Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 5 - N. 3 - 1999 - Enero - III
Fuente: Secreteria del CIOFS
(Parte I)
Hermanos y Hermanas :
1. En su carta Tertio millennio adveniente, Juan Pablo II invitaba a los cristianos a consagrar el año 1999 -- tercer año preparatorio del jubileo del dos mil -- a "-ampliar los horizontes del creyente según la visión misma de Cristo: la visión del "Padre celestial", por quien fue enviado y a quien retornará-"(1). Este itinerario preparatorio empezó con la reflexión sobre el misterio de Jesucristo, Mesías-Cristo e Hijo de Dios. La simple y misma palabra Hijo nos orienta a fijar la mirada en el origen y fuente, el Padre : por ser hijo, Jesús nos lleva al Padre y nos "-manifiesta su nombre-"(2). Para que esta revelación no quedara en un proceso abstracto, puramente teórico, se nos invitó a dedicar el segundo año a dejarnos captar y guiar por el Soplo Santo, el Espíritu del Señor, que nos hace conocer y experimentar al Padre y al Hijo. En este año, el tercero, nos hallamos en la etapa final del camino: el Hijo y el Espíritu nos han conducido al "-Padre santo y justo-" ( Jn 17,11-25), en cuyo seno está el Hijo ( Jn 1,18) y de quien procede el Espíritu ( Jn 15,26).
2. Como hicimos en los dos años anteriores, queremos meditar con vosotros, hermanos y hermanas, laicos y religiosos miembros de la Familia Franciscana, el misterio del Padre a la luz de la experiencia y del testimonio de Francisco. Centraremos la mirada y la inteligencia del corazón en las inagotables riquezas contenidas en el nombre del Padre, que Jesús se dignó manifestarnos y a quien se dignó rogar por nosotros(3). Y procuraremos sacar las consecuencias prácticas que este descubrimiento conlleva para nuestras actitudes y nuestro comportamiento en la vida de cada día.
Francisco descubre la paternidad de Dios
3. Todos conocemos la espectacular escena del despojamiento de Francisco ante su padre, en presencia del obispo(4), que marcó un giro decisivo en su vida. Completamente desnudo, como si acabara de nacer, Francisco dice a su padre: "-Desde ahora diré con libertad: "Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone"-". Rompiendo con su origen carnal, renegando en cierto modo de su primer nacimiento, Francisco se vuelve a nuestro "-único Padre: el del cielo-" ( Mt 23,9)(5), "-de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra-" ( Ef 3,15). ¿Con esta frase, afirma simplemente una vaga paternidad de un ser supremo, "Padre del mundo", del que depende todo cuanto existe, o entrevé algo de la profundidad del "-Padre de nuestro Señor Jesucristo-" (Ef 1,3)? El camino espiritual reflejado en sus escritos, nos da a entender que con esta frase Francisco manifestaba una intuición que iría adquiriendo profundidad en el futuro.
Francisco entra en la experiencia del Hijo único
4. Para descubrir qué realidad se esconde en la palabra "Dios Padre", el cristiano no dispone de otro medio que la escucha del "-Hijo único, que está en el seno del Padre-" ( Jn 1,18). Eso justamente es lo que hizo Francisco. Cristo y no él es quien habla en los salmos que el Poverello reunió y compuso para celebrar las etapas de la salvación realizada por Cristo: nacimiento, pasión, muerte, resurrección, ascensión, retorno a la gloria y juicio. En el Oficio de la Pasión el Hijo está en la presencia de aquel a quien con ternura llama "-Padre mío-", dialoga con él, le expone sus penas y sus alegrías, se confía y se entrega a él en un clima lleno tanto de cercanía y familiaridad como de respeto y reverencia filial. La experiencia primordial de la paternidad y de la filiación -dos términos inseparables- sólo la vive el Hijo único. Escuchando este diálogo, doloroso unas veces, confiado e incluso gozoso otras, penetrando en él por la fe, Francisco aprende de Jesús quién es el Padre y qué significa ser Hijo.
5. Lo mismo vemos las tres veces que Francisco cita en sus escritos(6) amplios fragmentos de la oración sacerdotal ( Jn 17) o cuando describe, en un relato breve y denso, el papel del Padre en el envío del Hijo y en la agonía de éste en Getsemaní.(7) En las cuatro ocasiones el Padre aparece como autoridad: es el primero y tiene toda la iniciativa, pero es también, y ante todo, don y amor que se sacrifica al mismo tiempo que su Hijo.
6. El itinerario que Francisco recorre penetrando en la experiencia de Jesús, Hijo del Padre, le lleva hasta las profundidades del misterio divino tal como lo reveló el Hijo y tal como lo cree la Iglesia. El Dios único no es un Dios solitario, encerrado en sí mismo, sino comunión y relación en su mismo ser. Sale de sí, se entrega, engendra, es Padre que se da un Hijo, "-un Hijo de amor-", como dice la Escritura ( Col 1,13). Y este amor, movimiento de pasión que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, es también un ser personal, Soplo de vida, Espíritu Santo. Sin emplear términos teológicos y aunque no tenga un sistema teológico elaborado, Francisco, verdadero creyente cristiano, uno de los pequeños a quienes el Padre revela los secretos más arcanos (Mt 11,25), coloca el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu en el centro de su visión espiritual.
7. Esta visión es trinitaria y en su centro está siempre el Padre. El Padre tiene la iniciativa en todo: la creación, la encarnación, la redención, el retorno del Hijo a la gloria. Todo empieza en él y todo vuelve a él(8). El Hijo y el Espíritu participan en la obra del Padre, pero son también cantores de su gloria. Francisco les suplica que den gracias al Padre, pues nosotros, indignos de nombrarlo, no podemos dárselas como él merece(9). Sin embargo esta "primacía" del Padre no significa en absoluto inferioridad o subordinación del Hijo y del Espíritu: entre éstos y el Padre hay un don mutuo, una interdependencia de amor, un despojamiento, una especie de misteriosa pobreza divina en la que "-nadie se apropia de nada-".
8. Esto explica por qué prácticamente todas las oraciones de Francisco, como las de la liturgia de la Iglesia, van dirigidas al Padre; por qué el Padre recibe tantos títulos sublimes: omnipotente, santísimo, altísimo, señor, santo y justo, rey del cielo y de la tierra(10); por qué Francisco da tanta importancia(11) a la oración del Señor, el Padrenuestro, que menciona doce veces en los escritos y de la que hace un admirable comentario(12).
9. Si, en la perspectiva de Francisco, todo comienza en el Padre y en su iniciativa, también el itinerario del cristiano desemboca en el Padre. En efecto, la meta a la que nos conduce el itinerario cristiano siguiendo las huellas del Hijo amado, Jesucristo, una vez purificados, iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, no es otra que el compartir la vida del altísimo Padre, que reina y está revestido de gloria en perfecta Trinidad y en simple Unidad(13). Ésta es, a grandes rasgos, la visión del Padre que Francisco extrajo de los evangelios, sobre todo del de Juan; la que hizo suya mediante la experiencia espiritual, fruto de aquel que es "-Espíritu y Vida-" ( Jn 6, 63)(14); y la que él nos transmite como una preciosa herencia.
(a continuar)
Notas:
1) TMA 49 a
2) Rnb 22, 41
3) cf. Rnb 22, 41
4) 2 Cel 12, 5
5) cf. Rnb 22, 34
6) 1 CtaF 1, 14-19; 2 CtaF 56-60; Rnb
22, 41-55
7) 2 CtaF 4-14
8) Rnb 23, 1-6; 2 CtaF 4-14
9) Rnb 23, 5
10) Rnb 23, 1
11) Rnb 22, 28; 2CtaF 21
12) ParPN
13) CtaO 50-52
14) cf. Rnb 22, 39; 1 CtaF 2, 21; 2 CtaF
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