LISTA C I O F S

Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal

Volumen: 4 - N. 15 - 1998 - Abril - II

Fuente: Carta de Juan Pablo II a los Sacerdotes, 1998


Carta del Santo Padre Juan Pablo II a los sacerdotes, 1998
1. El Espíritu Santo creador y santificador
2. Eucaristía y Orden, frutos del Espíritu
3. Los dones del Espíritu Santo
4. Influjo de los dones del Espíritu Santo sobre el hombre

CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES

PARA EL JUEVES SANTO DE 1998

Queridos hermanos en el sacerdocio:

Con la mente y el corazón puestos en el Gran Jubileo, celebración solemne del bimilenario del nacimiento de Cristo y comienzo del tercer milenio cristiano, deseo invocar con vosotros al Espíritu del Señor, a quien está dedicada particularmente la segunda etapa del itinerario espiritual de la preparación inmediata al Año Santo del 2000.

Dóciles a sus suaves inspiraciones, nos disponemos a vivir con una participación intensa este tiempo favorable, implorando del Dador de los dones las gracias necesarias para discernir los signos de salvación y responder con plena fidelidad a la llamada de Dios. (...)

El Jueves Santo, día en que conmemoramos la Cena del Señor, presenta ante nuestros ojos a Jesús, Siervo « obediente hasta la muerte » ( Fil 2,8), que instituye la Eucaristía y el Orden sagrado como particulares signos de su amor. Él nos deja este extraordinario testamento de amor para que se perpetúe en todo tiempo y lugar el misterio de su Cuerpo y de su Sangre y los hombres puedan acercarse a la fuente inextinguible de la gracia. ¿Existe acaso para nosotros, los sacerdotes, un momento más oportuno y sugestivo que éste para contemplar la obra del Espíritu Santo en nosotros y para implorar sus dones con el fin de conformarnos cada vez más con Cristo, Sacerdote de la Nueva Alianza?

1. El Espíritu Santo creador y santificador

(...) La Iglesia, que en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano proclama su fe en el Espíritu Santo « Señor y dador de vida », presenta claramente el papel que Él desempeña acompañando los acontecimientos humanos y, de manera particular, los de los discípulos del Señor en camino hacia la salvación.

Él es el Espíritu creador, que la Escritura presenta en los inicios de la historia humana, cuando « aleteaba por encima de las aguas » ( Gn 1,2), y en el comienzo de la redención, como artífice de la Encarnación del Verbo de Dios (cf. Mt 1,20; Lc 1,35).

De la misma naturaleza del Padre y del Hijo, Él es « en el misterio absoluto de Dios uno y trino, la Persona-amor, el don increado, fuente eterna de toda dádiva que proviene de Dios en el orden de la creación, el principio directo y, en cierto modo, el sujeto de la autocomunicación de Dios en el orden de la gracia. El misterio de la Encarnación constituye el culmen de esta dádiva y de esta autocomunicación divina » ( Dominum et vivificantem, 50).

El Espíritu Santo orienta la vida terrena de Jesús hacia el Padre. Merced a su misteriosa intervención, el Hijo de Dios fue concebido en el seno de la Virgen María (cf. Lc 1,35) y se hizo hombre. Es también el Espíritu el que, descendiendo sobre Jesús en forma de paloma durante su bautismo en el Jordán, le manifiesta como Hijo del Padre (cf. Lc 3,21-22) y, acto seguido, le conduce al desierto (cf. Lc 4,1). Tras la victoria sobre las tentaciones, Jesús da comienzo a su misión « por la fuerza del Espíritu » ( Lc 4, 14), en Él se llena de gozo y bendice al Padre por su bondadoso designio (cf. Lc 10,21) y con su fuerza expulsa los demonios (cf. Mt 12,28; Lc 11,20). En el momento dramático de la cruz se ofrece a sí mismo « por el Espíritu eterno » ( Hb 9,14), por el cual es resucitado después (cf. Rm 8,11) y « constituido Hijo de Dios con poder » ( Rm 1,4).

En la tarde de Pascua, Jesús resucitado dice a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo: « Recibid el Espíritu Santo » ( Jn 29,22) y, tras haberles prometido una nueva efusión, les confía la salvación de los hermanos, enviándolos por los caminos del mundo: « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » ( Mt 28,19-20).

La presencia de Cristo en la Iglesia de todos los tiempos y lugares se hace viva y eficaz en los creyentes por obra del Consolador (cf. Jn 14,26). El Espíritu es « también para nuestra época el agente principal de la nueva evangelización... construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos » ( Tertio millennio adveniente, 45).

2. Eucaristía y Orden, frutos del Espíritu

(...) El Evangelio de san Juan, con palabras llenas de ternura y misterio, nos cuenta el relato de aquel primer Jueves Santo, en el cual el Señor, estando a la mesa con sus discípulos en el Cenáculo, « habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo » (13,1). ¡ Hasta el extremo !: hasta la institución de la Eucaristía, anticipación del Viernes Santo, del sacrificio de la cruz y de todo el misterio pascual. Durante la Última Cena, Cristo toma el pan con sus manos y pronuncia las primeras palabras de la consagración: « Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros ». Inmediatamente después pronuncia sobre el cáliz lleno de vino las siguientes palabras de la consagración: « Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados »; y añade a continuación: « Haced esto en conmemoración mía ». Se realiza así en el Cenáculo, de manera incruenta, el Sacrificio de la Nueva Alianza que tendrá lugar con sangre al día siguiente, cuando Cristo dirá desde la cruz: « Consummatum est », « ¡Todo está cumplido! » ( Jn 19,30).

Este Sacrificio ofrecido una vez por todas en el Calvario es confiado a los Apóstoles, en virtud del Espíritu Santo, como el Santísimo Sacramento de la Iglesia. Para impetrar la intervención misteriosa del Espíritu, la Iglesia, antes de las palabras de la consagración, implora: « Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios » ( Plegaria Eucarística III ). En efecto, sin la potencia del Espíritu divino, ¿cómo podrían unos labios humanos hacer que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor hasta el fin de los tiempos? Solamente por el poder del Espíritu divino puede la Iglesia confesar incesantemente el gran misterio de la fe: « Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús! ». (...)

3. Los dones del Espíritu Santo

(...) « Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! » ( Gal 4,6). « En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios » ( Rm 8,14.16). Las palabras del apóstol Pablo nos recuerdan que la gracia santificante ( gratia gratum faciens ) es un don fundamental del Espíritu, con la cual se reciben las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, y todas las virtudes infusas ( virtutes infusae ), que capacitan para obrar bajo el influjo del mismo Espíritu. En el alma, iluminada por la gracia celestial, esta capacitación sobrenatural se completa con los dones del Espíritu Santo. Estos se diferencian de los carismas, que son concedidos para el bien de los demás, porque se ordenan a la santificación y perfección de la persona y, por tanto, se ofrecen a todos. (...)

4. Influjo de los dones del Espíritu Santo sobre el hombre

(...) Por medio del Espíritu, Dios entra en intimidad con la persona y penetra cada vez más en mundo humano: « Dios uno y trino, que en sí mismo "existe" como realidad trascendente de don interpersonal al comunicarse por el Espíritu Santo como don al hombre, transforma el mundo humano desde dentro , desde el interior de los corazones y de las conciencias » ( Dominum et vivificantem, 59). (...)

Con los siete dones se da al creyente la posibilidad de una relación personal e íntima con el Padre, en la libertad que es propia de los hijos de Dios. Es lo que subraya santo Tomás, poniendo de relieve cómo el Espíritu Santo nos induce a obrar no por fuerza sino por amor: « Los Hijos de Dios —afirma él— son movidos por el Espíritu Santo libremente, por amor, no en forma servil, por temor » ( Contra gentiles IV, 22). El Espíritu convierte las acciones del cristiano en deiformes, esto es, en sintonía con el modo de pensar, de amar y de actuar divinos, de tal modo que el creyente llega a ser signo reconocible de la Santísima Trinidad en el mundo. Sostenido por la amistad del Paráclito, por la luz del Verbo y por el amor del Padre, puede proponerse con audacia imitar la perfección divina (cf. Mt 5,48). (...)