LISTA C I O F S

Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal

Volumen: 3 - N. 14 - 1997 - Abril - I

Fuente: Boletin del CIOFS, 1997, N. 1


Primera carta de la Conferencia de la Familia Franciscana con motivo del Jubileo del Año Dos Mil
"Reconciliados en Jesucristo"
En un mundo desgarrado, llevar el "don" de la reconciliacion

CRISTO RESUSCITÓ, ALELUYA!


PRIMERA CARTA
DE LA CONFERENCIA DE LA FAMILIA FRANCISCANA
CON MOTIVO DEL JUBILEO DEL AÑO DOS MIL

"RECONCILIADOS EN JESUCRISTO"

Queridos Hermanos y Hermanas:

1. La propuesta de la Palabra del Señor nos compromete a hacer "resonar la trompeta de la aclamación", a declarar "santo" el año Dos mil y proclamar "la liberación" (cfr. Lv. 25,9-10), para hacernos protagonistas del gran momento de la historia de la salvación, anunciado por el Santo Padre Juan Pablo II con la carta Tertio Millennio Adveniente. La invitación nos llega como parte de una comunidad más amplia, la Iglesia, y nos exhorta a vivir también esta cita particular como Familia Franciscana, hoy variopinta y numerosa, que tiene en Francisco y en Clara de Asís su origen y fundamento.

Esta realidad "genética" nuestra nos permite acoger y expresar de manera propia la Palabra de Dios y de la Iglesia, que nos invitan a celebrar el "gran Jubileo del dos mil" ( Tertio Millennio Adveniente , 16) como "año de la misericordia del Señor" (cfr. Lc. 4,19), como "año de gracia, año de perdón de los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extrasacramental" ( TMA. 14).

2. Siguiendo los programas promovidos por la Iglesia a nivel universal y particular, ofrecemos generosamente nuestra aportación específica. Promovamos iniciativas de interés con todos los componentes eclesiales indicados en las diversas comisiones: diocesanas, regionales, nacionales e internacionales. Formemos parte de ellas como signo de fraternidad y de obediencia a "nuestra madre, la santa Iglesia romana" (TC. 46; ClT. 44).

3. Puesto que el tema de laReconciliación es capital en la visión bíblica y eclesial del Jubileo, y en nuestra identidad de Franciscanos, y es tan urgente en nuestro tiempo, hemos decidido enviaros como ayuda fraterna esta primera carta sobre este tema en el año dedicado a "Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre". Enviaremos otras, al comienzo de cada año, con breves reflexiones sobre otros temas, unidas a algunas indicaciones prácticas.

EN UN MUNDO DESGARRADO, LLEVAR EL "DON" DE LA RECONCILIACION

4. A los ojos de todos, aun con una mirada superficial, el mundo de hoy aparece desgarrado, dividido, fragmentado, no siendo fiel al Señor y a su Ley de amor. La Iglesia misma se presenta dividida y, en cierta manera, también nuestra Familia Franciscana.

Queremos, pues, comenzar por nosotros mismos y dentro de nosotros. No podemos negar, de hecho, que a lo largo de los siglos la Famillia Franciscana no ha sido siempre testigo e icono de unidad, o de una diversidad armoniosa y reconciliada. No siempre nos hemos prestado el servicio de la comunión, de la edificación en la caridad. En nuestra historia no han faltado, entre las diversas familias y a distintos niveles, tensiones y prejuicios que han debilitado la fuerza de nuestro testimonio. Debemos reconocer, además, que la Familia Franciscana no ha vivido siempre fielmente el seguimiento del Cristo pobre y el amor hacia los desheredados y los más pobres.

5. Mirando en profundidad, consideramos poder encontrar en nosotros mismos como en muchas otras personas, un gran deseo de reparar las fisuras, subsanar las rupturas, proyectar la Unidad:
Creemos que este deseo procede del Padre, "que nos reconcilió consigo a través del Mesías" (2Cr. 5,18); procede del Hijo, que, a través del misterio pascual, se inmoló y adquirió "con su sangre para Dios hombres de toda raza y lengua, pueblo y nación" (Ap. 5,10); procede del Espíritu Santo, que "derramado para la remisión de los pecados", reúne en unidad a los hijos de Dios dispersos y les impulsa "a amar a Dios Padre y, en El, al mundo y a los hombres" (Ap. 29).

6. Si los desgarros y divisiones son el fruto del pecado, la paz y la reconciliación son el fruto de la Encarnación, de la venida de Cristo a la tierra, del nacimiento a la muerte, de la resurrección a la exaltación a la derecha del Padre. El misterio de la Encarnación continúa, en cierto modo, en nosotros que somos prolongación del Cristo-Cabeza y nos hace partícipes de la vida de Dios, como hijos en el Hijo. La reconciliación es don. Por lo tanto es pedida a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo, reconociendo y confesando el propio pecado (cfr. 1Jn. 1,9). Roguemos, pues, "para que el Señor ilumine (nuestros corazones) moviéndolos a penitencia" (ClR. 9,4), en nuestros encuentros cotidianos y en nuestras celebraciones.

(a continuar)