Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 5 - N. 2 - 1999 - Enero - II
Fuente: http://Vatican.va
7. A lo largo de la historia la institución del Jubileo se ha enriquecido con signos que testimonian la fe y favorecen la devoción del pueblo cristiano. Entre ellos hay que recordar, sobre todo, la peregrinación, que recuerda la condición del hombre a quien gusta describir la propia existencia como un camino. Del nacimiento a la muerte, la condición de cada uno es la de homo viator. Por su parte, la Sagrada Escritura manifiesta en numerosas ocasiones el valor del ponerse en camino hacia los lugares sagrados. Era tradición que el israelita fuera en peregrinación a la ciudad donde se conservaba el arca de la alianza, o también que visitase el santuario de Betel (cf. Jdt 20, 18) o el de Silo, donde fue escuchada la oración de Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1, 3). Sometiéndose voluntariamente a la Ley, también Jesús, con María y José, fue peregrinando a la ciudad santa de Jerusalén (cf. Lc 2, 41). La historia de la Iglesia es el diario viviente de una peregrinación que nunca acaba. En camino hacia la ciudad de los santos Pedro y Pablo, hacia Tierra Santa o hacia los antiguos y los nuevos santuarios dedicados a la Virgen María y a los Santos, numerosos fieles alimentan así su piedad. (...)
8. La peregrinación va acompañada del signo de la
puerta santa, abierta por primera vez en la
Basílica del Santísimo Salvador de Letrán
durante el Jubileo de 1423. Ella evoca el paso que cada cristiano
está llamado a dar del pecado a la gracia. Jesús
dijo: "- Yo soy la puerta -" ( Jn 10, 7), para indicar que
nadie puede tener acceso al Padre si no a través suyo. Esta
afirmación que Jesús hizo de sí mismo
significa que sólo Él es el Salvador enviado por el
Padre. Hay un solo acceso que abre de par en par la entrada en la
vida de comunión con Dios: este acceso es Jesús,
única y absoluta vía de salvación. Sólo
a Él se pueden aplicar plenamente las palabras del Salmista:
"- Aquí está la puerta del Señor, por ella
entran los justos -" ( Sal 118 [117,20).
La indicación de la puerta recuerda la responsabilidad de
cada creyente de cruzar su umbral. Pasar por aquella puerta
significa confesar que Cristo Jesús es el Señor,
fortaleciendo la fe en Él para vivir la vida nueva que nos
ha dado. Es una decisión que presupone la libertad de elegir
y, al mismo tiempo, el valor de dejar algo, sabiendo que se alcanza
la vida divina (cf. Mt 13, 44-46). (...)
9. Otro signo característico, muy conocido entre los
fieles, es la indulgencia, que es uno de los elementos
constitutivos del Jubileo. En ella se manifiesta la plenitud de la
misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos con su amor,
manifestado en primer lugar con el perdón de las culpas.
Ordinariamente Dios Padre concede su perdón mediante el
sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.
(...)
El sacramento de la Penitencia ofrece al pecador la "- posibilidad
de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación
-", obtenida por el sacrificio de Cristo. Así, es
introducido nuevamente en la vida de Dios y en la plena
participación en la vida de la Iglesia. Al confesar sus
propios pecados, el creyente recibe verdaderamente el perdón
y puede acercarse de nuevo a la Eucaristía, como signo de la
comunión recuperada con el Padre y con su Iglesia. Sin
embargo, desde la antigüedad la Iglesia ha estado siempre
profundamente convencida de que el perdón, concedido de
forma gratuita por Dios, implica como consecuencia un cambio real
de vida, una progresiva eliminación del mal interior, una
renovación de la propia existencia. El acto sacramental
debía estar unido a un acto existencial, con una
purificación real de la culpa, que precisamente se llama
penitencia. El perdón no significa que este proceso
existencial sea superfluo, sino que, más bien, cobra un
sentido, es aceptado y acogido. (...)
10. Por otra parte, la Revelación enseña que el
cristiano no está solo en su camino de conversión. En
Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está
unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los
demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo
místico. De este modo, se establece entre los fieles un
maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la
santidad de uno beneficia a los otros mucho más que el
daño que su pecado les haya podido causar. (...)
Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos,
también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza
que sana. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla del "-
tesoro de la Iglesia -", que son las obras buenas de los santos.
Rezar para obtener la indulgencia significa entrar en esta
comunión espiritual y, por tanto, abrirse totalmente a los
demás. En efecto, incluso en el ámbito espiritual
nadie vive para sí mismo. La saludable preocupación
por la salvación de la propia alma se libera del temor y del
egoísmo sólo cuando se preocupa también por la
salvación del otro. Es la realidad de la comunión de
los santos, el misterio de la "- realidad vicaria -", de la
oración como camino de unión con Cristo y con sus
santos. Él nos toma consigo para tejer juntos la blanca
túnica de la nueva humanidad, la túnica de tela
resplandeciente de la Esposa de Cristo.
Esta doctrina sobre las indulgencias enseña, pues, en primer
lugar "- lo malo y amargo que es haber abandonado a Dios (cf.
Jr 2, 19). Los fieles, al ganar las indulgencias,
advierten que no pueden expiar con solas sus fuerzas el mal que al
pecar se han infligido a sí mismos y a toda la comunidad, y
por ello son movidos a una humildad saludable -". Además, la
verdad sobre la comunión de los santos, que une a los
creyentes con Cristo y entre sí, nos enseña lo mucho
que cada uno puede ayudar a los demás —vivos o
difuntos— para estar cada vez más íntimamente
unidos al Padre celestial. (...)
11. Estos signos ya forman parte de la tradición de la
celebración jubilar. El Pueblo de Dios ha de abrir
también su mente para reconocer otros posibles signos de la
misericordia de Dios que actúa en el Jubileo. (...)
Ante todo, el signo de la purificación de la
memoria, que pide a todos un acto de valentía y
humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han
llevado y llevan el nombre de cristianos. (...)
La historia de la Iglesia es una historia de santidad. El Nuevo
Testamento afirma con fuerza esta característica de los
bautizados: son "- santos -" en la medida en que, separados del
mundo que está sujeto al Maligno, se consagran al culto del
único y verdadero Dios. Esta santidad se manifiesta tanto en
la vida de los muchos Santos y Beatos reconocidos por la Iglesia,
como en la de una inmensa multitud de hombres y mujeres no
conocidos, cuyo número es imposible calcular (cf.
Ap 7, 9). Su vida atestigua la verdad del Evangelio y
ofrece al mundo el signo visible de la posibilidad de la
perfección. Sin embargo, se ha de reconocer que en la
historia hay también no pocos acontecimientos que son un
antitestimonio en relación con el cristianismo. Por el
vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico,
y aún sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio
de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores
del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han
precedido. Además, también nosotros, hijos de la
Iglesia, hemos pecado, impidiendo así que el rostro de la
Esposa de Cristo resplandezca en toda su belleza. Nuestro pecado ha
obstaculizado la acción del Espíritu Santo en el
corazón de tantas personas. Nuestra poca fe ha hecho caer en
la indiferencia y alejado a muchos de un encuentro auténtico
con Cristo.
Como Sucesor de Pedro, pido que en este año de misericordia
la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su
Señor, se postre ante Dios e implore perdón por los
pecados pasados y presentes de sus hijos. Todos han pecado y nadie
puede considerarse justo ante Dios (cf. 1 Re 8, 46). Que
se repita sin temor: "- Hemos pecado -" ( Jr 3, 25), pero
manteniendo firme la certeza de que "- donde abundó el
pecado sobreabundó la gracia -" ( Rm 5, 20).
(...)
12. Un signo de la misericordia de Dios, hoy especialmente
necesario, es el de la caridad, que nos abre los ojos a
las necesidades de quienes viven en la pobreza y la
marginación. Es una situación que hoy afecta a
grandes áreas de la sociedad y cubre con su sombra de muerte
a pueblos enteros. El género humano se halla ante formas de
esclavitud nuevas y más sutiles que las conocidas en el
pasado y la libertad continúa siendo para demasiadas
personas una palabra vacía de contenido. Muchas naciones,
especialmente las más pobres, se encuentran oprimidas por
una deuda que ha adquirido tales proporciones que hace
prácticamente imposible su pago. Resulta claro, por lo
demás, que no se puede alcanzar un progreso real sin la
colaboración efectiva entre los pueblos de toda lengua,
raza, nación y religión. Se han de eliminar los
atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un
pecado y una injusticia. Quien se dedica solamente a acumular
tesoros en la tierra (cf. Mt 6, 19), "- no se enriquece en
orden a Dios -" ( Lc 12, 21).
Así mismo, se ha de crear una nueva cultura de solidaridad y
cooperación internacionales, en la que todos
—especialmente los Países ricos y el sector
privado— asuman su responsabilidad en un modelo de
economía al servicio de cada persona. No se ha de retardar
el tiempo en el que el pobre Lázaro pueda sentarse junto al
rico para compartir el mismo banquete, sin verse obligado a
alimentarse de lo que cae de la mesa (cf. Lc 16, 19-31).
La extrema pobreza es fuente de violencias, rencores y
escándalos. Poner remedio a la misma es una obra de justicia
y, por tanto, de paz. (...)
13. Un signo perenne, pero hoy particularmente significativo, de
la verdad del amor cristiano es la memoria de los
mártires. Que no se olvide su testimonio. Ellos son los
que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor. El
mártir, sobre todo en nuestros días, es signo de ese
amor más grande que compendia cualquier otro valor.
(...)
Además, este siglo que llega a su ocaso ha tenido un gran
número de mártires, sobre todo a causa del nazismo,
del comunismo y de las luchas raciales o tribales. Personas de
todas las clases sociales han sufrido por su fe, pagando con la
sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia, o soportando con
valentía largos años de prisión y de
privaciones de todo tipo por no ceder a una ideología
transformada en un régimen dictatorial despiadado. Desde el
punto de vista psicológico, el martirio es la
demostración más elocuente de la verdad de la fe, que
sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y
que manifiesta su belleza incluso en medio de las persecuciones
más atroces. (...)
14. La alegría jubilar no sería completa si la mirada no se dirigiese a aquélla que, obedeciendo totalmente al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios. En Belén a María "- se le cumplieron los días del alumbramiento -" ( Lc 2, 6), y llena del Espíritu Santo dio a luz al Primogénito de la nueva creación. Llamada a ser la Madre de Dios, María vivió plenamente su maternidad desde el día de la concepción virginal, culminándola en el Calvario a los pies de la Cruz. Allí, por un don admirable de Cristo, se convirtió también en Madre de la Iglesia, indicando a todos el camino que conduce al Hijo.