Prot. 2018/09 Circ. 07/09-14
CARTA EN OCASIÓN DEL VII CENTENARIO DE LA MUERTE DE LA BEATA ÁNGELA DE FOLIGNO TERCIARIA FRANCISCANA
A todas las hermanas y hermanos de la Familia franciscana especialmente a las hermanas y hermanos de la Tercera Orden Seglar y Regular
“Que nadie encuentre la disculpa de no tener y no poder encontrar la gracia divina, porque Dios la concede a todos los que la buscan y la desean”.
El 4 de enero 2009, se abre el séptimo centenario de la muerte de la Beata Ángela de Foligno, terciaria franciscana, definida por Pío II “la más grande mística franciscana”. Para celebrar este evento con una mayor participación, nos dejaremos guiar de la oración que compuso para ella el Papa Juan Pablo II, que le dirigió estas palabras: “Iluminada por la predicación de la Palabra, purificada por el sacramento de la Penitencia, te has convertido en fúlgido ejemplo de virtudes evangélicas, maestra sabia de discernimiento cristiano, guía segura en el camino de la perfección”.
Ejemplo de virtudes evangélicas Ángela no pertenece a la privilegiada muchedumbre de almas que, desde la niñez o la adolescencia, han sentido con fuerza la vocación a la santidad, empeñándose pronto en una vida sintonizada con el Evangelio y sostenida por un profundo espíritu de oración. Ángela es una convertida, una penitente, en el sentido literal de la palabra. Ella misma habla detenidamente de ello en sus escritos, de los cuales emerge el retrato de una mujer cuya vida, en su época juvenil, ha sido profundamente marcada por la experiencia del pecado y una alienante lejanía de Dios. Su conversión no fue debida a un evento fulminante, sino que se desarrolló a lo largo de un proceso trabajoso y doloroso, que duró nada menos que siete años y, que encontramos descrito en los “Treinta pasos” del Memorial dictado por la misma Ángela a Fray Arnaldo, su confesor y director espiritual. Bajo la influencia de algunos acontecimientos dramáticos acaecidos en su ciudad, por la eficaz predicación de los frailes menores y de otros religiosos, por el ejemplo atrayente de los primeros “hermanos y hermanas de la penitencia”, ella comienza a sentir como cierto malestar y disgusto por su vida vacía y disipada. Empieza de esta forma un camino cuesta arriba, porque, así como tiene una viva conciencia de su estado de pecado, de igual manera tiene una gran vergüenza de confesarlo. Sólo después de haber invocado la ayuda de S. Francisco, Ángela consiguió superar su vergüenza. De aquella confesión plena y liberadora, empieza la renovación interior y el cambio radical de su vida. Es el año 1285, Ángela tenía ya 37 años. Era rica. Tenía marido, hijos, y una madre que siempre la había apoyado (o quizás empujado) a vivir una vida frívola y dispersiva. Todo esto representa un obstáculo no fácil de superar para adoptar un nuevo estilo de vida. Pero en el Evangelio, Jesús ha afirmado que, ante la llamada de Dios, los demás deberes y afectos, tienen que ceder: sólo Dios puede pedir al hombre un afecto exclusivo, por eso los obstáculos que su familia le pone, son cada vez más fuertes, pero no sirven para quitarle a Ángela sus propósitos. De Dios invoca la ayuda para poder vivir sólo para Él y observar la perpetua castidad. Y el Señor le responde en un modo misterioso y sorprendente: “En aquel período, mi madre se murió, ella que era para mí un grande impedimento y, después, en poquísimo tiempo, murieron también mi marido y todos mis hijos”. Ángela entendió estas separaciones como la realización de un preciso designio de Dios hacia ella. Pero, no por ello, fue menor el dolor que vivió.
Ella misma dijo que la muerte de sus hijos le había provocado tal dolor como si le hubieran arrancado las entrañas y, esta expresión hace justicia a las necias interpretaciones de cierta hagiografía que presentaba a Ángela como la mujer que con la oración había implorado la muerte de sus hijos, para verse libre para realizar su vocación de seguir a Cristo. Ahora viéndose sola, era posible desprenderse también de los bienes materiales, recordando el consejo evangélico: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”. (Mt 19,21) El Señor la ayuda a superar las últimas dudas y resistencias y le da la firmeza indispensable para renunciar a todas sus propiedades, hasta un terreno y una villa a los que tenía un especial cariño, y que retuvo hasta el final. Como Francisco y sus primeros compañeros, reparte todo lo que había recaudado de la venta de sus bienes a los pobres de su ciudad. Finalmente, libre de los afectos familiares y de los bienes materiales, Ángela puede volar hacia las cimas más altas como hija legítima del Padre celestial: “Son hijos legítimos los que aprenden a conformarse en todas las cosas a su Maestro, sumiso por ellos a la Pasión, es decir en la pobreza, en el dolor y el desprecio, tres cosas que, puedes estar cierto, son el fundamento y el cumplimiento de toda perfección”. (Cuarta Carta) Junto al esfuerzo de afinamiento espiritual, Ángela se entrena en aquello que, según el lenguaje actual, llamaríamos “el servicio a los últimos”. Lo atestiguan los episodios que tienen relación con el servicio que Ángela y su fiel compañera prestaban en el hospital de los leprosos: cuando Ángela vendió también la toca que llevaba en la cabeza para comprar pescado que servía de alimento a los enfermos, y en otra ocasión, más famosa aun, cuando Ángela y su compañera bebieron el agua donde se habían bañado los enfermos, sintiendo “tanta suavidad como si hubieran comulgado”. Es un gesto que para nuestra sensibilidad moderna aparece realmente repugnante y absurdo, y que nos recuerda el gesto de Francisco cuando comió en el mismo plato con un leproso que sangraba y tenía úlceras purulentas (L.P. 64; E.P. 58)
Maestra de discernimiento cristiano. Habiéndose quedado sola y, por fin, libre de seguir ese creciente anhelo y amor hacia la pobreza y la perfección evangélica, se podría pensar que Ángela vivió serenamente su nueva vida. Pero en realidad no fue así. El impacto con los pasos de la penitencia le resultó extremadamente arduo y doloroso. En la nueva luz, se descubrió cada vez más responsable del mal cometido. El recuerdo de sus faltas la volvió a turbar con machacante insistencia, sobretodo cuando contemplaba la Cruz; se sentía culpable de la muerte de Cristo y digna del infierno. Pero en toda ocasión pedía al Cielo claridad y soluciones a sus dudas, y Dios mismo la reanimaba e iluminaba. Por fin, pasados seis años desde su conversión, Ángela se siente preparada para vivir plenamente el ideal de S. Francisco y, al cumplir un año de prueba, en el verano de 1291, fue admitida a la Profesión en la Tercera Orden Franciscana. El mismo año, acercándose la fiesta del Seráfico Padre, fue a Asís. Esa peregrinación tan célebre, quedará grabada en la historia de la Beata. Por el camino y durante su estancia en Asís, recibió el don altísimo de experimentar dentro de sí la presencia de la SS. Trinidad. Este singular fenómeno de gracia aconteció mientras meditaba absorta la oración que había dirigido a Dios por medio de S. Francisco: poder sentir vivamente a Cristo, poder observar perfectamente la Regla profesada, poder morir realmente pobre. Cuando el extraordinario evento místico cesó, ella se abandonó a una escena de auténtica desesperación, con gritos y palabras incomprensibles, que turbaron, y casi escandalizaron, a los que la presenciaron. Entre ellos, estaba también Fr. Arnaldo que, en un primer momento, prohibió a Ángela volver a dejarse ver en Asís. Pero después, intentó entender lo que le había pasado y, convencido de que se trataba de grandiosas experiencias místicas, comenzó a escribir todo lo que Ángela le comunicaba. Fue así como nació la “Autobiografía espiritual” de la Beata Ángela, o “Memorial” de Fray Arnaldo. El camino de ascesis de Ángela prosiguió ininterrumpidamente entre sufrimientos, visiones y oraciones estáticas, dudas atroces y sospechas de trampas demoníacas, penitencias, ayunos, pruebas físicas y morales sin fin. En todas estas fatigas, Ángela sigue con su búsqueda y, en una Carta a los discípulos, declara: “¿De qué sirven las revelaciones, las visiones, los sentimientos, la dulzura? De qué sirven la sabiduría, la elevación, la contemplación, si el hombre no tiene un verdadero conocimiento de Dios y de sí?”(Segunda Carta)
Guía en el camino de perfección En un siglo de grandes conflictos civiles, políticos y religiosos, Ángela ejerce en su ambiente una influencia vasta y profunda, y a su alrededor se forma una muchedumbre de almas, entre los cuales encontramos también otro personaje de renombre: fray Ubertino de Casale. A todos, como guía experta de perfección, enseña con inspirados consejos. Su obra moderadora y sabia se revela también en la encendida discusión sobre la observancia de la pobreza entre los franciscanos. La “Pobrecilla de Foligno” sabía hacer obras de conciliación y persuasión, dominando cual maestra las tendencias desviadoras: severa tanto con los falsos “religiosos” como con los “laxistas”, empujaba a todos a volver a la auténtica espiritualidad del Evangelio, según la cual no se puede ser realmente pobres si no se es humildes. A Ángela se le atribuye la fundación y dirección de un verdadero “cenáculo” religioso, pero no menos importante es recordar el cuidado de su correspondencia, por medio de la cual Ángela daba notables instrucciones a todos los que le pedían y suplicaban de ella una ayuda, una palabra esclarecedora, de ánimo, de consuelo en sus problemas, dificultades, dudas e incertidumbre. Respecto a ellos, Ángela ha vivido en plenitud su maternidad espiritual. Ella misma declara: “Dios me ha dado otros hijos en lugar de los que perdí”. Francisco, su maestro y modelo, en su Testamento habla de “los hermanos” que Dios le ha dado. Para Ángela, como mujer cual era, el don de Dios son “los hijos” espirituales. Y las expresiones que les dirige en sus cartas son de una tremenda ternura: “O queridísimos del alma mía- mis íntimos- mis queridísimos…”Y siempre: “Hijo queridísimo”, “hijitos míos”… A estos hijos de su alma, Ángela les comparte su experiencia personal, exhortándoles, amonestándoles, sosteniéndoles, animándoles en un camino de perfección espiritual que ella misma estaba recorriendo, para alcanzar la “plenitud del Dios increado”. Viviendo los días en oración, la Beata Ángela, es una maestra segura. La indica como medio imprescindible para adquirir “la divina luz” y la salvación: “Sin la luz divina ningún hombre puede salvarse…Si tú quieres empezar a tener aquella luz, ora…; si quieres aumentar en ti esa luz, ora; si quiere la fe, ora; si quieres la esperanza, ora, si quieres la caridad, ora; si quieres la pobreza, ora; si quieres la obediencia verdadera, ora; si quieres la castidad, ora…; para cualquier virtud que quieras, ora. Y ora de esta forma: leyendo en el libro de la Vida, es decir en la vida del Dios y Hombre, Jesucristo. (Instructio II, líneas 229 ss.). Por lo tanto, Ángela es plenamente madre: madre de los hijos nacidos de su seno y precozmente perdidos; madre de los desamparados, por los que ha vendido todos sus bienes terrenos; madre de los hijos espirituales, que se quedan a su lado hasta el final.
La muerte de Ángela ¡Es estremecedora la carta-testamento, densa de pensamientos y de valor intramontable! Habiendo conocido, por divina inspiración, su próxima muerte, se abre a los discípulos que dejará huérfanos, dejándoles con afecto maternal una última recomendación: “Hijos míos, esforzaos en amar a todos…Haced todo lo posible para tener un tal amor que no pertenece a esta tierra, sino que es del cielo”. Su “tránsito” al cielo fue, de igual modo, conmovedor y altamente edificante. Los discípulos acudieron reverentes al lecho de la Beata agonizante en Foligno, para escuchar los últimos consejos y recibir de ella la bendición. Bendice “de todo corazón…a los presentes y a los ausentes” y ora con las palabras de Cristo en la Cruz. Era el 4 de enero 1309.
Con esta carta, dirigida a todos los franciscanos y, en particular, a todos los que pertenecen a la Tercera Orden Franciscana, seglar y regular, hemos querido volver a evocar brevemente la figura de la Beata, para profundizar el conocimiento de su vida humana y espiritual, con el deseo de que los miembros de la Familia Franciscana acojan la invitación a vivir la dimensión místico. Espiritual de unión inefable del alma con Dios por medio del amor. . Roma, 1 de noviembre 2008 Festividad de todos los Santos
Encarnación del Pozo Ministra General OFS |