LISTA C I O F S

Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal

Volumen: 7 - N. 8 - 2001 - Febrero - IV

Fuente: Koinonia, 2000, N. 3


Colaboradores en la construcción desde la justicia y la paz - Parte IV
4. Promotores de fraternidad con la naturaleza
a. Concreadores de la naturaleza
b. Del dominio al respeto
c. Perdón y colaboración
5. Conclusión

COLABORADORES EN LA CONSTRUCCIÓN DESDE LA JUSTICIA Y LA PAZ

fr. Valentín Redondo, OFMConv.

(Parte IV)

4. Promotores de fraternidad con la naturaleza

a. Concreadores de la naturaleza

Algunos textos bíblicos hablan del hombre como "imagen de Dios" y le hacen señor del universo y agente de la historia (cfr. Gen. 1-2; Sal. 8,4-9; Sab. 9,1-3). Pero la Historia de la Salvación nos habla de un agente distinto, Dios, siempre a favor del hombre, y que al mismo tiempo es el dueño absoluto de la naturaleza. Dios encarga al hombre del "cuidado" y "cultivo de la tierra", no su despojamiento; no su destrucción sino la posibilidad de continuar la creación. Hay un himo en la Liturgia de las Horas que canta bien esta prolongación de la obra Dios en el obrar del hombre:
"Tu poder multiplica
la eficacia del hombre,
y crece cada día, entre sus manos,
la obra de tus manos".

El hombre está llamado a vivir la "comunión" con la naturaleza, en la que se le demanda el respeto de los ritmos que regulan el orden de los seres, donde se armonizan la dependencia del Creador y la solidaridad con los demás hombres y con el universo. Estos requisitos ayudan al nacimiento de la fraternidad con la naturaleza, en la que al estilo de Francisco, con canto sublime sube a la altura de las alturas para alabar al "Altísimo, omnipotente, buen Señor", e ir, luego, descendiendo y encontrándose con todos los seres, hasta con la "hermana muerte natural", puerta de encuentro del hombre con el Dios que nos "transforma en Él".

Hugh Montefiore subraya la tarea creadora y redentora del hombre en la obra de Dios: "El hombre actúa, no sólo como co-creador con Dios en el ámbito de la naturaleza, sino también como co-redentor, en el sentido de que favorece y alienta los designios de Dios en el mundo natural". Y fundamenta en la doctrina de la Encarnación el papel positivo que el hombre está llamado a desempeñar en el mundo: "El Evangelio dice que el hombre no es un error de la naturaleza, sino su corona; que Dios no es el Dios del pasado, sino del futuro; y que la redención, en virtud de la encarnación de Dios en el hombre, apuesta por el mismo hombre y, en virtud del trabajo divinamente inspirado del hombre, apuesta por la naturaleza" [1 .

b. Del dominio al respeto

Paz, justicia y ecología son tres aspectos de un único desafío. El dominio humano sobre la naturaleza no está en relación directa con el progreso, como parece querer demostrar la actual civilización científico-técnica, sino que, más bien, supone un regreso, porque ese dominio, que empieza por la naturaleza, termina por imponerse sobre los grupos humanos más desfavorecidos, los pobres. Así, naturaleza y pueblos subdesarrollados pierden su condición de sujetos para convertirse en objetos al servicio de los intereses de los poderosos; pierden su condición de fines, para convertirse en medios fáciles de manipular. Esta actitud de dominio se manifiesta en el beneficio de los recursos en favor de unos pocos, lo que es a su vez un atentado contra los más desfavorecidos; al mismo tiempo que la explotación abusiva de los recursos naturales son una prueba de insolidaridad humana.

Juan Pablo II insiste en "el respeto al orden cósmico natural" y advierte sobre la "limitación de los recursos naturales": El carácter moral del desarrollo no puede prescindir tampoco del respeto por los seres que constituyen la naturaleza visible...El dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de "usar y abusar", o de disponer de las cosas como mejor parezca" [2 . Y en la Centesimus annus recuerda la capacidad transformadora del hombre, pero también el sentido de donación que reside en el mismo hombre: "El hombre, que descubre su capacidad de transformar y, en cierto sentido, de "crear" el mundo con el propio trabajo, olvida que éste se desarrolla siempre sobre la base de la primaria y originaria donación de las cosas por parte de Dios... Incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado" [3 . Al hablar de Francisco, cuando lo instituye patrono de los ecologistas, afirma de él que "ha venerado la naturaleza como don maravilloso dado por Dios al género humano" [4 .

c. Perdón y colaboración

En el Documento de Basilea (1989), las Iglesias cristianas de Europa confiesan su fe común, se hace público el reconocimiento de los pecados de los cristianos europeos, se expresan deseos de conversión en favor de "la justicia, la paz, la integridad de la creación". Se vuelve a recordar todo esto en el Documento de Seul (1990), donde no sólo se habla de una degradación del medio ambiente, no sólo físico y biológico, sino también social, económico, político y cultural, y donde la palabra "integridad" va siempre relacionada con la justicia y la paz.

El franciscano seglar, bebiendo en la espiritualidad de Francisco de Asís la relación fraterna con la naturaleza, debe ser colaborador a nivel personal y a nivel de fraternidad "en los esfuerzos para combatir la contaminación y conservar los valores de la naturaleza" [5 , poniendo también en este terreno las bases de la civilización del amor. Nos dan esperanza las siguientes palabras de Gerrad Winstanley, quien, hablando de la sepultura de Jesús, dice: "el cuerpo de Cristo está donde está el Padre: en la tierra purificándola; y su Espíritu ha entrado en el interior de la creación entera, que es la gloria celestial donde mora el Padre" [6 .

Es posible realizar la civilización del amor en nuestra relación armónica con la naturaleza, porque como dice Teilhard de Chardin: "el universo está físicamente impregando, hasta en su más íntimo núcleo, de la influencia de la naturaleza sobrehumana de Cristo" [7 .

5. Conclusión

Con el fin de que los franciscanos seglares sean colaboradores constructivos en el amplio y, al mismo tiempo, delicado campo de la justicia, de la paz y de la salvaguarda de la creación, y puedan realizar su misión adecuadamente en este ámbito, se debe hacer mucho hincapié en la formación, "usufructuando mejor de su patrimonio espiritual y cultural para un servicio más creativo y fecundo en el ambiente en que viven" [8 .

Además de la formación, la colaboración y el compromiso, teniendo presente la fuerte solicitud de la Regla y de las Constituciones, para que los franciscanos seglares se hagan presentes, en este campo, con el testimonio de vida y con iniciativas apostólicas y sociales propias. Cuando éstas no puedan promoverse, se unan a iniciativas ajenas afines al carisma franciscano. Y de manera particular, las fraternidades ayuden y animen con la oración, el consejo y el afecto fraterno a los miembros más comprometidos, sintiéndose implicada en sus miembros.

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  1. Ian Bradley, Dios es “verde”. Cristianismo y medio ambiente, Sal Terrae, Santander 1993, pp. 150-151.
  2. Sollicitudo rei socialis, n. 34.
  3. Centesimus annus, nn. 37 y 38.
  4. Inter sanctos praeclarosque viros (29-XI-1979).
  5. CG. Art. 18.4.
  6. Ian Bradley, o.c., p. 117.
  7. Ibidem, p. 125.
  8. Vocación y mission de los laicos franciscanos en la Iglesia y en el mundo, carta de los cuatro Ministros generales de la Familia Franciscana, n. 36.