Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 5 - N. 14 - 1999 - Abril - I
Fuente: http://Vatican.va
"- ¡ Abbá, Padre! -"
Queridos hermanos en el sacerdocio:
Mi cita del Jueves Santo con vosotros, en este año que
precede y prepara inmediatamente al Gran Jubileo del 2000,
está marcada por esta invocación en la que resuena,
según los exegetas, la ipsissima vox Iesu . Es una
invocación en la que se encierra el inescrutable misterio
del Verbo encarnado, enviado por el Padre al mundo para la
salvación de la humanidad.
La misión del Hijo de Dios llega a su plenitud cuando
Él, ofreciéndose a sí mismo, realiza nuestra
adopción filial y, con el don del Espíritu Santo,
hace posible a cada ser humano la participación en la misma
comunión trinitaria. En el misterio pascual, Dios Padre, por
medio del Hijo en el Espíritu Paráclito, se ha
inclinado sobre cada hombre ofreciéndole la posibilidad de
la redención del pecado y la liberación de la
muerte.
1. En la celebración eucarística concluimos la
oración colecta con las palabras: "- Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la
unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los
siglos -". Vive y reina contigo, ¡Padre! Puede decirse que
este final tiene un carácter ascendente: por medio de
Cristo, en el Espíritu Santo, al Padre. Éste es
también el esquema teológico presente en la
disposición del trienio 1997-1999: primero el año del
Hijo, después el año del Espíritu Santo y
ahora el año del Padre.
Este movimiento ascendente se apoya, por así decir,
en el descendente, descrito por el apóstol Pablo en
la Carta a los Gálatas. Es un fragmento que hemos meditado
intensamente en el liturgia del período de Navidad: "-
Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo,
nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que
estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por
adopción -" ( Ga 4, 4-5).
Vemos expresado aquí el movimiento descendente: Dios Padre
envía a su Hijo para hacernos, en Él, hijos suyos
adoptivos. En el misterio pascual Jesús realiza el designio
del Padre dando la vida por nosotros. El Padre envía
entonces al Espíritu del Hijo para iluminarnos sobre este
privilegio extraordinario: "- Como sois hijos, Dios envió a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: "-
¡Abbá, Padre! -". Así que ya no eres esclavo,
sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por
voluntad de Dios -" ( Ga 4, 6-7).
¿Cómo no destacar la originalidad de lo que escribe
el Apóstol? Él afirma que es precisamente el
Espíritu el que clama: ¡Abbá , Padre!
En realidad, el testigo histórico de la paternidad de Dios
ha sido el Hijo en el misterio de la encarnación y de la
redención. Él nos ha enseñado a dirigirnos a
Dios llamándolo "- Padre -". Él mismo lo invocaba "-
Padre mío -", y nos enseñó a invocarle con el
dulcísimo nombre de "- Padre nuestro -". Sin embargo, san
Pablo nos dice que la enseñanza del Hijo debe, en cierto
modo, hacerse viva en el alma de quien lo escucha por la
guía interior del Espíritu Santo. En efecto,
sólo por su obra somos capaces de adorar a Dios en verdad
invocándolo "- Abbá, Padre -".
2. (...) Cristo, "- el Alfa y la Omega [... Aquél que es,
que era y que va a venir -" ( Ap 1, 8), ha orientado y
dado sentido al paso del hombre en el tiempo. Él dijo de
sí mismo: "- Salí del Padre y he venido al mundo.
Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre -" ( Jn 16,
28). De este modo, nuestro pasar está iluminado por
el hecho de Cristo. Con él pasamos, caminando en la
misma dirección tomada por Él: hacia el Padre.
Esto resulta aún más evidente en el Triduum
Sacrum, los días santos por excelencia durante los
cuales participamos, en el misterio, del retorno de Cristo al Padre
a través de su pasión, muerte y resurrección.
En efecto, la fe nos asegura que este paso de Cristo al Padre, es
decir, su Pascua, no es un acontecimiento que le afecta sólo
a Él. Nosotros estamos llamados también a tomar parte
en ello. Su Pascua es nuestra Pascua.
Así pues, junto con Cristo, caminamos hacia el Padre. Lo
hacemos a través del misterio pascual, reviviendo aquellas
horas cruciales durante las cuales, muriendo en la cruz,
exclamó: "- ¡Dios mío, Dios mío!
¿por qué me has abandonado? -" ( Mc 15, 34),
y añadió: "- Todo está cumplido -" (
Jn 19, 30), "- Padre, en tus manos pongo mi
espíritu -" ( Lc 23, 46). Estas expresiones
evangélicas son familiares a todo cristiano y,
particularmente, a cada sacerdote. Son un testimonio para nuestro
vivir y nuestro morir. Al final de cada día, repetimos en la
Liturgia de la Horas: "- In manus tuas, Domine, commendo
spiritum meum -", para prepararnos al gran misterio del
tránsito, de la pascua existencial, cuando Cristo, gracias a
su muerte y resurrección, nos tomará consigo para
ponernos en manos del Padre celestial.
3. "- Yo te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se
las has revelado a gente sencilla. Sí Padre, así te
ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce
al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el
Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar -" (
Mt 11, 25-27). Sí, sólo el Hijo conoce al
Padre. Él, que "- está en el seno del Padre -"
–como escribe san Juan en su Evangelio (1, 18)–, nos ha
acercado este Padre, nos ha hablado de Él, nos ha revelado
su rostro, su corazón. Durante la Última Cena, a la
pregunta del apóstol Felipe: "- Muéstranos al Padre
-" ( Jn 14, 8), responde Cristo: "- Hace tanto tiempo que
estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? [...
¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?
-" ( Jn 14, 9-10). Con estas palabras Jesús da
testimonio del misterio trinitario de su generación eterna
como Hijo del Padre, misterio que encierra el secreto más
profundo de su personalidad divina.
El Evangelio es una continua revelación del Padre. Cuando, a
la edad de doce años, Jesús es encontrado por
José y María entre los doctores en el Templo, a las
palabras de su Madre: "- Hijo, ¿por qué nos has
tratado así? -" (Lc 2, 48), responde
refiriéndose al Padre: "- ¿No sabíais que yo
debía estar en la casa de mi Padre? -" ( Lc 2, 49).
Apenas con doce años, tiene ya la conciencia clara del
significado de su propia vida, del sentido de su misión,
dedicada enteramente desde el primer hasta el último momento
"- a la casa del Padre -". Esta misión alcanza su culmen en
el Calvario con el sacrificio de la Cruz, aceptado por Cristo en
espíritu de obediencia y de entrega filial: "- Padre
mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese
cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que
tú quieres [... Hágase tu voluntad -" ( Mt
26, 39.42). Y el Padre, a su vez, acoge el sacrificio del Hijo, ya
que tanto ha amado al mundo que le ha dado a su Unigénito,
para que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna (cf.
Jn 3, 16). En efecto, sólo el Hijo no muere (cf.
Jn 3, 16). Ciertamente, sólo el Hijo conoce al
Padre y por tanto sólo Él nos lo puede revelar.
4. "- Per ipsum, et cum ipso, et in ipso... -". "- Por
Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos -". (...)
La doxología final del Canon tiene una importancia
fundamental en la celebración eucarística. Expresa en
cierto modo el culmen del Mysterium fidei , del
núcleo central del sacrificio eucarístico, que se
realiza en el momento en que, con la fuerza del Espíritu
Santo, llevamos a cabo la conversión del pan y del vino en
el Cuerpo y Sangre de Cristo, como hizo Él mismo por primera
vez en el Cenáculo. Cuando la gran plegaria
eucarística llega a su culmen, la Iglesia, precisamente
entonces, en la persona del ministro ordenado, dirige al Padre
estas palabras: "- Por Cristo, con él y en él, a ti,
Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria -". Sacrificium laudis!
5. Después que la asamblea con solemne aclamación
ha respondido "- Amén -", el celebrante entona el "- Padre
nuestro -", la oración del Señor. La sucesión
de estos momentos es muy significativa. El Evangelio cuenta de los
Apóstoles que, impresionados por el recogimiento del Maestro
en su coloquio con el Padre, le pidieron: "- Señor,
enséñanos a orar -" ( Lc 11, 1). Entonces,
Él pronunció por primera vez las palabras que
serían después la oración principal y
más frecuente de la Iglesia y de todos los cristianos: el "-
Padrenuestro -". Cuando en la celebración eucarística
hacemos nuestras, como asamblea litúrgica, estas palabras,
cobran una elocuencia particular. Es como si en aquel instante
confesásemos que Cristo nos ha enseñado definitiva y
plenamente su oración al Padre cuando la ha ilustrado con el
sacrificio de la Cruz.
Es en el contexto del sacrificio eucarístico donde el "-
Padrenuestro -", recitado por la Iglesia, expresa todo su
significado. Cada una de sus invocaciones cobra una especial luz de
verdad. En la cruz el nombre del Padre es "- santificado -" al
máximo y su Reino es realizado irrevocablemente; en el "-
consummatum est -" su voluntad llega a su cumplimiento
definitivo. ¿No es verdad que la petición "- perdona
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos... -", es
confirmada plenamente en la palabras del Crucificado: "- Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen -" (Lc 23,
34)? Además, la petición del pan de cada día
se hace aún más elocuente en la Comunión
eucarística cuando, bajo la especie del "- pan partido -",
recibimos el Cuerpo de Cristo. Y la súplica "- no nos dejes
caer en la tentación, y líbranos del mal -",
¿no alcanza su máxima eficacia en el momento en que
la Iglesia ofrece al Padre el precio supremo de la redención
y liberación del mal?
6. (...) La liturgia eucarística es por excelencia escuela de oración cristiana para la comunidad. De la Misa se derivan múltiples formas de una sana pedagogía del espíritu. Entre ellas sobresale la adoración del Santísimo Sacramento, que es una prolongación natural de la celebración. Gracias a ella, los fieles pueden hacer una peculiar experiencia de "- permanecer -" en el amor de Cristo (cf. Jn 15, 9), entrando cada vez más profundamente en su relación filial con el Padre. (...)
7. En el día del Jueves Santo (...) deseamos, en cierto modo, que Cristo nos abrace nuevamente con su santo sacerdocio, con su sacrificio, con su agonía en Getsemaní y muerte en el Gólgota, y con su resurrección gloriosa. Siguiendo, por así decir, las huellas de Cristo en todos estos acontecimientos de salvación, descubrimos su total apertura al Padre. Y es por esto que en cada Eucaristía se renueva de alguna manera la petición del apóstol Felipe en el cenáculo: "- Señor, muéstranos al Padre -", y cada vez Cristo, en el Mysterium fidei, parece responder así: "- Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? [... ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? -" ( Jn 14, 9-10).