprometidos a promover la vida de familia entre los miembros de las diversas Órdenes. Esto se realiza, sobre todo, comprendiendo claramente que somos miembros de la única Familia Franciscana.
Con la aceptación de nuestra llamada a la vida franciscana, nuestro entusiasmo crece y nos acercamos al otro en mutua caridad, comprensión y servicio paciente. A veces, se ora y se celebra juntos, otras se comparte la mesa o el recreo. Crece la participación en iniciativas apostólicas comunes. Hoy hay ministerios que se desarrollan juntos, como por ejemplo: la colaboración entre la Primera Orden y los seglares voluntarios de la Tercera Orden, tanto en iniciativas locales que internacionales, para el Pueblo de Dios.
Por lo tanto, el primer artículo de la Regla es certero cuando afirma: "Entre las familias espirituales, suscitadas por el Espíritu Santo en la Iglesia, la familia Franciscana comprende a todos aquellos miembros del Pueblo de Dios, laicos, religiosos y sacerdotes, que se sienten llamados al seguimiento de Cristo, tras las huellas de San Francisco de Asís" [3] .
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