Prot. N. 1785/08
Circ. 62/02-08

Madrid, 6  de enero de 2008
Fiesta de la Epifanía

“Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”(Mt.2.2)

A todos los hermanos y hermanas de la
Orden Franciscana Seglar y de la
Juventud Franciscana 

Queridos hermanos y hermanas:

                                                     ¡El Señor os de paz! 

Estoy escribiendo esta carta, hoy día de la “Manifestación de Dios”, aunque no llegará a vosotros hasta unos días después a causa de las traducciones. Con ella quiero desearos, con la Presidencia Ciofs, un venturoso y auténtico 2008. 

Hoy el Evangelio nos muestra cómo a unos magos de naciones lejanas, Dios les manifiesta la llegada del verdadero Rey y les conduce a los pies de Jesús. Ellos, como respuesta, se ponen en camino.  Emprenden un largo viaje al percibir en el cielo una estrella que brilla con claridad nueva, descubren en ella un lenguaje silencioso que anuncia la presencia nueva del Salvador. Hoy es la fiesta de la iluminación, para quienes saben “mirar” al cielo y no están obsesionados con las cosas de la tierra. Los Magos se iluminaron con la fe, porque en su silencio interior supieron leer en la estrella su mensaje. Ellos nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera que exige dejar las comodidades domésticas del propio pensar para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios y que se manifiestan en la sencillez maravillosa de un recién nacido. Los Magos encontraron a Dios hecho carne de hombre, no encontraron a un ídolo prefabricado, por eso abrieron ante él sus tesoros, pero lo que es más importante abrieron ante él su corazón.

La fiesta de hoy me hace pensar en Santa Isabel de Hungría, motivo de esta carta, que con el corazón iluminado por la presencia del Señor, dejó tantas cosas para recorrer los caminos del Señor con donación y generosidad extremas. 

Estamos comenzando el segundo año de celebración, propio para la Orden Franciscana Seglar, de los ochocientos años del nacimiento de Santa Isabel. Esta celebración debe estimular a nuestras fraternidades a profundizar la secularidad del carisma de santa Isabel y así poder descubrir los valores esenciales de nuestra vocación e identidad. 

Por secularidad entendemos una vida plenamente insertada en los acontecimientos sociales y civiles, sin ninguna separación claustral. Una vida que, sea en el matrimonio o en otro estado,  vive su propia condición a la luz del proyecto de Dios, encarnando el Evangelio en cualquier contexto.      

La opción  de convertirla en esposa y duquesa,  hecha por sus padres cuando contaba solo cuatro años, es vivida por ella como la primera manifestación de la voluntad de Dios en su existencia: Una llamada  especial a la cual  se adhirió sin demora.      

También a cada uno de nosotros Dios ha preparado una historia; tenemos que reconocer, incluso en las realidades que no aceptamos, porque estamos demasiado atrapados en nuestros proyectos personales, cómo manifiesta su voluntad llena de promesas. El Señor dice: “Quien quiera ser mi discípulo, tome su cruz cada día y me siga”. ¡La cruz es nuestra historia! 

Tenemos que ponernos en oración delante del crucifijo para pedir, “Señor... ilumina las tinieblas de mi corazón”, para que nos ayude a reconocer el camino que Dios ha preparado a cada uno de nosotros, como hizo Santa Isabel,  sin interponer nuestros deseos egoístas e individualistas. Si logramos no creernos los dueños de nuestra historia, según una visión atea de la vida, podremos percibir la voluntad de Dios que nos guía.  Quizás,  como a Isabel, la voluntad del Señor no nos conducirá por una vida terrena falta de trabajos y sufrimientos, pero nos llevará a la felicidad en la adhesión a Su proyecto de salvación. 

Lo que Isabel ha leído en la voluntad de Dios para su vida es un estado secular y por eso se impuso sobre las costumbres de su tiempo y sobre aquellos a los cuales ella se sometía totalmente para otras decisiones.              

Podemos releer la opción secular de Santa Isabel en las dos fases de su vida: la primera como princesa, esposa y madre, la segunda en Marburgo, viuda y pobre. 

En la primera fase, Santa Isabel, consciente de su responsabilidad de ser parte activa en la construcción del Reino de Dios, en cuanto esposa del príncipe, respetó en la vida pública los deberes y las costumbres que le correspondían, sin que estos sofocasen o prevalecieran en su constante anhelo de vida evangélica, acogiendo el mensaje de aquellos frailes que venían de Italia para hablar de las experiencias vividas con Francisco de Asís entre los leprosos y en las barracas, con los pobres. 

Eligió para sí una vida austera, en ayunos y vestidos penitenciales, pero al mismo tiempo, con espíritu secular, no despreció las prerrogativas que su estado le ofrecía para utilizar la riqueza al servicio de los más necesitados; transformó en caridad cristiana su profundo sentido de la justicia, que no era habitual en una sociedad carente de protección para los más débiles. 

Ya desde su infancia se dedicó a una oración constante e intensa que la transportaba; después de su matrimonio, como toda esposa que ama sinceramente al hombre que Dios le ha dado, hizo partícipe a Luís transformando con él en capilla la cámara nupcial e incluso dejando, con su consentimiento, el lecho conyugal para recogerse en oración.  

Ni siquiera fue común, en la segunda parte de su vida, el modo consciente y decidido de afrontar el entorno de la corte, hostil hacia su modo de vida y sus actitudes penitentes, tras la lejana y repentina muerte de su marido. Precisamente, su actitud penitencial la ayudó en esta ocasión a no desesperarse y  encerrarse en un entorno protegido, sino que más bien la llevó a contemplar una vez más la muerte de su marido como parte del diseño divino al cual rendir alabanza, como hizo junto a los frailes en el canto del Te Deum: Esta es verdaderamente la ¡perfecta alegría! 

De nada sirvieron las presiones más o menos fuertes que su director espiritual ejerció sobre la viuda a él confiada para que, más oportunamente para el mundo y más adecuadamente para su vida de consagración a Dios, aceptara encauzar su vida dentro de los muros de un claustro. Isabel resistió con tenacidad y con genio femenino, convencida de haber recibido una llamada secular a hacer penitencia. Consciente de que el Señor estaba cerca de ella y la sostenía, valientemente dejó los hijos a su futuro como herederos del principado, y llevándose consigo solo sus bienes personales, se dispuso a ofrecer su servicio a los pobres y a los enfermos que llamaban a su puerta.  

Todo esto hace de Santa Isabel la santa fundadora del carisma, que une en si la radicalidad del mensaje evangélico propia de San Francisco y la índole secular de aquellos que se sienten llamados a vivir inmersos en las realidades temporales. Se traza así, claramente, el perfil del penitente, más tarde llamado terciario franciscano. 

Seguramente la fama inmediata y propagada de Isabel, que ha inspirado a tantas congregaciones que profesan la regla de la Tercera Orden, fue debido a sus obras de caridad, realizadas primero en su vida privada y luego, como verdadera precursora del concepto moderno de asistencia a la salud, en un hospital ciudadano.  

Para nosotros, franciscanos seglares, lo que la hace más profunda y realmente  nuestra patrona, es observar en ella tanto una profunda espiritualidad caracterizada por el carisma franciscano, como una oblación laboriosa y emprendedora que la han hecho nuestra hermana de la Penitencia en camino, como nosotros, por la calles, para construir con la oración y el apostolado, un mundo más fraterno y evangélico. 

Os invito a vivir profundamente este nuevo año para incrementar el conocimiento de nuestra Santa Patrona y, estimulados por su ejemplo, recobremos y vivamos los valores más auténticos de nuestra vocación franciscana y secular.  

 

       Vuestra hermana y ministra,

                                                                               
                                                               
Encarnación del Pozo