Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 6 - N. 25 - 2000 - Junio - IV
Fuente: Boletin del CIOFS, 2000, N. 1
Rosalvo Mota
Hermanos y Hermanas, ¡ Paz y Bien!
En continuidad al tema del artículo anterior, “VAYA Y RESTAURA MI CASA”, vamos desenvolver y profundizar un poco la “restauración” de las tres iglesias: El hombre, Templo del Espíritu Santo; La familia, iglesia doméstica y La Iglesia, Comunidad Eclesial.
Empecemos, con la primera, El hombre, templo del Espíritu Santo.
Cada creatura humana es templo de Dios, por cuanto miembro del Cuerpo de Cristo – “¿No saben que sus cuerpos son parte de Cristo?” (I Cor. 6,15) y su cuerpo es templo do Espíritu Santo – “¿No saben que su cuerpo es Santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios y que no os pertenecéis?” (I Cor. 6, 19).
San Francisco amonesta: “Considera, ó hombre, a que excelencia te elevó el Señor, creándote según el cuerpo a la imagen de su dilecto Hijo y según el espíritu, a su propia semejanza”. (Am. 5, 1).
El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue colocado por Dios en una creación bonita y buena, para cultívala y guardala, como su administrador; como una sola condición: no comer del “fruto de la árbol de la ciencia del bien o del malo”. Entretanto, el hombre no se contuve, y soberbio, colocase en el puesto de Dios, determinando lo que es bueno o malo, sin tener que depender de Dios. Con esa autonomía, el hombre nega su estado de creatura y subvierte o destruye la órden establecida por Dios. En esto, consiste el pecado, la decadencia y depreciación del hombre: autosuficiencia, orgullo, egoísmo, vanidad y sus consecuencias morales y sociales.
Con efecto, en estas condiciones, es preciso RESTAURAR EL HOMBRE. Restaurar, para no caer en la tentación de recrear el hombre. Tenemos que reparar el “viejo hombre”, sin deshacer la base sobre la cual fue creado y tórnalo, otra vez, plenamente aquello que es de derecho: “imagen de Dios”.
La restauración empieza con la conversión personal, por la cual, cada hombre debe configurar “su manera de pensar y actuar al de Cristo, mediante una radical transformación interior que el propio Evangelio designa por el nombre de “conversión”, la cual, debido la fragilidad humana, debe ser realizada todos los días”. (R.7).
Seguindo a Cristo, El que saca el pecado del mundo, Hombre perfecto, nos tornamos cada vez más hombre. Este es el primero paso para la auto-conversión: tener como ideal y voluntad firme observar el Santo Evangelio, en todas las circunstancias, de conformarse perfectamente, con celo, empeño, esfuerzo y fervor, a la doctrina de Nuestro Señor Jesús Cristo, y de imitar los ejemplos suyos, pidiendo a Cristo, la gracia de vencerse a si propio.
Entonces, estaremos prontos para sentir la “Perfecta Alegría”.
En segundo lugar, reconciliarse con los hombres y todas las criaturas, “animadas y inanimadas, que del Altísimo traen un señal”. Por tanto, reconocéndose Hijo de Dios acoger los otros como hermanos, ser fraterno. Aceptar los otros como son, com sus cualidades y defectos, así como nosotros tenemos los nuestros. No hacer acepción de personas, todos son hijos de Dios, templos del Espíritu Santo. Es ver Cristo en los hermanos, cosa que no es fácil. Ver Jesús Cristo en los “leprosos” de hoy: los importunos, antipáticos, ebrios, suyos y fétidos, los portadores de SIDA, pobres, flacos, prostitutas, homosexuales, los hermanos de otras razas y etnias, la mujer ajena, etc. No nos olvidemos de que, “toda vez que dejasteis de hacer al menor de estes, a mi dejasteis de hacer”. (Mt. 25, 4b).
¿Y, en nosotros propios, como Lo vemos y Lo mostramos a los otros? No Lo vemos (directamente), mas sentimos Su presencia, a través de la “experiencia” de Dios que cada uno ya debe tener sentido. Y Lo mostramos a otros, en la medida que hacemos la voluntad del Padre. Entonces, Él y el Padre, volverán y harán en nosotros su morada. O sea, en la medida en que practicamos y vivimos lo Cristo, vámonos “cristificando”, tornándonos lo propio Cristo. Como dice San Pablo: “No soy yo que vivo, mas es Cristo que vive en mi”. O, como San Francisco, que vivió tanto la imitación de Cristo, hasta poseer sus llagas.
En tercero lugar, como franciscanos seglares inseridos en el mundo, “como ovejas en medio a lobos, ser pues prudentes como serpientes y simple como palomas”. En esta manera, cumpliremos la nuestra misión y carisma de apóstoles, a la manera de San Francisco: “abstenéndose de riñas y disputas, someténdose a todos por causa del Señor y confesando ser cristianos. Anunciar la palabra de Dios cuando lo juzgaren agradable al Señor”.
Con efecto, dentro de las posibilidades y límites de cada uno, procurar construyer un mundo (el mundo cerca de cada uno, donde vivimos) más fraterno y evangélico. Cuando necesario, tomar iniciativas corajosas, tanto individuales como comunitarias (junto con la Fraternidad, en la categoría profesional o pastoral), en la promoción de la justicia, de paz, de los derechos humanos y de la ecología.
Mis hermanas, mis hermanos, actuando de esa forma, estaremos Restaurando el Hombre, Templo del Espíritu Santo, y estará empezando una nueva sociedad más justa, fraterna y evangélica, señal del Reino de Dios en este mundo. Vamos restaurar el hombre para alabanza de Dios e para la santificación personal.