COMISIÓN INTER-FRANCISCANA DE JUSTICIA Y PAZ
Delegados de Justicia y Paz de las seis ramas de la Familia Franciscana
No es difícil identificar los graves problemas sociales y ambientales que existen tanto a nivel local como mundial. Las violaciones de los derechos humanos, el aborto, el genocidio, el abandono de muchos niños, la industria de armas, las drogas, la contaminación del medio ambiente son algunos de ellos. Sin embargo, no es fácil encontrar los remedios y las decisiones que hay que tomar para resolverlos. La proposición de soluciones contrarias e incluso el mismo hecho de que éstas provengan de tradiciones culturales diferentes, agravan todavía más dichos problemas. Estas soluciones unas veces son serenas, pero otras son violentas. Nuestra respuesta debe ser auténtica y franciscana.
La fórmula empleada, desde san Francisco, en todos los continentes por millones de franciscanos, hombres y mujeres, para saludar tanto a los campesinos como a los reyes, a los santos como a los pecadores, no es otra que la de: "-Paz y Bien-", una fórmula que se ha extendido y convertido como en una especie de lema de la familia franciscana. De manera intuitiva y simple, el saludo "-Paz y Bien-" da a entender cuál es la visión franciscana de la vida. ¿Nos preguntamos qué significa hoy en día nuestro deseo y nuestro trabajo de "-Paz y Bien-"?
El presente documento es un intento de la Comisión Internacional Inter-Franciscana de Justicia y Paz de redactar una declaración común, especificando las características más importantes de la manera franciscana de trabajar por la justicia, la paz y la salvaguarda de la creación. En él agrupamos una serie de ideas sobre las que se ha tratado en numerosos diálogos habidos entre nosotros y con otras personas que se han unido a nuestro trabajo. Se las comunicamos con la esperanza de que nuestros comentarios estimulen la reflexión y el diálogo.
La paz viene de Dios pobre que se ha revelado en Jesucristo
Como se reconoce universalmente, Francisco y Clara irradiaron una paz alegre y serena. Esta paz no era fruto de sus actuaciones, de su bienestar físico ni de su seguridad. Abiertamente optaron por abandonar Asls, su bien protegida ciudad natal, y se marcharon a residir con los leprosos y los pobres, que vivían marginados de la sociedad.
Los contemporáneos vieron en su estilo de vida, voluntariamente pobre, un comentario profético del Evangelio y una crítica a su sociedad. El análisis social implícito contenido en la forma de vivir de Francisco y de Clara no se inspiraba en consideraciones meramente humanitarias, ni en una filosofía, ni era una reacción contra el statu quo. Lo que a ellos les impresionaba sobre todo era la Encarnación de Dios. Jesucristo, su Señor pobre y crucificado, era quien les daba la paz; él era la razón de su paz. Sus esfuerzos por observar a la letra y con toda simplicidad el Evangelio de Jesús, se convirtieron en la base y regla de su vida. A diferencia de otros grupos "-evangélicos-" o proféticos de entonces, Francisco y Clara se esforzaron en obtener de la Iglesia Universal la confirmación y aprobación de sus inspiraciones y convicciones personales.
La contemplación y la experiencia les dieron a Francisco y a Clara la imagen de un Dios, revelado en Jesús, que se presentaba no violento, vulnerable y pobre en el portal de Belén; desnudo y abandonado en la cruz; convertido en alimento en la Eucaristía. La suavidad, la humildad y la pobreza perfectas de Dios hicieron nacer en Francisco y en Clara el deseo apasionado de ser "-perfectos como nuestro Padre del cielo-".
La pobreza es la lámpara con la que franqueamos el umbral de la fe, a fin de penetrar en el misterio de Dios, en quien encontramos la paz verdadera (san Buenaventura). A lo largo de los siglos, las interpretaciones de la pobreza han engendrado muchas discusiones y reformas en el franciscanismo. La mayoría de los franciscanos se consideran llamados al servicio de los pobres; muchos de ellos trabajan con y entre los pobres; algunos incluso están completamente identificados con los pobres, en su estilo de vida y en su trabajo. La búsqueda de la "-perfección-" según el modelo divino llevó a Francisco a desposarse con Dama Pobreza y le hizo encontrar la paz de la "-perfecta alegría-". A lo largo de toda su vida, Clara insistió en la necesidad y en el "-privilegio de la pobreza-" para su comunidad de Señoras Pobres.
Dios es pobre y es también la bondad que se refleja en la creación
La visión franciscana de la vida se caracteriza por
el reconocimiento de la importancia, de la belleza y de la
bondad de la creación, obra de un Dios bondad que
actúa por amor. Compartimos esta tierra, sus recursos,
nuestra vida y nuestro trabajo con todas las criaturas de
Dios, que son nuestros hermanos y hermanas. A diferencia de
quienes se han esforzado por domesticar y dominar la
naturaleza, los dos grandes santos de Asis quisieron vivir sin
ser gravosos a nuestra hermana y madre tierra, procurando no
ser un peso para la tierra ni para aquellos a quienes
ésta proporciona alimento y vestido.
Por su teologia práctica y su espiritualidad, Francisco
tuvo una visión de la sociedad en la que todas las
personas tienen responsabilidades y derechos iguales delante
de Dios. En el pensamiento de Juan Duns Escoto aparece con
claridad la toma de conciencia franciscana del valor del
individuo. Todo individuo --persona, planta, piedra o amiba--
es precioso. No puede despreciarse por insignificante ninguna
criatura, ninguna porción de la creación. Toda
criatura debe alcanzar la plena medida de su propia
individualidad, si se quiere que el amor de Dios encuentre su
expresión perfecta en la creación.
El movimiento franciscano empieza con la vida y con la historia, preciosamente conservada, de san Francisco y de santa Clara, que le dan su inspiración permanente y determinan su orientación. A lo largo de los siglos, centenares de millares de varones y de mujeres han seguido la guía del Espíritu Santo y la inspiración del genio simple y de la sabiduría teológica práctica de Clara y de Francisco. Generación tras generación, numerosos hermanos y hermanas han desarrollado y popularizado la inspiración franciscana original. Esta evolución del espíritu de Francisco y de Clara ha ejercido un profundo efecto de humanizacíon en la cristiandad, en la civilización occidental y en otras culturas.
Motivados por las convicciones heredadas de san Francisco, especialmente por su convicción en la bondad absoluta de Dios y de la creación, en la primacia del amor, en la Encarnación y sus implicaciones cristocéntricas, los franciscanos, varones y mujeres, han dado a lo largo de la historia una respuesta concreta a graves problemas sociales. La antigua prohibición del empleo de las armas a los miembros de la Orden Franciscana Seglar, contribuyó a acabar con el sistema feudal en Europa. Los franciscanos montaron algunas de las primeras farmacias de Europa, previstas inicialmente para atender a los peregrinos enfermos que afluian a Asis. Para proteger a los pobres, abrumados por los intereses enormes e injustos que tenían que pagar por sus préstamos, los hermanos organizaron en Italia los "-Montes de Piedad-", una especie de sociedad financiera precursora del sistema bancario moderno. Innumerables franciscanos, varones y mujeres, abrieron sus casas a los jóvenes sin techo, dándoles la protección y la educación que la sociedad les negaba. En los países donde los pobres no podían pagar la atención de su salud, los franciscanos, hombres y mujeres, respondieron al problema con la fundación de hospitales y de centros sanitarios.
Francisco se sentía responsable de una gran misión. Fue el Heraldo de Dios y del mensaje de la paz divina. Ardía con tanta fuerza en su corazón el mensaje del amor de Dios, que no podía mantenerlo oculto. Como los heraldos de su época iban delante de sus señores, anunciando su llegada, Francisco caminaba de aldea en aldea, proclamando la bondad y la paz de Dios.
Como Francisco nos recuerda, el Evangelio debe ser predicado en primer lugar mediante el testimonio de una vida evangélica, y no simplemente con palabras. Cuando las circunstancias sean oportunas y nos lo indique el Espíritu, debemos aprovechar la ocasión y exponer a los demás las razones de nuestra fe, sin enzarzarnos nunca en disputas. Para Francisco el martirio era la manera más perfecta de evangelización: con él nos unimos a Jesús, el Evangelista perfecto, entregando sin reservas nuestra vida por el mensaje evangélico del amor divino.
En escritos como el Cántico de las criaturas y la Regla para los eremitorios, así como en la mutua influencia existente entre los Hermanos Menores, las Señoras Pobres y los Penitentes, vemos cómo desde sus orígenes el movimiento franciscano emplea a la vez las energías y los talentos femeninos y masculinos. Histórica y teóricamente, la vida franciscana implica respeto mutuo, cooperación y colaboración entre varones y mujeres.
El Gran Rey de Francisco era el Dios de los cristianos de su tiempo, pero también teína matices diferentes. Cuando la Iglesia puso en marcha una santa cruzada contra sus enemigos, los sarracenos, Francisco interpretó la vida y las exigencias evangélicas de forma revolucionaria: afrontó el conflicto de manera no violenta, pero con decisión y creatividad; no asumió una actitud pasiva. Tomó la iniciativa de actuar de mediador y buscó cómo guiar a las partes contrarias al diálogo, con el fin de conseguir una reconciliación. Francisco se apresuró a dialogar con el Sultán, considerado enemigo de los cristianos, y con el lobo que aterrorizaba a los habitantes de Gubbio. Sus frailes fueron instrumento de reconciliación entre el obispo y el podestà de Asis, cantándoles el Cántico de las Criaturas en vez de avergonzarles con una reprensión pública.
Francisco escribió el Cántico en un período de profundo abatimiento. Gravemente enfermo, con el cuerpo marcado con las llagas de Jesús, herido psicológicamente por el desánimo y la decepción que le provocaban sus hermanos, no por ello dejó de vivir la perfecta alegría. Su alegría en el sufrimiento no teína nada de masoquista, era simplemente la jubilosa confesión de sentirse sostenido en las penas y el dolor. En todas esas difíciles circunstancias latía la gracia, o había Alguien que le ayudaba a superarlas. La alegría de Francisco brotaba de la certeza de saberse sostenido por el Espíritu de Dios en las situaciones más penosas. El Espíritu Santo, el "-Ministro General-", ayudaba a Francisco a intentar comprender más que a ser comprendido, a consolar más que a ser consolado, a amar más que a ser amado. La alegría de Francisco no proviene de una negación ingenua de los sufrimientos y de los problemas humanos: Nace de la convicción de que, a pesar de todo el mal que pueda haber en la vida, el Espíritu de Dios está siempre con nosotros, en los demás y en la creación. La alegría libró a Francisco de vivir amargado por el sufrimiento y la decepción.
San Francisco y santa Clara nos ofrecen los medios para transformar gradualmente la violencia y para superarla con el amor. Con los ojos abiertos y con afectuoso respecto a toda clase de personas, eligieron ser pobres entre los pobres. En vez de detenerse en lo negativo y en lo malo de la sociedad de su tiempo, escogieron proféticamente subrayar de manera constructiva sus aspectos positivos.
Conscientemente o no, los franciscanos tienen la costumbre de leer los signos de los tiempos presentes en las necesidades de los pobres. Con frecuencia las respuestas a estas necesidades han sido pequeños pasos que han ayudado a acabar con sistemas culturales opresivos. El reto que se nos dirige hoy en día a todos y cada uno de nosotros es el de desarrollar los carismas franciscanos tradicionales, teniendo en cuenta las circunstancias y las culturas particulares. Debemos trabajar con diligencia en descubrir remedios prácticos y constructivos, fijándonos en el fondo y no sólo en los síntomas de los problemas.
Debemos saber emplear, con una formación y una práctica decididas, los nuevos medios de que disponemos hoy en día para hacer progresar la "-Paz y el Bien-" en el seno de nuestras sociedades. Confiamos en que nuestros programas de formación franciscana, tanto inicial como permanente, contengan reflexiones bíblicas, religiosas y morales sobre la justicia, la paz y la salvaguarda de la creación, y en que faciliten igualmente los medios necesarios para familiarizarse con los ciencias sociales, psicológicas y políticas. Insistimos en que nuestro trabajo y nuestra defensa de la paz, nuestro compromiso por la justicia en favor de los pobres y nuestra salvaguarda de la creación deben encontrar un testimonio reflejado en expresiones cada vez más públicas y colectivas.
Compartimos, con todos los hombres de buena voluntad, la grave obligación, que es también un reto, de encontrar una solución a los problemas de nuestro planeta y de las sociedades que lo habitan. Habida cuenta de nuestra tradición, del número de los componentes de la familia franciscana, de nuestra formación e influencia moral en el seno de las diversas sociedades, ¿no tiene la comunidad internacional el derecho a esperar de nosotros la asunción de un papel considerable y positivo en la solución de los problemas del mundo? "-Se espera más de quienes han recibido más-".
Asís, 12 de diciembre de 1993