LISTA C I O F S

Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal

Volumen: 6 - N. 16 - 2000 - Abril - III

Fuente: http://Vatican.va


CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS SACERDOTES CON OCASIÓN DEL JUEVES SANTO DE 2000

Queridos hermanos en el sacerdocio:

1. Jesús, "- habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo -" (Jn 13, 1). Releo con gran conmoción, aquí, en Jerusalén, en este lugar en el que, según la tradición, estuvieron Jesús y los Doce con motivo de la Cena pascual y la Institución de la Eucaristía, las palabras con las que el evangelista Juan introduce la narración de la Última Cena. (...)

Una carta desde el Cenáculo

2. Precisamente desde este lugar quiero dirigiros la carta, con la que desde hace más de veinte años me uno a vosotros el Jueves Santo, día de la Eucaristía y "- nuestro -" día por excelencia.

Sí, os escribo desde el Cenáculo, recordando lo que ocurrió aquella noche cargada de misterio. A los ojos del espíritu se me presenta Jesús, se me presentan los apóstoles sentados a la mesa con Él. Contemplo en especial a Pedro: me parece verlo mientras observa admirado, junto con los otros discípulos, los gestos del Señor, escucha conmovido sus palabras, se abre, aun con el peso de su fragilidad, al misterio que ahí se anuncia y que poco después se cumplirá. Son los instantes en los que se fragua la gran batalla entre el amor que se da sin reservas y el mysterium iniquitatis que se cierra en su hostilidad. La traición de Judas aparece casi como emblema del pecado de la humanidad. "- Era de noche -", señala el evangelista Juan (13, 30): la hora de las tinieblas, hora de separación y de infinita tristeza. Pero en las palabras dramáticas de Cristo, destellan ya las luces de la aurora: "- pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar -" (Jn 16, 22). (...)

Nacidos del amor

4. "- Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo -". Como es sabido, a diferencia de los otros Evangelios, el de Juan no se detiene a narrar la institución de la Eucaristía, ya evocada por Jesús en el discurso de Carfarnaúm (cf. Jn 6, 26-65), sino que se concentra en el gesto del lavatorio de los pies. Esta iniciativa de Jesús, que desconcierta a Pedro, antes que ser un ejemplo de humildad propuesto para nuestra imitación, es revelación de la radicalidad de la condescendencia de Dios hacia nosotros. En efecto, en Cristo es Dios que "- se ha despojado a sí mismo -", y ha asumido la "- forma de siervo -" hasta la humillación extrema de la Cruz (cf. Flp 2, 7), para abrir a la humanidad el acceso a la intimidad de la vida divina. Los extensos discursos que, en el Evangelio de Juan, siguen al gesto del lavatorio de los pies, y son como su comentario, introducen en el misterio de la comunión trinitaria, a la que el Padre nos llama insertándonos en Cristo con el don del Espíritu.

Esta comunión es vivida según la lógica del mandamiento nuevo: "- que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros -" (Jn 13, 34). No por casualidad la oración sacerdotal corona esta "- mistagogia -" mostrando a Cristo en su unidad con el Padre, dispuesto a volver a él a través del sacrificio de sí mismo y únicamente deseoso de que sus discípulos participen de su unidad con el Padre: "- como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros -" (Jn 17, 21). (...)

Un tesoro en vasijas de barro

6. Es verdad. En la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. Tantas veces la fragilidad humana de los ministros ha ofuscado en ellos el rostro de Cristo. Y, ¿cómo sorprenderse, precisamente aquí, en el Cenáculo? Aquí, no sólo se consumó la traición de Judas, sino que el mismo Pedro tuvo que vérselas con su debilidad, recibiendo la amarga profecía de la negación. Al eligir a hombres como los Doce, Cristo no se hacía ilusiones: en esta debilidad humana fue donde puso el sello sacramental de su presencia. La razón nos la señala Pablo: "- llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros -" (2 Co 4, 7).

Por eso, a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Cristo, que actúa a través de su ministerio. ¿Cómo no recordar, a este respecto, el testimonio admirable del pobre de Asís? Él que, por humildad, no quiso ser sacerdote, dejó en su testamento la expresión de su fe en el misterio de Cristo presente en los sacerdotes, declarándose dispuesto a recurrir a ellos sin tener en cuenta su pecado, incluso aunque lo hubiesen perseguido. "- Y hago esto —explicaba— porque del Altísimo Hijo de Dios no veo otra cosa corporalmente, en este mundo, que su Santísimo Cuerpo y su Santísima Sangre, que sólo ellos consagran y sólo ellos administran a los otros -" (Fuentes Franciscanas, n. 113). (...)

Haced esto en memoria mía

10. El misterio eucarístico, en el que se anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su venida, es el corazón de la vida eclesial. (...)

"- Haced esto en memoria mía -" (Lc 22, 19): Las palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los que continuarán el ministerio de los primeros apóstoles. A ellos Jesús entrega la acción, que acaba de realizar, de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, la acción con la que Él se manifiesta como Sacerdote y Víctima. Cristo quiere que, desde ese momento en adelante, su acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo "- haced esto -" no sólo señala el acto, sino también el sujeto llamado a actuar, es decir, instituye el sacerdocio ministerial, que pasa a ser, de este modo, uno de los elementos constitutivos de la Iglesia misma.

11. Esta acción tendrá que ser realizada "- en su memoria -". La indicación es importante. La acción eucarística celebrada por los sacerdotes hará presente en toda generación cristiana, en cada rincón de la tierra, la obra realizada por Cristo. En todo lugar en el que sea celebrada la Eucaristía, allí, de modo incruento, se hará presente el sacrificio cruento del Calvario, allí estará presente Cristo mismo, Redentor del mundo.

"- Haced esto en memoria mía -". Volviendo a escuchar estas palabras, aquí, entre las paredes del Cenáculo, viene espontáneo imaginarse los sentimientos de Cristo. Eran las horas dramáticas que precedían a la Pasión. El evangelista Juan evoca los momentos de aflicción del Maestro que prepara a los apóstoles para su propia partida. Cuánta tristeza en sus ojos: "- por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza -" (Jn 16, 6). Pero Jesús los tranquiliza: "- no os dejaré huérfanos, volveré a vosotros -" (Jn 14, 18). Si bien el misterio de la Pascua los apartará de su mirada, Él estará, más que nunca, presente en su vida, y lo estará "- todos los días, hasta el fin del mundo -" (Mt 28, 20). (...)

13. A los dos mil años del nacimiento de Cristo, en este Año Jubilar, tenemos que recordar y meditar, de modo especial, la verdad de lo que podemos llamar su "- nacimiento eucarístico -". El Cenáculo es precisamente el lugar de este "- nacimiento -". Aquí comenzó para el mundo una nueva presencia de Cristo, una presencia que se da ininterrumpidamente donde se celebra la Eucaristía y un sacerdote presta a Cristo su voz, repitiendo las palabras santas de la institución.

Esta presencia eucarística ha recorrido los dos milenios de la historia de la Iglesia y la acompañará hasta el fin de la historia. Para nosotros es una alegría y, al mismo tiempo, fuente de responsabilidad, el estar tan estrechamente vinculados a este misterio. Queremos hoy tomar conciencia de él, con el corazón lleno de admiración y gratitud, y con esos sentimientos entrar en el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. (...)

16. Quiero concluir esta reflexión, que con afecto entrego a vuestro corazón, con las palabras de una antigua oración:

"- Te damos gracias, Padre nuestro,
por la vida y el conocimiento
que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo.
A ti la gloria por los siglos.

Así como este trozo de pan
estaba disperso por los montes
y reunido se ha hecho uno,
así también reúne a tu Iglesia
desde los confines de la tierra en tu reino [...

Tú, Señor omnipotente,
has creado el universo a causa de tu Nombre,
has dado a los hombres alimento y bebida
para su disfrute,
a fin de que te den gracias
y, además, a nosotros
nos has concedido la gracia
de un alimento y bebida espirituales
y de vida eterna por medio de tu siervo [...
A ti la gloria por los siglos -"

(Didaché 9, 3-4; 10, 3-4).

Jerusalén, 23 de marzo de 2000.