LISTA C I O F S

Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal

Volumen: 2 - N. 12 - 1996 - Marzo - IV

Fuente: Carta a los Asistentes, 1996, N. 1


Los Franciscanos y el ecumenismo
3. El descubrimiento de la centralidad de Cristo
4. Fraternidad franciscana y nuevo modelo de Iglesia

LOS FRANCISCANOS Y EL ECUMENISMO

Con San Francisco de Asís en el espíritu del diálogo ecuménico

Tecle Vetrali OFM

(Continuación)

3. El descubrimiento de la centralidad de Cristo

La conversión y la vida nueva de Francisco está caracterizada por su encuentro con Cristo. De aquí nace su transformación en el hombre nuevo, que vive la realidad de Cristo resucitado, inserto en la vida trinitaria. Así la experiencia cristiana de Francisco asume una profunda unidad: está toda centrada sobre el misterio de Cristo, contemplado y vivido; Jesucristo es el revelador y el camino que conduce al Padre (RnB 22), y para llegar al Padre él emprende directamente el seguimiento de Cristo. De esta experiencia de vida "-cristificada-" nace la reflexión cristocéntrica que ha caracterizado siempre a la escuela franciscana; reflexión, sin embargo, armonizada en el interior de una visión trinitaria que caracteriza la espiritualidad de Francisco. El quiere que "-creamos verdadera y humildemente..., enaltezcamos y demos gracias al altísimo y sumo Dios, trino y uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo-" RnB 23), y él ruega al "-omnipotente, altísimo, santísimo y sumo Dios, Padre, santo y justo, Señor y Rey del cielo y de la tierra... por tu santa voluntad y por tu único Hijo en el Espíritu Santo has creado todas las cosas-" (RnB 23).

Y es precisamente el propio descubrimiento de la centralidad de Cristo, en su misterio trinitario, lo que está en la base del movimiento ecuménico, permitiendo a las iglesias salir de sí mismas, librándose de la obsesiva preocupación de defender y salvaguardar la propia identidad, para concentrar la propia atención sobre Cristo, fuente de unidad. Es ésta la verdadera liberación obrada por el ecumenismo: las iglesias han dejado de mirarse y juzgarse confrontándose recíprocamente, y han comenzado a confrontarse directamente con Cristo. Sólo desde esta nueva actitud ha podido nacer la necesidad sentida de conversión y el deseo de un unidad que ha de conseguirse no a través de la demostración de las razones históricas, sino a través de la reconciliación.

Esta confrontación directa con Cristo hace comprender que la unidad no es un problema de carácter estructural o una opción contratable: es parte integrante de la vida cristiana. En Cristo, el cristiano vive de la unidad de la vida trinitaria. Este es el sentido de la oración de Jesús por la unidad:la relación recíproca Padre-Hijo lleva una nueva relación: Jesús-discípulos; e éste el fundamento de la unidad querida por Jesús cuando ora "-que sean como nosotros una sola cosa-" (Jn 17, 22); la unidad entre los discípulos debe tener como modelo no sólo la relación del Padre con el Hijo, que debe estar anclada en ella; es una unidad que nace del don de la revelación o de la gloria de Dios; es un círculo que parte de la iniciativa de Dios, revelada por Jesús, implica la respuesta del creyente, para subirlo en la unidad divina; y éste es el sentido de aquellas palabras de Jesús que se traducen: "-A fin de que se hagan perfectos (en la tensión) hacia la unidad (divina)-" (Jn 17, 21); no se trata, por tanto, del perfeccionamiento de un amor humano recíproco, sino de la asunción en la relación amorosa del Padre con el Hijo, que se convierte en término de confrontación, norma, fundamento y fin de la existencia cristiana.

El descubrimiento, pues, de la centralidad de Cristo, de aquel proceso de conversión y de tensión hacia la unidad ha hecho resurgir y caracteriza tanto la experiencia franciscana como el movimiento ecuménico. Por este motivo es de fundamental importancia el principio expresado por el Concilio sobre la "-jerarquía en las verdades-" (UR 11), que son juzgadas en la medida de su unión más o menos estrecha con el misterio de Cristo, que debe seguir siendo central tanto en la formulación de la fe como en la praxis de la vida cristiana, de modo particular en el anuncio de la Palabra de Dios y en la liturgia. Este reconocimiento de una jerarquía de las verdades, centradas sobre el misterio de Cristo abre nuevos caminos y nuevas esperanzas al diálogo entre las iglesias.

4. Fraternidad franciscana y nuevo modelo de Iglesia

El encuentro con Dios en Jesucristo lleva a Francisco a una nueva concepción de la vida comunitaria, por la cual él no quiere cambiar el modelo de ninguna otra experiencia precedente (Lp) 114). Es su descubrimiento de Dios como padre el que le sugiere el modelo de vida de sus frailes: éstos constituirán una fraternidad, en la que todos deben ser verdaderamente hermanos. El ideal de la vida de esta fraternidad está expresado en la RnB 4.5.6. La preocupación de Francisco es que alguno prevarique y use el poder en relación con los otros: "-Los frailes no tengan algún poder o dominio, sobre todo entre sí... por caridad de espíritu se sirvan y obedezcan mutuamente...;...y ninguno sea llamado prior, sino que todos se llamen simplemente hermanos menores-". Esto no significa que no haya una ordenamiento en el interior de la fraternidad: es fundamental que no haya uno "-superior-", sino que el que tiene el cuidado, guarda, ayuda y protege (guardián). Entonces la obediencia tiene un sentido y puede ser exigida con energía, como expresión de fidelidad a la llamada de Dios; de esta relación nace aquella "-obediencia caritativa que satisface a Dios y al prójimo-" (Adm 3). La comunidad franciscana es una comunión de hermanos.

De esta experiencia de fraternidad nace un tipo particular de relación con el mundo externo, que se traduce también en un modelo característico de evangelización, exquisitamente ecuménico: "-Los frailes que van entre los infieles, pueden ordenar las relaciones espirituales entre ellos de dos modos. Un modo es que no hagan lites o disputas, sino que estén sometidos a toda criatura humana por amor de Dios y confiesen que son cristianos. El otro modo es que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios... Y todos los frailes, donde quiera que estén, recuerden que han entregado y abandonado su cuerpo a Nuestro Señor Jesucristo, y por su amor deben exponerse a los enemigos tanto visibles como invisibles-" (RnB 16). También en relación con los cátaros y los herejes Francisco rehuye la polémica, recurriendo al único testimonio de la vida y a la sencilla afirmación de la verdad en la predicación y en la composición de oraciones y alabanzas al Señor; esto en conformidad con cuanto prescribe para los predicadores en la RnB 17: "-Todos los frailes prediquen con las obras...; todos mis frailes predicadores, oradores, trabajadores, tanto clérigos como laicos, traten de humillarse en todas las cosas... no enorgullecerse dentro de sí por las buenas palabras, las obras...-".

Como el encuentro con Dios Padre en Jesucristo inspiró a Francisco la imagen de una comunidad entendida como comunión fraterna en diálogo con todos los hombres y con toda la creación, así el descubrimiento de la centralidad de Cristo ha hecho surgir de la palabra de Dios y de la más auténtica tradición una eclesiología que supera la precedente concepción de iglesia institucional, haciendo resaltar la realidad de la iglesia misterio, entendida como comunión, en constante actitud de diálogo.

Eclesiología de comunión significa ante todo eclesiología trinitaria, que ve a la iglesia inserta en el designio salvífico del Padre, realizado por el Hijo, llevado a plenitud por la presencia del Espíritu Santo. Es la visión de UR 2, que se rehace en el capítulo 1 de la Lumen gentium. La presencia del Espíritu Santo, que obra con sus dones multiformes, es fuente de las diversidades y, al mismo tiempo, de su reconciliación en la unidad. La Iglesia, por tanto, es el lugar en que se realiza la comunión con Dios y con los hombres.
(Aquí he debido omitir un párrafo sobre el diálogo - Nota del Redactor).

(A continuar)