Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 7 - N. 12 - 2001 - Marzo - IV
Fuente: Koinonia, 2000, N. 4
Fray Ivan Matic' ofm
No es frecuente, queridos amigos, enviar una carta de uno a otro milenio. Contiene, sin embargo, palabras de aliento y de esperanza al inicio de un nuevo año del nuevo milenio.
Mirando hacia atrás, hay que decir que el año 2000, el año jubilar recientemente celebrado en la fe, ha sido verdaderamente un año lleno de gracias. Dios Padre nos ha manifestado a manos llenas su inmensa misericordia. «Él nos ha sacado del domino de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados» (Col 1,13-14).
Damos gracias a Dios Padre por todos los dones que nos ha concedido, especialmente por el principal de todos ellos, el don de su Hijo único, Jesucristo, nuestro Señor: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales... Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados» (Cf. Ef 1,1-14).
Con mirada y corazón nuevos queremos progresar, siguiendo las huellas de Jesús, nuestro Maestro. En este camino nos ayuda siempre el ejemplo de nuestro seráfico Padre san Francisco, que nos invita a amar y alabar al Señor: «Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y mente pura, porque esto es lo que sobre todo desea cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran, es preciso que lo adoren en espíritu de verdad» (2CtaF 19-20).
En el año recién transcurrido hemos vivido muchísimas cosas en unidad de espíritu con toda la Familia Franciscana. La Orden Franciscana Seglar tiene un motivo especial para dar gracias a Dios en el umbral del tercer milenio, pues la Iglesia aprobó las Constituciones de la OFS el día 8 de diciembre de 2000, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Un don extraordinario para el nuevo milenio de la OFS. Demos gracias a Dios por él.
fr. Zvonimir Brusac' TOR
El día 8 de diciembre de 2000, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica aprobó el texto corregido de las Constituciones Generales de la Orden Franciscana Seglar. El deseo manifestado en la carta por el Secretario de la Congregación es que "el nuevo texto de las Constituciones sea un medio eficaz para que los miembros de la Orden Franciscana Seglar comprendan cada vez mejor su particular llamada en la Iglesia, y continúen, de este modo a robustecer la propia vida cristiana, según el Evangelio a la manera de San Francisco de Asís" (la cursiva es nuestra).
Los franciscanos seglares comienzan el tercer milenio con las Constituciones renovadas en sus manos; son el fruto de la experiencia de vida según la Regla renobada de Pablo VI (1978) y el texto de las Constituciones aprobadas en 1990. "La unidad de la Iglesia, escribe Juan pablo II en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte (46), no es uniformidad sino integración orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de muchos miembros reunidos en un solo cuerpo, el único cuerpo de Cristo (cfr. 1Cor 12,12)". Una gran importancia para la comunión, continúa el Papa, reviste el deber de promover las diversas realidades agregativas que [... otorgan a la Iglesia una vivacidad que es don de Dios y constituye una auténtica 'primavera del Espíritu’".
Las Constituciones aprobadas en el Año Jubilar de 2000 no son sólo el punto de llegada de consolidación de la identidad de la OFS, sino también el punto de partida para una más vigorosa realización de la identidad en la vida concreta. Las Constituciones aprobadas en un tiempo tan breve (cuatro meses después de la entrega del texto a la Congregación), son una nueva invitación a la fidelidad y a la creatividad, a hacer presente el carisma de San Francisco en la vida y en la misión de la Iglesia (cfr. Regla OFS, 1). El deseo y la disponibilidad para responder a esta invitación se notaba con naturalidad en los corazones de los franciscanos seglares que participaron al Capítulo general de Madrid en el que se revisaron las Constituciones.
Nos parece importante, en el contexto de la Iglesia y del mundo de hoy, llamar la atención de los franciscanos seglares y de los asistentes a la eclesialidad, una de las características fundamentales del carisma de San Francisco y de la Familia Franciscana, e invitar a los Hermanos y Hermanas de la OFS a la "identificación" con las perspectivas importantes de la Iglesia universal y la sensibilidad por la vida de la propia iglesia particular.
La OFS, de hecho, "es una asociación pública en la Iglesia" (Const. 1,5); la fraternidad local es "signo visible de la Iglesia, que es una comunidad de amor" (Regla OFS, 22). Hoy, profundizando en la renovación postconciliar, precisamos que la fraternidad es signo de la "Iglesia: comunión y misión". Es significativo, a este respecto, que en la última pregunta, antes de profesar en la OFS, se insista en la dimensión eclesial de la pertenencia a la OFS: "... ¿queréis servir más fielmente a la Iglesia y entregaros a su edificación constante y su misión entre los hombres?" (Ritual de la OFS, n. 29). Todas las agregaciones laicales convenrgen en la comunión eclesial: "en ella hallan su origen, la principal razón de ser y la más auténtica finalidad" (Las agregaciones laicales en la Iglesia. Nota pastoral de la Comisión episcopal para el laicado, Conferencia Episcopal italiana, Roma 1993, Introducción).
El 'Carisma’ continúa siendo el concepto clave para comprender la vida de la Familia Franciscana y de la Orden Franciscana Seglar en la Iglesia. "Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 799).