Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 3 - N. 15 - 1997 - Abril - II
Fuente: Boletin del CIOFS, 1997, N. 2
Parte -2
Francisco, hombre de reconciliacion
7. El Padre San Francisco, contemplando el misterio de la Encarnación, manifiesta reconocimiento al "Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo", porque quiso "que El (el Hijo), verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María y quiso que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte" (1R. 23,3). Mirando la situación de su tiempo e inspirándose en las Bienaventuranzas del Evangelio, Francisco asume como misión propia y de sus compañeros "el vivir y predicar la penitencia" (cfr. 1R. 21,3.7; 23,4; 1CtaF. 1,4; 2CtaF. 25; 1C. 23.33; LM. prol. 1; 3,2.110; TC. 33.36.449; LP. 18), entendida en sentido evangélico de conversión y de reconciliación.
8. El modo de llevarla a la práctica no estuvo en negociar acuerdos entre las partes, sino en crear en todos aquellos que encontraba las condiciones que les permitiesen reflexionar y decidirse por la opción de la paz y la concordia. De esto y por esto nace su diseño de reconciliación con Dios, con los hermanos y las hermanas, con toda la creación. En la escuela de Francisco, reconciliado y por lo mismo reconciliador, aprendemos también nosotros los caminos y medios de la verdadera reconciliación.
9. El verdadero respeto a Dios, nuestro sumo Bien, y toda auténtica relación con las criaturas contribuyen a que brote en nosotros la esperanza y nos abren al amor auténtico hecho de confianza y de gratitud. Por la contemplación de Dios como sumo Bien, presente en nuestra historia, nos sentiremos reconciliados con El y seremos hombres nuevos creados en justicia y santidad verdaderas. De aquí nace la capacidad de estar abiertos, de acoger todo y a todos como don de Dios; la fuerza y la inventiva para ser "misericordiosos como es misericordioso el Padre que está en los cielos" (cfr. Lc. 6,36) o, como dice Francisco, para "practicar misericordia" (cfr. T. 2; 1C. 17).
10. La verdadera reconciliación se construye con la penitencia. Contemplando y escuchando a Jesucristo, aprendemos a recorrer el camino de la reconciliación, reconocemos nuestro pecado y el de todos los hombres, nos negamos a nosotros mismos, tomando nuestra cruz y completando en nosotros lo que falta a los padecimientos de Cristo (cfr. Col. 1,24). No viviendo ya para nosotros mismos (cfr. Rm. 6,110, 14,7; 2Cr. 5,15; Fil. 1,21), sino para aquel que nos ha amado y ha dado su vida por nosotros (cfr. 2,20), seremos capaces de servir y vivir como hermanos. El Padre San Francisco nos recuerda que aquellos que hacen penitencia "aborrecen sus cuerpos con sus vicios y pecados... y hacen frutos dignos de penitencia" (1CtaF. 2.4) y manda a los suyos que hagan penitencia dando, perdonando y confesando sus propios pecados (cfr. 2R. 7).
Indicaciones y propuestas
11. La reconciliación es don de Dios, pero es también fruto de nuestro compromiso y de nuestra colaboración. No basta, por lo tanto, pedírsela al Señor, es necesario mantenerla y crear todas las condiciones para que se desarrolle en nosotros (individuo, fraternidad, familia religiosa, familia franciscana) y en los otros (Iglesia y mundo). Nos permitimos añadir aquí algunas actitudes concretas y líneas de acción.
12. Conservar el don de la reconciliación significa, sobre todo, llevar cada día nuestra cruz, asumiendo el trabajo con fe como gracia, y desarrollándolo con puntualidad y alegría; darse a los otros, con espíritu de gratuidad, de sencillez y de minoridad, rechazando toda forma de dominio, de posesión y de aprovechamiento. Comprometiéndonos a valorar más los tiempos y lugares penitenciales que la Liturgia y la tradición nos proponen.
13. Descubrir la belleza, la grandeza y la gratuidad de la misericordia del Señor y de nuestro ser hermanos y hermanas, que en El pueden realizar la reconciliación y la unidad, nos estimula a hacer fiesta en la celebración de la penitencia comunitariamente y, personalmente, en el sacramento de la Reconciliación.
Dirigimos una invitación a nuestros hermanos sacerdotes: atended la administración y celebración del sacramento de la reconciliación con celo, respeto de la dignidad humana, paciencia, prudencia y caridad. Nuestras iglesias y nuestras casas lleguen a ser cada vez más lugares de oración, de encuentro, de acogida fraterna. Sugerimos que en las ciudades, la familia franciscana prevea abrir alguna iglesia franciscana durante algunas horas, avanzada la tarde y, si es posible, durante la noche, al menos algunos días de los tiempos fuertes, para acoger a los hijos que quieran encontrar al Padre.
14. Nos complace señalar, entre las
realidades positivas vividas por la Familia Franciscana en los
últimos decenios, la colaboración establecida entre
las varias Ordenes Franciscanas y las diversas Familias de cada una
de las Ordenes. Esta, además de constituir una experiencia
fructuosa, representa un signo de reconciliación dentro de
la Iglesia y un pequeño germen de esperanza para la
humanidad entera. Queremos recordar en particular:
a) la Conferencia de los Ministros
generales de la primera Orden Franciscana y de la Tercera
Orden Regular, que ya desde hace muchos años trabaja en
comunión de objetivos;
b) La Conferencia de la Familia Franciscana (compuesta por los Ministros generales de la primera Orden, el Ministro general de la TOR, el Ministro general de la OFS, el presidente del CFI-TOR), que se propone ser lugar privilegiado para concretar aquellos valores de comunión y mutuo enriquecimiento, que se hallan insertas en la reciprocidad vital entre todos los componentes franciscanos, dentro de su variedad y la identidad particular de cada una de ellas;
c) los Movimientos Franciscanos locales y nacionales, que se proponen realizar la unidad por medio de la experiencia de la fraternidad, en el encuentro, en la oración, en la colaboración en las diversas iniciativas y actividades pastorales, en algunas formas establecidas de colaboración a nivel de formación inicial y permanente;
d) la presencia en la ONU a través del servicio de la organización no gubernamentalFranciscans International.
15. Solicitamos, para el futuro, un incremento de estas formas de comunión recíproca, fuerza vital y signo indispensable de reconciliación. Pensamos que la preparación al Jubileo deba inducirnos a una disponibilidad más abierta a este servicio recíproco. Los diversos papeles y las diversas competencias deben asumirse exclusivamente con espíritu de servicio, con conciencia de que todos podemos dar y todos podemos recibir, hombres y mujeres, clérigos y laicos, hermanos y miembros de la OFS.
Invitamos, en particular, a crear estructuras y organismos de comunión y de colaboración interfranciscana ("movimientos franciscanos") en las naciones o, de cualquier modo, en las zonas en las que todavía no existen.
Esperamos también que, gracias a la colaboración de todos, Franciscans International pueda llegar a ser la voz autorizada de toda la Familia Franciscana en la organización de la ONU, exponiendo y actuando nuestro compromiso solidario y concreto en favor de la vida humana y de toda la creación, de la paz, de la justicia, de la defensa de los más pobres.
16. Hemos sido llamados por el Señor para estar con El y para ser enviados a anunciar (cfr. Mc. 3,14-15) la penitencia y la remisión de los pecados (cfr. Lc. 24,47-48), y a actuar para que el anuncio se haga realidad. Trabajemos para que cada hombre y mujer venga o vuelva a la casa del Padre. No tengamos miedo de estar, por lo tanto, como Jesús y como Francisco, con los pobres y con los pecadores. A quien mantiene la división y fomenta tensiones proponemos la paz y la reconciliación con actos concretos, entre nosotros, sobre todo en nuestras fraternidades, pidamos e intercambiémonos el perdón, demostremos con nuestra vida que la creación de una verdadera fraternidad evangélica, sinceramente vivida, aun cuando conlleva sufrimiento, es el fruto más noble de un amor grande y libre que se alimenta de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, en particular de la Eucaristía.
17. El ayuno, momento de fe en la Providencia, medio de expiación del pecado, participación en la muerte redentora de Cristo, es el camino para abrirnos en la caridad hacia los hermanos y hermanas, hacia los pobres y los necesitados. Francisco comprendió la importancia de este ejercicio ascético y por esto ordena que sus frailes ayunen para abstenerse de los vicios y pecados y de todo exceso en el comer y el beber, para ser verdaderamente católicos (cfr. 2CtaF. 32; 1R. 3,11-13; 2R. 3,5-9), y en particular como preparación a la fiesta de Navidad y de Pascua. El Seráfico Padre no sólo exhorta, sino que da ejemplo de cómo dedicarse sin interrupción al ayuno, la oración, las alabanzas al Señor (cfr. LM. 2) y a las necesidades de los hermanos (cfr. 2C. 175). No descuidemos, pues, la práctica del ayuno, entendido no sólo en relación con los alimentos, sino como sobriedad de vida, capacidad de eliminar lo superfluo y reducir las exigencias personales inducidos por la sociedad consumista, buscando los modos y medios para ayudar a quienes se encuentran en necesidad.
18. Las obras de misericordia espirituales y corporales se practiquen con frecuencia por parte nuestra para que el amor que reside en el corazón se demuestre en las obras y los hermanos y hermanas, viéndolo, "crezcan continuamente en el amor de Dios y en la recíproca caridad" (ClT. 60). La remisión de alguna deuda o cuestión económica, en especial en relación con personas más débiles, es signo profundo de misericordia, también para nosotros.
19. El hacer penitencia, que es pacificación con Dios, debe convertirse en voluntad y obra de pacificación y de justicia entre los hombres. Salgamos de nuestras fronteras y vayamos por el mundo a predicar la reconciliación, denunciando con claridad y con lenguaje sencillo la malicia del pecado, anunciando a todos la necesidad de la conversión, para poder acoger "en el año de la misericordia" el perdón de Dios. Reconciliados de esta manera con El, con nosotros mismos, con los hermanos y con la creación, vivamos la vida nueva en Cristo.
Momentos y lugares privilegiados para este anuncio pueden ser: la predicación itinerante y las "misiones al pueblo", con la participación de religiosos y religiosas, clérigos y laicos, hombres y mujeres; el diálogo interreligioso; el ecumenismo; la colaboración activa con los movimientos y las instituciones que promueven la paz y la hermandad entre los pueblos.
Conclusion
20. No tengamos miedo de invertir en la reconciliación todos los dones de gracia, de inteligencia y de bienes materiales con los que la Providencia nos ha enriquecido abundantemente. Obtendremos cien veces más en esta vida y como recompensa la vida eterna (cfr. Mt. 19,29).
21. Nos encomendamos a la Virgen Inmaculada, nuestra abogada y protectora (cfr. 2C. 198), que ha hecho al Señor de la majestad nuestro hermano y nos ha obtenido misericordia (cfr. LM. 9,3), y supliquémosle humildemente como Reina de la Paz y Madre de Misericordia y de Reconciliación para que esté a nuestro lado y nos haga, cada vez más, un solo corazón y una sola alma, y nos obtenga abundantemente el don del Espíritu de la unidad, del amor y de la reconciliación.
22. "Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por tí mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a tí, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y estás revestido de gloria, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén" (CtaO. 50-52).
Roma, el 1 de ennero de 1997
Fr. Hermann Schalück, Ministro General OFM
Fr. John Corriveau, Ministro General OFM Cap
Fr. Agostino Gardin, Ministro General OFM Conv
Fr. Bonaventura Midili, Ministro General TOR
Sr. Elena Echevarren, Presidente CFI-TOR
Emanuela De Nunzio, Ministro General OFS