AL CAPÍTULO GENERAL O.F.S.

(Asís, 12 de noviembre 2005)

 

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm

Ministro general

Queridos hermanos y hermanas:

¡El Señor os dé la paz!

Con gran alegría os saludo a todos vosotros, "amados en el Señor", que participáis en el XI Capítulo general de la O.F.S. Saludo especialmente vuestra Ministra general, Encarnación del Pozo, a los miembros del Consejo Internacional, a los representantes de la Jufra y a los Asistentes generales. Con la misma alegría os recibo aquí en la Porciúncula, lugar especialmente amado por San Francisco, por su singular amor hacia la «Virgen hecha Iglesia» y Reina de los Ángeles.

Bajo la maternal mirada de Santa María de los Ángeles, queridos hermanos y hermanas de la O.F.S., esta para concluir vuestro XI Capítulo general. Un Capítulo general es siempre un momento de gracia para nosotros hermanos y hermanas. La gracia del encuentro de los hermanos y hermanas provenientes de todo el mundo. La gracia del recíproco escucharse, que nos hace crecer en auténtica fraternidad, y de todos en la escucha del Espíritu, que nos impulsa y acompaña hacia el futuro. La gracia de hacernos juntos la pregunta, ¿Señor, que quieres que haga? La gracia de encontrar juntos respuestas a los desafíos que nos vienen de la sociedad, de la Iglesia y del mundo. Sí, ¡que bueno y bello es que los hermanos y hermanas estemos juntos!

Este estar juntos, en fraternidad, manifestación de una unidad mucho más profunda a nivel de sentimientos y de corazón, es lo que nos da fuerza para caminar por los senderos del mundo, viviendo nuestra vocación franciscana y anunciando, como Francisco, el Evangelio del Señor a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Nuestro primer sentimiento al finalizar este Capítulo general es, entonces, de alabanza al Señor que hace maravillas, a Aquel que es todo bien, sumo bien... Alabanza por el don de la vocación, a la cual fuimos llamados sin ningún mérito propio. Alabanza por el regalo de los hermanos y las hermanas. Alabanza por los frutos evangélicos que, a través del testimonio de tantos hermanos y hermanas, se esparce por el mundo entero. Se abra pues, hermanos y hermanas, nuestro corazón a la alabanza y en actitud contemplativa hagamos memoria de todo lo que el Señor está haciendo en nosotros y a través nuestro.

El tema que habéis elegido y sobre el cual habéis reflexionado durante el Capítulo, «La Novitas Franciscana: misión y testimonio», tiene una gran importancia para vuestra vocación específica, como Franciscanos seglares, llamados y enviados al mundo para testimoniar la belleza del Evangelio según el «estilo» franciscano.

Esto significa, ante todo, como hemos escuchado en la primera lectura, acoger la Sabiduría de Dios y hacerla presente en la realidad de vuestra vida cotidiana, allí donde sois llamados a vivir y testimoniar lo que da sentido a vuestra vida, la vocación y misión a la que habéis sido llamados, así como es descripta por vuestra Regla y por vuestras Constituciones generales.

Basándome en estos documentos querría, en este momento, subrayar tres elementos que me parecen fundamentales en vuestra vida y misión: Llamados al seguimiento de Cristo, como seglares, en cuanto parte de la Familia Franciscana.

Queridos hermanos y hermanas, llamados al seguimiento de Cristo, siguiendo las huellas de Cristo a ejemplo de de Francisco de Asís (Reg. 1), «buscad [constantemente] la persona viviente y operante de Cristo» (Reg. 4) en vuestra vida y en todo aquello que hagáis, e «impulsados por la dinámica del Evangelio», conformad vuestro «modo de pensar y de actuar con el de Cristo, mediante un radical cambio interior» de conversión, «actuada cada día» (Reg. 7), «en el espíritu de las Bienaventuranzas» (Reg. 11). Sea este vuestro primer deseo, vuestra primera preocupación. Sobre el ejemplo de Jesús mismo y del padre San Francisco, haced «de la oración y la contemplación, el alma del propio ser y del propio operar» (Reg. 8). Sea la oración litúrgica y personal la fuente de vuestra misión en medio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Solamente una vida intensa de oración y una activa participación «en la vida sacramental de la Iglesia, sobre todo a la Eucaristía» (Reg. 8), os dará la fuerza para comprometeros en la construcción de un mundo nuevo y para poder «purificar el corazón de toda tendencia y deseo de posesión y dominio» (Reg. 11), os hará libres para el amor de Dios y de los hermanos (cf. Reg. 12), particularmente de los más pobres (cf. Reg. 13), os llevará a «ejercitar con competencia las propias responsabilidades en el espíritu cristiano de servicio» (Reg. 14) y os hará valientes «en la promoción de la justicia» y en las opciones concretas y coherentes» con vuestra fe, «en el campo de la vida pública» (reg. 15).

En cuanto «seglares» contribuid, «en las comunes condiciones del siglo» (CCGG 17, 2), «a la edificación del Reino de Dios con vuestra presencia en la realidad y en las actividades temporales» (CCGG 2), abiertos siempre «a las instancias que vienen de la sociedad y de las realidades eclesiales» (CCGG 8, 2). Amad la Iglesia y vivid en plena comunión con «el Papa y con los obispos» (CCGG 99; cf. CCGG 100-101). Actuad siempre «como levadura en el ambiente» donde vivís (CCGG 14) y en el «campo de la vida pública» (CCGG 22, 1), para lograr una sociedad más justa y fraterna, siendo siempre mensajeros de alegría y de esperanza (cf. CCGG 26-27). Vivid siempre como realidad inseparable vuestra «pertenencia a la Iglesia y a la sociedad» (CCGG 20, 1). Vuestra secularidad os llama, sobre todo, a «dar testimonio de la fe en la vida de familia, en el trabajo, en la alegría y en el sufrimiento, en el encuentro con los hombres (todos hermanos en un mismo Padre), en la presencia y participación a la vida social, en la relación fraterna con todas las criaturas» (CCGG 12). Esto exige, entre otras actitudes, escuchar la voz del Señor en los hechos de la historia, además del reconocimiento, lectura, e interpretación a la luz del Evangelio, de los signos de los tiempos.

Después, en cuanto miembros de la Familia franciscana, vivid «en comunión vital recíproca» (Reg. 1) con todos los otros miembros de la Familia. Todos nosotros hemos sido llamados, de manera y formas diversas, pero en comunión vital, a hacer presente el carisma de nuestro común seráfico padre San Francisco, en la vida y en la misión de la Iglesia. De este modo, caminando juntos, desde el respeto de la diversidad, ofreceremos, vosotros y nosotros, uno bello testimonio de fraternidad y de comunión. La Familia tiene necesidad de todos sus miembros. Ninguno puede considerarse tan rico que no tenga necesidad de los otros, y ninguno puede considerarse, o ser considerado, tan pobre de no poder dar algo. La comunión, primero, y después la colaboración, nos enriquecen a todos. Debemos caminar juntos en el camino del Señor. Solamente así podremos testimoniar en plenitud nuestro carisma común.

Responder a esta vocación y misión, requiere de todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, un renovado compromiso por la formación permanente, «humus» de la formación inicial. La O.F.S. será lo que sea la formación de sus miembros. Sin una formación adecuada a nuestros tiempos y a las actuales exigencias, no habrá un futuro para la O.F.S.

A vosotros, jóvenes franciscanos, os dirijo una especial invitación a ser misioneros y testigos ante vuestros coetáneos, ellos tienen necesidad de vuestro testimonio joven y fiel para retomar nuevamente, o quizás iniciar, el camino del Señor.

Queridos hermanos y hermanas, la misión que os espera no es fácil, pero os digo con fuerza:

-No temáis, porque también vosotros habéis encontrado gracia ante Dios.

-No temáis, porque no os encontráis solos, estamos juntos en este camino.

-No temáis, porque el Señor está siempre con vosotros.

Desde este lugar santo, el Poverello de Asís, como ya hizo con sus primeros compañeros, os dirige su invitación:

-¡Id por todo el mundo y llenadlo con el Espíritu y la Sabiduría del Señor!

-¡Id y servid con la fuerza de su amor a los enfermos, los marginados y los abandonados!

-Id y sed misioneros y testigos del amor del Señor en la vida de familia, en el trabajo, en la alegría y en los sufrimientos, en el encuentro con todos los hombres, desde la presencia y participación en la vida social y en las relaciones fraternas con todas las criaturas.

¡Id y anunciad a todo el mundo la Paz y el Bien!

Para terminar, deseo una vez más, manifestaros mi cercanía y mi fraterna estima, también en nombre de toda la Orden de los Hermanos Menores, la cual os asegura, en el respeto de vuestra legislación, la asistencia espiritual.

Que la Virgen María, «humilde sierva del Señor, disponible a su palabra y a sus pedidos» (Reg. 9), interceda ante su amado Hijo, a fin de que estéis siempre dispuestos a realizar la voluntad del Señor.