Consejo Internacional de la OFS - Edición semanal
Volumen: 2 - N. 11 - 1996 - Marzo - III
Fuente: Carta a los Asistentes, 1996, N. 1
Con San Francisco de Asís en el espíritu del diálogo ecuménico
Tecle Vetrali OFM
En el campo ecuménico el franciscanismo tiene su palabra que decir, pero sobre todo un ejemplo y un testimonio que ofrecernos. En efecto, la figura, la experiencia y la propuesta de S. Francisco son un mensaje cuya validez es acogida y reconocida por los cristianos de todas las confesiones. La experiencia de S. Francisco hace del franciscano un hombre ecuménico por vocación. Francisco es un hombre ecuménico y universal por su radical experiencia evangélica, por su amor a la Palabra de Dios que ha obrado en él una continua conversión, por su adhesión a la Iglesia, por su obra de reconciliación y de paz, por el tipo de relaciones instituido por él para con todos los hombres y con toda la creación: todo esto hace de él el hombre nuevo que ha encontrado el equilibrio de las relaciones con Dios, con los hombres y con la creación, y al cual cada uno puede referirse con esperanza.
Francisco es un hombre ecuménico porque ha vivido su experiencia cristiana en el interior de su iglesia con espíritu de catolicidad. Son conocidos su amor y su adhesión a la iglesia católica romana: en una visión universal, que abraza a todos los pueblos y a todas las razas, ora por la santa Iglesia católica y apostólica (RnB 23, 16-22); a ella, en la persona del papa, promete obediencia y reverencia (RnB, Premisa 3; Rb 1,3) y le confía su Orden como a Madre amorosa (Spec 78); los frailes deben profesar la fe en la Iglesia católica, bajo pena de expulsión de la Orden (RnB 19, 1-2; 2 Test 37-38; LM 4,3); incluso para su misión quiere obtener el mandato del papa (Anp 7, 31).
Francisco vive en el seno de la única iglesia de occidente todavía indivisa, y le son desconocidas las actuales problemáticas ecuménicas. Pero él está fuertemente unido a la Iglesia católica por motivos de comunión, y no de posesión o de contraposición, y esta actitud hace vivir el cristianismo de modo tal que es un anuncio para todos los cristianos. El verdadero católico es ecuménico, universal : por eso Francisco está por encima de todas las divisiones. Toda verdadera experiencia cristiana es alimentada por las raíces, más que por las sucesivas expresiones históricas; sólo partiendo de esta profunda unidad que nace de la adhesión a las raíces evangélicas se puede llegar a una unidad visible.
Este profundo sentir eclesial hace la experiencia de Francisco significativa para el ecumenismo de nuestro siglo, que, como consecuencia del despertar ecuménico suscitado por el Espíritu Santo en la Iglesia católica con el Concilio Vaticano II, se encuentra en perfecta sintonía con la propuesta franciscana. La fidelidad de Francisco a la Iglesia se expresa hoy en relación con la Iglesia católica del Vaticano II, que es una Iglesia en diálogo, como se dice en el documento conciliar Unitatis redintegratio.
1. El ecumenismo
Por ecumenismo se entiende el conjunto de esfuerzos y actividades que tienden a restablecer la plena comunión entre los cristianos. Los primeros pasos, que llevarán a la consolidación del actual movimiento ecuménico, se remontan al siglo pasado, con la creación de sociedades misionales, federaciones o alianzas confesionales, asociaciones estudiantiles y juveniles y otras iniciativas interconfesionales. Oficialmente, el movimiento ecuménico reconoce como su fecha de origen la Conferencia internacional misionera de Edimburgo en 1910. De ella nacen los tres grandes filones que confluirán enseguida en el Consejo ecuménico de las iglesias (CEI): "-Vida y Acción-", "-Fe y Constitución-" y "-Consejo internacional de Misiones-". Los grandes puntos de referencia del Consejo ecuménico de las iglesias son las asambleas generales: Amsterdam (1948, año de la constitución del CEI), Evanston (1954), Nueva Delhi (1961), Upsala (1968), Nairobi (1975), Vancouver (1983), Canberra (1991).
La Iglesia católica, al principio, no vio con buenos ojos este movimiento ecuménico, nacido en un ambiente protestante. También ella acuciaba por el problema de la unidad de los cristianos, guiada por la propia eclesiología, en relación con las otras iglesias ha pasado progresivamente, de la actitud de la misión y del unionismo, empeñ ndose y orando por su conversión y la vuelta a la Iglesia católica, a una verdadera fase ecuménica con el Concilio Vaticano II. Ya al convocar el Concilio Juan XXIII declaraba que uno de los grandes intentos del mismo era la promoción de la unidad entre los cristianos. El Concilio elabora un documento sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, con el cual reconoce que el movimiento ecuménico es fruto de la operación del Espíritu Santo, y compromete a la Iglesia a entrar con empeño en el movimiento ecuménico (UR 1-4). Muchos otros documentos testimonian la nueva actitud de la Iglesia católica: la Lumen gentium, la Unitatis redintegratio y la Orientalium Ecclesiarum renuevan la eclesiología, la Dei Verbum descubre la centralidad de la Palabra de Dios y su relación con la tradición, la Dignitatis humanae enuncia el derecho a la libertad religiosa, la Nostra aetate pone en camino nuevas relaciones con el hebraismo y las otras religiones,la Gaudium et spes enfoca de modo positivo las relaciones con el mundo. El conjunto de estos documentos indica la voluntad de renovación y la capacidad de diálogo de la Iglesia del Vaticano II.
Este cambio nace naturalmente de las raíces puestas por algunos pioneros del ecumenismo. Recuérdense, al menos, tres nombres con tres caracterizaciones diversas: el P. Lambert Beauduin, que en 1926 fundó el monasterio de la unión, ahora en Chevetogne, en Bélgica, para el estudio y el encuentro con la Ortodoxia, creando después la revista Irenikon ; el P. Yves Congar, que en 1937, con la publicación de Chrétiens désunis, puso en marcha la colección Unam Sanctam y todo filón del ecumenismo doctrinal; pero el verdadero paso del viejo ecumenismo de la vuelta y el juicio negativo sobre la situación eclesiológica de las otras iglesias al nuevo espíritu ecuménico se debe al P. Paul Couturier, que desde 1935 transformó el octavario de oración por la vuelta de los otros cristianos a la Iglesia de Roma en la semana universal de oración por la unidad de los cristianos, "-por la santificación de todos... por la unidad que Cristo quiere para su Iglesia con los medios que él quiere... dada como, cuando y donde él quiera-". La puesta en marcha de lo que viene definido como el ecumenismo espiritual, que deberá convertirse en el alma de todo compromiso ecuménico, porque de ahí nace la disponibilidad para la conversión, raíz de todo ecumenismo y presupuesto de la unidad.
Este ecumenismo no es ni una doctrina ni una simple praxis, sino una experiencia, en el sentido de que compromete por entero a la persona cristiana, en su fe y en su operatividad haciéndola llegar a las raíces profundas de su espiritualidad, como palabra e instrumento de la gracia. También por este motivo formal el ecumenismo está en sintonía con la Escuela teológica franciscana, que no se contenta con la pura especulación ni se deja reducir a simple pragmatismo, sino que arrastra toda la persona concreta a la contemplación y a la participación en el mundo divino.
2. Conversión y reconciliación: fulcro de la experiencia de S. Francisco y camino para la unidad
La conversión señala el momento clave en la vida de S. Francisco, y nace de un encuentro personal con el crucifijo de S. Damián (2 Cel 10); ésta es fruto de la iniciativa gratuita de Dios: "-El Señor me concedió a mí... el comenzar a hacer penitencia-" (2 Test 1). Como el anuncio del reino comienza con la invitación a la conversión (Mt 4,17), así la experiencia de Francisco, puesta en marcha en el encuentro con el Crucifijo, e guiada por la escucha de la palabra del evangelio, que invita a la conversión y al cambio de vida (1 Cel 22). La conversión se pone enseguida de manifiesto en el beso al leproso (2 Cel 9), en la decisión de abandonar el mundo (TestsC 9-11) y en la decisión de servir a los leprosos (2 Cel 9). Todo esto es vivido no como experiencia individualista, sino como respuesta a la invitación a reparar la casa de Dios (2 Cel 10). Conversión, para Francisco, significa reconciliación: ante todo reconciliación con Dios, descubierto como Padre (2 Cel 12) y Creador (Cántico) y, por tanto, reconciliación con todas las criaturas, con la sociedad en cuyo seno deben vivir los frailes como "-menores-", con los sacerdotes, en los que no quiere considerar pecado (2 Test 11), con los infieles a los que quiere ofrecer sólo el testimonio de la sumisión (RnB 16). Para Francisco la conversión es una actitud continua que le hace decir, al final de su vida: "-Comencemos a servir al Señor Dios, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho-" (1 Cel 103).
Por esta su experiencia de hombre reconciliado Francisco se hace promotor de pactos de reconciliación: pensemos en el halcón con el que Francisco se une mediante un pacto de intensa amistad (LM 8,10); significativo el episodio del lobo de Gubbio (Flor 21): Francisco ya reconciliado con el lobo, se hace garante del animal que observará el pacto de paz, y así nacerá la reconciliación entre el lobo y el pueblo. La reconciliación con Dios rompe la pretensión egoísta de autonomía y de dominio sobre el mundo, y por eso lleva a la reconciliación con todas las criaturas; de ahí nace el espíritu de pobreza que reconoce y restituye todas las cosas a Dios, quitando así todo motivo de enfrentamiento y de división entre los hombres: es el camino para la reconciliación entre los hombres. Sólo así se puede comprender cómo el Cántico de las criaturas puede reconciliar al obispo y al podestà de Asís (Leg per 44): la reconciliación con Dios y con la creación madura en la reconciliación fraterna.
Esta actitud de radical conversión y de lanzamiento hacia una nueva vida, junto con su experiencia de reconciliación, es la que hace de Francisco un hombre profundamente ecuménico. En efecto, la conversión es el alma de todo ecumenismo: "-El auténtico ecumenismo no se da sin la conversión interior. Porque es de la renovación interior, de la abnegación propia y de la libérrima efusión de la caridad de donde brotan y maduran los deseos de la unidad-" (UR 7). Conversión indica un verdadero cambio de vida y de orientación, en el propio modo de ver, de sentir y de juzgar. Esta conversión debe ser ante todo personal, pero debe afectar también a la Iglesia como tal, superando el concepto anterior de que los otros son los que deben convertirse a la Iglesia católica. Efectivamente, antes de cuestionar a los otros "-antes que nada, los católicos, con sincero y atento ánimo, deben considerar todo aquello que en la propia familia católica debe ser renovado-" (UR 4), puesto que "-la Iglesia peregrina es llamada por Cristo a esta perenne reforma, de la que ella, en cuanto institución terrena y humana, necesita permanentemente-" (UR 6).
Esta conversión comporta, ante todo, un nuevo modo de ver y de juzgar a las otras iglesias, en su vida y en su doctrina. Esto requiere un serio empeño para superar muchos prejuicios graves y difundidos de carácter histórico y doctrinal, y "-para eliminar palabras, juicios u acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las mutuas relaciones con ellos-" (UR 4); se llegará, así, a reconocer y apreciar con gozo la presencia y la acción del Espíritu Santo en las otras iglesias y "-los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común, que se encuentran-" entre ellos (UR 4). De este reconocimiento nacerá una nueva actitud práctica con respecto a ellos, libre de rivalidades polémicas, en un espíritu de amorosa fraternidad, "-de una sincera abnegación, humildad y mansedumbre en el servir a los demás y de un espíritu de liberalidad fraterna con todos ellos-" (UR 7). Entendido así, el ecumenismo se convierte en una verdadera pedagogía de vida cristiana y eclesial.
Expresión de una auténtica conversión es el reconocimiento de las propias culpas en relación con la unidad. Lo subraya el Concilio. "-A las faltas contra la unidad se pueden aplicar también las palabras de S. Juan. "Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso y su palabra ya no está en nosotros" (1Jn 1,10). Por tanto pedimos humildemente perdón a Dios y a los hermanos separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido-" (UR 7); de hecho, la historia nos enseña como "-... en siglos posteriores nacieron disensiones más amplias, y Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres de una y otra parte-" (UR 3). En este espíritu, el Concilio reconoce las culpas de los cristianos en relación con los hebreos ( Nostra aetate, 4) y del reconocimiento de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa (Dignitatis humanae, 12), en la génesis del ateísmo ( Gaudium et spes, 19), en las relaciones con el mundo y con la ciencia ( Gaudium et spes , 36).
El ecumenismo, fruto de la acción del Espíritu Santo que obra la conversión y la transformación de los corazones, es así connatural a la esperanza espiritual de Francisco.
(A continuar)